martes, febrero 28, 2006

DOLCE FAR NIENTE (Diciembre, 2005)

"Hoy como todos los días
he reservado el tiempo necesario
para no hacer nadade nada"

Raymond Carver

Realmente es dulce no hacer nada. De hecho, dedicaría siempre horas y horas a esta rutina tan agradable. Lo lamentable es que nunca o casi nunca se puede uno abstraer de nuestra monótona maquinaria de trabajo-casa-trabajo-casa-trabajo-casa. Luego, el fin de semana en donde uno cree que lo va a aprovechar por completo y que lo hará rendir al máximo, ocurre que pasó volando y no alcanzaste, no alcancé a realizar todos los planes que tenía para ese hermoso fin de semana que llegaba trotando como Heidi en las praderas. Sí, es lamentable la vida sin vivirla y esto de no hacer nada cuesta mucho, mucho.

El problema, intento esclarecer, radica en que no se toma en cuenta que el ocio es una trabajosa necesidad. No estoy en contra de lo laborioso que es el hecho de estar pensando en nada y que, por lo demás, cuesta demasiado. Muchas veces uno se ve enfrentado al hecho de descansar o dormitar y entonces nuestro inconsciente nos comienza a merodear con imágenes en las cuales nos vemos haciendo las cosas que tenemos que hacer o planificando las tareas que debemos realizar o pensando en cómo y de qué forma haremos eso que tanto nos interesa o que no nos interesa y luego despertamos de nuestro supuesto descanso y ¡plaf!, nos damos cuenta que no descansamos ni siquiera un segundo o por lo menos no dejamos de hacer algo mientras supuestamente nos alejábamos de la realidad. Quiero ir a la playa y de repente suena un celular. Ese tipo de cosas y de la necesidad de adquirir ese momento preciado de un eremita moderno es el que anhelo y que sudorosamente intento incrustar en la masa enferma de la cotidianeidad metropolitana.

Ahora, hablo de no hacer nada, de ese ocio prístino que llega con brisa fresca y en donde uno adquiere esa tranquilidad del zazen budista en el cual solo tienes que concentrarte en nada. En un zendo la rutina diaria se ve ocupada por muchos ratos de meditación y contemplación conllevando esto a alcanzar una vida plena y sin sobresaltos. No hablo del ocio vagoneta con la pilsen en cuclillas gritando desde la esquina "oye chichi, suerta sota pal video" . Es este "no hacer nada" como una filosofía sanadora y limpia, la que intento profesar y que, como se ve, no tiene nada de novedoso como planteamiento mirando hacia otros ociosos.

Todo esto se me viene a la mente ya que hoy estoy enfermo y no fui a trabajar. Eso me produce un estado inestable. Me siento incómodo y abatido por mis dolores estomacales pero a la vez, gratamente feliz por estar aquí, tirado de espalda en la cama.

Como dice esa canción de Congreso: "estoy mirando el cielito de mi pieza" , y así estoy, mirando el cielito de mi pieza, con una profunda devoción.

Nota:"Dolce far niente" es una locución italiana que significa "dulce ociosidad". Dolce viene del latín dulcis , que quiere decir "halago a los sentidos" y según el poeta Horacio equivale a "no tedioso", a "lo que no sea forzoso deber", a "algo que se recompensa por sí mismo". Far niente significa "no hacer nada", es decir, vivir en el ocio, que en este caso, se convierte en un entretenimiento o distracción del espíritu. Entregarse al dolce far niente es entregarse a una actitud hedonista con una clara inclinación a la contemplación.

TORPEZA Y DESESPERACIÓN (Noviembre, 2005)

Hay un ser pequeño que adolece de tantas cosas y camina por la ciudad a cuestas maldiciéndose a si mismo y a nadie más. Este individuo puedo ser yo mismo o puede ser la muerte o una desesperación literaria que no sabe porque ni por dónde ni cuándo, se despertará de nuevo como un ángel del bostezo. Claro, nuevamente la muerte viene teniendo tus ojos. Y atormentado también se cae de las escaleras y rueda comiendo arañas peludas que son negras pesadillas somníferas que padecen de esa necesidad de espanto, como diría Lihn: “nada tiene que ver el dolor con el dolor, nada tiene que ver la desesperación con la desesperación”.

Esta desesperanza atolondrada, indisciplinada, pasiva, activa y luego pasiva nuevamente. También es torpeza de no mirar los carteles, las señaléticas, las prohibiciones, las indicaciones, los comentarios y las miradas de piedad. Es una desesperación oblicua y zigzagueante, que marea y capta una voz atolondrada. Una expresión de la ciudad más que“samsiana”, algo mucho más bizarro que un escarabajo torpe.

Y así, con esta desesperación casi evaluada por Soren Kierkegaard, puedo arrancar gritando de una obra de teatro, corriendo por las escaleras, sudando, moviendo el párpado del ojo izquierdo, sin quererlo. Y la muerte no teniendo dominio.

Pero no es la ciudad, ni las personas, ni el comercio ambulante, ni los gritos, ni las persianas, ni los uniformes escolares, ni la televisión, ni la farándula, ni los periódicos ni las ventanas humeantes, ni los rincones escabrosos, ni las cajas de zapatos, ni los virus computacionales, ni las llaves atrofiadas, ni los autos, ni los asaltos, ni los atropellos.

Es un tormento de primavera calurosa, de calor exasperante que envuelve los cuerpos sudorosos de tanto golpear las narices del entusiasmo. Hay algo de talento circunstancial para caer de bruces hacia el pasto. Hay algo de premura ante los ojos de los gatos. Hay prisión de errores, conjeturas periféricas, millones de dudas como challa. Hay manzanas semi mordidas y azúcar derramada.

Ante todo este oficio de la perdición, existe una duda visitada, colmada de inmediateces, de tazas de té, de canciones olvidadas, de remembranzas y mañanas grises. Una torpe desesperación equívoca que llega sin pedir limosna, una sensación de terremoto mudo que embarra el techo de la calma y un ser pequeño que me mira, abatido, desde la palma de la mano.

UN CAFÉ (Octubre, 2005)


Una estrella es la que me dice que en este momento desearía escribir cosas que pudieran ser un diario que no se podría estimar como lo que se espera de un diario. Así, envolviéndome tímidamente en este humo de cosas raras que van llegando como un abuelo con recuerdos, así tristemente tímido y locuazmente insignificante.

Anoche, yendo a terminar con ese proceso llamado luz, apreté el interruptor y me dio la corriente y supe que era una de esas señales idiotas que a veces llegan y suelen alejarnos de nuestra nostálgica añoranza. Así como nadando en la playa y mirando atrás para ver a la familia, viendo las galletas atrapadas ante una red de hormigas que son sólo nuestras ansias por poder ver un poco más claro. Esas estrellas fueron las que llegaban desde la ventana cuando tomaba el café en solitario descanso. Supe apreciar que en otros lugares toda esta desidia no significaría nada más que una mentira vacía como un disparo a lo lejos. Claramente no sabía si esto era poesía.

Imaginé a muchos como yo tomando una cerveza tras los ventanales de los bares, imaginé a muchos como "otros yo" que no sabían lo que hacían tomando ese vaso con quién sabe que cosa pero que a ciertas alturas de la madrugada sólo quieren ser una necesidad falsificada.

Claro, todo esto me inunda la cabeza así de repente y nada más que ciertas estrellas que pienso habrán sido las mismas que iluminaron otras caras, otros rostros palidecientes como el mío esta noche cuando ya no sé lo que estoy tomando, sólo sé que no es alcohol sino que un café ilustradamente mezquino, sabe que puedo dudar de él, pero también sabe de mis debilidades.
Cuidado conmigo trato de decirle, no soy tan tonto como para caer en la humillación de un brebaje fatal. Pero entre nosotros nos sabemos cuidadosamente torpes, inmiscuidamente brillantes.

¿Qué hacer?, a esta hora ya nada ni nadie podría saber que estoy olvidando el trabajo, una recurrente cita a ciertos poemas desparramados por el baño. Leyendo a escritores que suelen acompañarme en ese proceso de tomar un café, este proceso que bien sabía el escritor porteño Carlos León cuando reflejaba su Valparaíso querido, Valparaíso mon amour con la sencillez de un hombre que viste de traje gris y que llega todas las mañanas a la misma hora de siempre a tomar ese fiel y adiestrado café, el que te conoce, sí, ese del "Riquet" y de los pasajes en declive y somnolientos. Ese café si que no es el mismo café que se acerca hacia mí.

El café que poseo lo preparo sacando una cucharada de polvo que dice ser café y que introduzco con abundancia en la taza con dibujo de gatito. Este café se inunda con el agua caliente y se ahoga para luego sobreponerse, como yo, que siniestramente me encumbro en los altares de la ignominia, cayendo de resbalón sin cambalache ante la existencia, sudando ciertos tipos de leseras ofuscadas y malolientes, sin pensar en gastar dinero en los restaurantes a esta hora, sino que así, tímidamente feroz, saco otra cucharada de esta duna oscurecida, mientras me revuelco en el siempre vivo lodo de la desesperación.

LA VIDA COMO UNA PELÍCULA: DE GODARD Y LA NUEVA OLA FRANCESA (Septiembre, 2005)

"Soy un falso pintor,
un fotógrafo"

Jean-Luc Godard

Para hablar de Jean-Luc Godard comenzaré inmiscuyéndome a partir de la nouvelle vague o nueva ola francesa, término con el cual se agrupó a una docena de jóvenes cineastas franceses entre 1958 y 1963 los cuales triunfaban con su nueva forma de hacer cine. De estos directores se criticó que no reflejaran en sus películas los terribles momentos que Francia atravesaba: Argelia se había sublevado por la independencia. Una guerra colonial, oficialmente no reconocida, había provocado una crisis, la llegada del general De Gaulle al poder, la instauración de la V República y la independencia de Argelia. Y todo esto, entre 1958 y 1962.

También nos podemos remontar al año 1948, año en el cual aparece en el número 144 del semanario L' Écran Français un artículo de Alexandre Astruc llamado Naissance d'une nouvelle Avant-Garde: La caméra-stylo . Allí expresaba Astruc la clara posibilidad de que el realizador cinematográfico se exprese a través de la cámara lo mismo que el escritor lo hace sirviéndose de la pluma. En el año 1949 se crea en Paris el cineclub Objectif 49, bajo el patrocinio de Jean Cocteau, Robert Bresson y Raymond Queneau, entre otros. El cineclub se propone destacar aquellas películas de calidad que han pasado inadvertidas para el gran público. En ese mismo año se celebra en Biarritz, presidido por Jean Cocteau con organización del cineclub Objectif 49, el Festival del Film Maldito, que resulta un gran éxito y atrae la atención hacia una serie de obras notables que hasta entonces no había encontrado a su público. En el año 1951 aparece el primer número de la revista Cahiers du Cinema que finalmente será la revista de la nueva ola francesa. Esta revista goza de publicación aun en estos días.

El cine de la nouvelle vague no consistía en un descubrimiento, sino en una recapitulación, pero la conciencia crítica y el amplio conocimiento de los movimientos históricos del cine que poseían sus miembros les permitieron rehacer, de un modo diferente, todo el cine anterior. En este movimiento sus protagonistas son: Eric Rohmer, Francois Truffaut, Claude Chabrol y Jean-Luc Godard (también de cerca e influenciando: Renoir, Bresson y Cocteau). La película "À bout de soufflé" ("Sin Aliento", 1960) de Godard terminaría por transformarse en la película emblemática de esta corriente. Esta película creó la ilusión de que no existía diferencia entre la pantalla y la realidad y de que a través del cine se podía vivir la auténtica vida, es decir, que lo que sucedía en la pantalla era efectivamente tan tangible como una chica que se puede tener entre los brazos (a partir de esto, podríamos crear una analogía con la novela insigne de la Generación Beat norteamericana, "En el Camino" de Jack Kerouac y esta situación de "vivir una no ficción").
En "À bout de soufflé", Jean Paul Belmondo (el protagonista junto a Jean Seberg) es un ganster de cine B al estilo de las novelas negras de Raymond Chandler (quizás podríamos advertir cierto comportamiento similar en el personaje Heredia de las novelas de Ramón Díaz Eterovic, este, sin embargo, más del lado de "los buenos que persiguen a los malos").

Representa fielmente el flaneur , ese personaje que transita y vaga por la ciudad sin rumbo fijo, una estela del silencio y de la noche, un recogedor de calles autómatas, un observador de las matrices de la vida y de quienes recorremos el telar de la subsistencia. " Demasiado tarde para tener miedo ", " Los delatores delatan ", frases que demarcan una forma de rebelde sin causa en el protagonista que suele cambiarse de nombre y de acarrear problemas a la periodista norteamericana que suele tratar con él (Jean Seberg) y crear una de las escenas más largas en la historia del cine dentro de un cuarto de hotel. Aquí Godard demuestra su capacidad en el argumento de la obra, mostrando luego París en fotografías memorables, en aventuras veloces en ascensores, escaleras, calles, cines (admirando a Humprey Bogart) en donde la sutileza de la cámara realiza espectaculares tomas en forma de escalera de caracol, dentro de taxis y nuevamente dentro de un hotel. Belmondo aquí hace de las suyas siempre cercano a un cigarrillo que cuelga de su boca y Seberg con encanto y estilo de "actriz de cine". Una película trascendental e imprescindible en la historia del cine.

En el cine actual podemos advertir una herencia de algunos tics y formas cinematográficas de Jean-Luc Godard en autores como Woody Allen, Quentin Tarantino (en Pulp Fiction, específicamente) y en movimientos como el Dogma 95 del cual es mentor Lars Von Trier que especifica el tratamiento de la imagen con los mínimos detalles de producción en cuanto a efectos especiales, utilizando sonido ambiente y planos secuencia de extensa duración. Paneos extravagantes y propuestas innovadoras. Más cercano a nosotros, podríamos indicar una influencia en la película chilena de los años '70, El Chacal de Nahueltoro de Miguel Littin. En este caso, la influencia se denota más que nada en los manejos de cámara que en la temática, más cercana al neorrealismo.
En cuanto a la música será la francesa, en el entorno de la nouvelle vague, la primera cinematografía en la que el jazz se utilice de forma significativa como fondo dramático de películas. El fenómeno se produce tanto por necesidades expresivas (idea sincopada del montaje y gusto por las formas libres visuales), como por la aflicción personal de los realizadores. Marcel Romano produciría la sesión de Thelonious Monk para "Les liaisons dangereuses" (Nueva York, 27 de Julio de 1959) y la preparación de las sesiones de Miles Davis para "Ascensor para el cadalso" junto a su director Luis Malle (París, 5 de diciembre de 1957). Otros ejemplos son Django Reinhardt en "Le village de la colère" (1946), Duke Ellington en "Les assassins d'eau douce" y "Les vampires" (1947),y Coleman Hawkins y Oscar Peterson en "Les tricheurs".

Dice Bresson : "Las ideas en las películas hay que esconderlas, y la que se esconde más es la más importante de las películas". Godard practicaba muy bien esta premisa.

Y continúa: "Poner en escena, emplear modelos sacados, tomados de la vida, y tratar de que esos personajes sean ellos mismos en lugar de que parezcan actores". Esto encaja mucho en la forma de vivir, vivir como en una película, cuantificar los días en escenas, dejarse llevar por las calles, los sueños, como si nada fuera en contra de los créditos que luego de nuestra historia intentarán apoderarse de nuestro telón, vivir la vida como si nada importara y nadie nos estuviera mirando.

Finalmente, se puede plantear una especie de cine voyeur que se entromete en las vidas de personajes que, si bien son actores, para nosotros son personas comunes y corrientes que nos podemos encontrar a la salida del cine o de nuestra casa. Es eso lo que plantea y obsequia el exquisito cine de Jean-Luc Godard y, en general, toda la nueva ola francesa. La vida como una película, la película de la vida.

Acerca del autor :
Jean-Luc Godard nace en 1930 en París en 1930. Entre el 1950 y el 1952 su atención está puesta en el cine club del Barrio Latino de la ciudad de París, donde conoce a Rohmer y a Rivette. Con ellos funda una revista, La Gazzete du Cinèma de la que aparecieron únicamente cinco números (luego se crearía Cahiers du Cinema ). Antes, en la Sorbona, se había licenciado en Etnología. Ha filmado las películas: À bout de soufflé (1960), Le petit soldat (1960), Une femme est une femme (1961), Vivre sa vie (1962), Les carabiniers (1963), Le mépris (1963), Bande à part (1965), Pierrot le fou (1966), Une femme meriée (1965), Alphaville (1965), Masculin, femenin (1966), Made in USA (1966), 2 ou 3 choses que je sais de'elle (1966), La chinoise (1967) Week-End (1967), Tout va bien (1972), Sauve qui peut (la vie) (1979), Je vous salue, Marie (1983), Detective (1985), Nouvelle Vague (1990), For ever Mozart (1996), entre otras.
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miércoles, febrero 01, 2006

Veranito de San Juan (Julio, 2005)

La despedida del veranito de San Juan en las calles mojadas de Jorge Teillier en las noches mojadas del invierno de San Juan / mascullando las despedidas de frente a una isla desierta / frente al parque de las amistades y las cosas vistas en Cerro Navia / en las canchas embarradas / en las bicicletas averiadas / en las hojas tapando las alcantarillas / atravesando en el carrito la avenida río / y nadie en la montaña desaparece nuevamente/ las tardes se hacen merkén en el año nuevo mapuche que escucho decir por ahí de tipos que resuenan la aventura de esclarecer los sueños desérticos / y las lentejas de medianoche / y las historias de terror de suspenso de mentiras de burlas de recuerdos de olvidos de viejas añoranzas / de viejas personas / las historias de la oportunidad del equipo de fútbol por salir campeón pero que no se corona por la mala suerte / sobre todo demostrado en el último tiempo en las actuaciones frente a los equipos de la copa libertadores / en las casas en los televisores se ve esto y el veranito de San Juan pero no se sabe que la inundación es evidente luego de esta felicidad / se muestran las bocinas de las camionetas en la calle como una luciérnaga sorpresiva entremedio de la niebla / y las cañas de vinos salen arrancando de nosotros los que perseguimos la luz del cigarrillo insignificante / Carlos Gardel canta por un cabeza y por una cabeza escucho ese tango de Gardel / que me dice que debo ser vegetariano / pero sabes que nada vendrá a decirte que esta canción cambiará el tinte de las cosas ni que llegará a terminar este veranito / este efímero verano que no ayuda para nada a escribir y es por eso que molesta / pero nos hace recordar eso de que tú no sabrías escribir mi nombre en los vidrios cubiertos de escarcha y yo sólo puedo contar mis recuerdos como un mendigo sus monedas en el frió del invierno / y recuerdo ese gato que comía chocolates / la pata coja de la mesa el vaso roto el florero roto los pantalones afligidos de esta lluvia que no tranza nuestra vivencias húmedas de trasnoche / no vendrá a golpearnos la cabeza con ternura / se me ocurre invocar a San Juan que de pronto no conozco y no sé nada de él ni del día este / de un pseudo verano que se oculta a medias tras las nubes de la mezquindad / y las tradiciones se pierden lo discuten en la plaza / eso conversan de que las tradiciones no se encuentran / no se hayan disfrutando por la abuela por el nieto por el viejo que sale a botar la basura temprano y piensa que ello es lo más importante que nadie puede hacer / que nadie capta lo que él está haciendo pero esto ya no es una memoria colectiva esto es San Juan / el día la noche de San Juan y todo este barro que nace después de este veranito refleja la noción de calamidad de las cosas cotidianas / refleja la compleja manera del traslado / pero ahora se corre peligro / un vendaval de lluvia se acerca / recorrerá la ciudad / inundará las calles de las poblaciones / los patios de los colegios inundará / y saldrán los pájaros forzados a buscar alimentos / y la lluvia barrerá con esto del silencio / con esto del veranito / y Gardel y Teillier fumarán un cigarro / en la orilla del río Bío-Bío.

Mapocho Swing (Junio, 2005)

Ahora el Wonder bar ha atravesado la calle / este Santiago aburre a medias y nuestras almas escuchan del desastre de Antuco / atravieso nuevamente y me voy al Olímpico donde me compro un completo mientras espero a los parroquianos / creo que esto no es una iglesia y espero ese italiano llegar con una Escudo que se comporta de manera agradable y "compadrito" me dice / me alega me dice que podría escribir de ella pero no le hago caso porque esta noche no está para teatros ni para tragedias / pero las calles están semi vacías y los borrachos botan la espuma de la chela en las veredas / eso a mi no me importa / no me importa el cura que habla en la tele / no me importa el delantero que metió ese gol que nos tendrá feliz por tres días / tampoco me importa la mitad del completo que me queda / llegan los parroquianos y hablan de la nueva novela de los poemarios de las canciones cumbiancheras reggaeton que suenan en esta fuente de soda que tanto nos agrada / no la elegimos / no elegimos escribir acerca de las fuentes de soda pero no enoja esto de que los completos se acaben / y ahora Santiago está un poco más tranquilo / sigue siendo ese vagabundo siniestro que come tallarines en la noche / ese basurero desnudo fuera del templo hare krishna / y pienso que esta noche estará leyendo esto que escribo algún crítico de columnas y pienso que estará leyendo esto algún crítico de poemas y yo les digo que esto no es un poema ni una columna ni que yo no canto por cantar ni por tener buena voz solo escribo por el nuevo completo / y de la playa de Las Cruces / de las guitarras / de la carretera perdida / del hombre muerto / de la protesta de los estudiantes / del Wonder que ahora cambió de local ¡cambió de local! / El bar de Heredia / de los guachacas / ese bar cambió de lugar y se ve re lindo se ve cambiado / pero alegra / alegra eso del cambio bonito / si se ve tan bonito como un gato de bar / como un gato de campo / pero que no roba como otros que se alejan de aquí en silencio y me miran como gatos que roban / acá en Mapocho / comprando sopaipillas dormidas con ají / con ketchup / con mostaza / la misma que se alegra sobre la mitad de mi nuevo completo / que se alegra porque mi amigo comienza su nueva novela / pero sin ganchos ni banderas ni da da da / sólo escribe una escritura al azar / pero esta noche el azar nos tiene adormecidos y eso es lo que digo no hay nada especial en esto ¿tú te crees especial? / nadie es especial palta mayo / todo se resume en un completo que se ha consumido en la boca / ni siquiera los actores que entran al bar suponen entender esta premisa / no suponen nada / la risa la risa / esa risa no supone nada / y le voy a pagar a la mesera con los chochamus del poema que nunca acaba / y más encima la mesera se equivoca y nos cobra menos y le pregunto ¿está segura? / ¿está segura que quiere perder? no se da cuenta / no se da cuenta de nada ni que escribo ahora escondido desde el baño mirando las garrafas morderse el labio vidrioso y tentador / una garrafa que es la vida redonda de cada uno / mientras abandono el Olímpico / ese Olímpico donde los poetas bajan y suben y recitan para adentro así como tosiendo / como con hipo / con estornudo / con dolores de espalda / se recita caminando de espaldas en las veredas de la estación Mapocho / de Santiago que ya sigue siendo el mismo de siempre / nada novedoso / nada especial / nada nuevo que contar en esta ciudad / ni siquiera un swing nuevo para escribir / acá.
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No hay cafés, solo bares (Abril, 2005)

Releyendo un libro que me obsequiaron llamado "Los cafés literarios en Chile" de Manuel Peña Muñoz, extraigo una mirada que a simple vista se puede generar en cualquier lector u observante. Actualmente en Chile los cafés literarios (y/o la cultura del café literario) no existen. Por lo menos ahora no, antes sí (según se logra rescatar en el libro) pero cafés cafés..mmmm.

Hay cafés con piernas, en donde se "disfruta" de este brebaje parado al lado de la barra para contemplar el paisaje, hay cafés fuente de soda, cyber cafés, cafés caros y otros baratos, pero no cafés literarios, cafés que aglomeren a todos estos seres que se someten al rigor de una pluma o a un teclado de computador, en donde no importe la clase social o si no tienes más de cinco mil pesos en el bolsillo. En este libro se nombran la Confitería Torres y el Café Riquet como ilustres lugares que han acogido a escritores y que aún sobreviven a la modernidad. Lamentablemente, debo decir, lo que se desea tomar para comentar una presentación de algún libro, sobre poesía, narrativa, etc., es cerveza y vino. Y no creo estar especulando.

El escritor chileno desea tomar en un bar para conversar, y tomar harto, cerveza por montones, vino a destajo. En el sur, en el norte y en el centro, el alcohol se apodera de nuestras mentes y nos hace más geniales, más originales, nos hace gritar, bailar, ensordecer y soñar. Y al día siguiente queremos morir.

Morir de pena, de rabia, de preocupación. ¿qué dije anoche, qué hice anoche? Sé que este caso es extremo y más cercano al alcoholismo. En el café, en cambio, conversaremos de lo mismo, pero inevitablemente sentiremos que algo nos falta en la mano, un vaso más distinto, con otro contenido, un vaso sangriento y fulgurante. Nos cuestionaremos nuestra vida, escucharemos y nos hablarán de sucia realidad cotidiana, del poema como remedio, del libro como sanación.

Es desesperante, pero existe este amor dionisiaco y hay que admitirlo. También hay que admitir que durante estos últimos años han nacido cafés con el cartel de literario, pero que de tanto promocionar este concepto, terminan por aburrir a los supuestos acreedores de este honor de comensal. Uno se podría imaginar un café de pintores, café de artistas plásticos, cafés de actores...pero qué es lo que se pide al llegar: una cerveza, por favor.

Hace un tiempo supe de una escritora argentina que estuvo visitando nuestro país, específicamente Santiago, y que se impresionaba por el hecho de que para conversar de literatura o cualquier otra cosa, se tuviera que asistir a un bar y que, no tranquilo con eso, se bebían litros y litros. En Argentina existen estos cafés literarios, existe esta cultura de café y quizás acá en Chile necesitemos de un trago para poder entablar una conversación. Una inspiración espumosa o azabache, una inspiración que no es única en el mundo, ni tampoco única de los escritores de Chile, pero que inevitablemente nos identifica, nos llama y nos consume, ya sea para bien o para mal (aunque, ¿se piensa en el bien o en el mal en estos casos?) nos juntamos en el bar, (como aparece en libro mencionado, que no pudo obviar el bar Unión, el Quitapenas, el Cinzano, el Roland Bar), en La Piojera, en el Olímpico, y tantos otros, que cumplen con la labor intrínseca de ser, como dijera el poeta Rolando Cárdenas, nuestro segundo hogar.
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La vida es la hija bastarda de la existencia (Marzo, 2005)

Esta frase es la que rezaba en la pared del cuarto del cantautor chileno Nino García, rayada con spray, mala letra, en su cuartucho - casa de la población La Victoria, cuando lo hallaron con la sien destruida luego de un certero disparo. El tipo no se había suicidado por exceso de talento, sino que por falta de trabajo, en la música, su vida, cantó en las micros luego de haber cantado en la OTI, pianista, y tantas otras cosas. Un familiar diría en el velorio: "En Chile hay mucho espacio para la mediocridad y poco espacio para el talento"...("En ese tiempo había que tener talento para no morir....(Pablo Azocar, "Natalia"). Y era cierto lo que decía.

Bueno, todo esto lo vi en un programa del canal 13, de esos "culturales" de los días domingo. La verdad es que yo no conocía al tipo, pero me sorprendió su talento, su bipolaridad, su rebeldía, su extralimitado poder creativo, más allá si me gustara o no su música, su marcado delirium tremens depresivo, que lo llevaría al cajón.

Pienso esto ahora que me entero que hace unos días murió el rockero argentino Pappo Napolitano (Pappo's Blues). El tipo iba en moto con su hijo y se mató (al niño no le pasó nada).

Cabe decir que este rockero llevaba años de trayectoria influenciando a miles de fanáticos y músicos con su guitarra y blues desenfadado ("sucio y desprolijo"), después de haber sido telonero de B.B. King...en realidad esto último no importa. Plaf, Pum, Tam, Fom, se murió. Ah, y también era talentoso el cabro. Biografías y páginas web en su honor lo recuerdan (y recordarán). Un baluarte del rock.

Entonces, qué decir: ¿dónde está el significado de todo esto?......¿la música?. Tengo muchos amigos músicos, yo mismo toco la guitarra y el bajo de forma "casera". Pero, ¿dónde está la esencia?. La muerte de estos locos no tiene por qué ser una señal, sólo un acto de traslado hacia la meditación intrínseca del acto musical. Después de la creación: ¿qué queda?. Mucho pues.

Queda la sensación hilarante, ese hilar mágico, el retorno a la gracia de la existencia, un motor enardecido, la transpiración del trabajo, el irse, el transportarse, el no ser más yo, ser música, una nota que suda, la introspección del otro yo, la improvisación y la visita.

En fin, el sábado estuve en una tocata de rock chileno (Tsunamis, Familea Miranda y Yajaira). Muy bueno y desenfrenado. Rock en su esencia, quizás no tan elaborado, pero tampoco simplista. Estilo y música, público en estado de hipnosis y locura. Eso es lo que sirve cuando estás vivo, vivo realmente, con ganas de escuchar y crear. Lástima que algunos compadres se vayan despacito, por el desfiladero del grito, creadores reales, unidos por melodías únicas, hijas regalonas de la existencia, hijas bastardas de la vida.
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De Barrios (Enero, 2005)

Amanece en Santiago. Esto puede ser una carta de despedida fácilmente, o el inicio de algún tropiezo. Amanece en Santiago, y en el metro todos callan en ese minuto de la inminencia de la llegada (saldremos de las escaleras a quien sabe donde). Ya no llegan los flippers a decir la diversión y las personas que habitan el centro de Santiago se transforman en citadinos, en personajes de una novela llamada Santiago, se identifican sin darse cuenta, pero ¡puaj!, anoche me asaltaron.

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En el bar L'Croag del barrio Brasil compraron unas mesas muy antiguas y barrocas que llegan a las rodillas. Tomar así, dejando los vasos en esta mesa, respirar el viento brasileño de un árbol brasileño, que se puede ver a lo lejos, desde la otra esquina, es gracioso. Graciosa la manera del gato en la ventana.

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Acerca de San Miguel: esa avenida, el Andrés Bello, la Ciudad del Niño, el Barros Luco, el Brasilia, la plaza Recreo, la plaza Madeco, la Plaza Llico, la plaza 12 de Octubre, la Concha y Toro, el Of the Willy bar, el Copihual, el Oriental, el bar La Playa, el liceo Llico y esa casa en ruinas. El club San Miguel y Condorito.

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El rotito, el de Exposición, Matucana y Chacabuco, anda sin helado, sin pelota, sin bolitas en la tarde. ¡Ándate de aquí, cabro chico!, cuídate del tren que descarrila.

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En el persa Bio-Bio hay una librería con una lámina encuadrada que promete "excomulgar" a quien ose robar algún libro. Aparentemente, estos libros son baratos, pero los buenos, los buenos, ¡esos si que los tiene caros!. El vendedor incita al robo, con ese cuadro.

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Plaza de Armas: sucede que se abandona, se llena de gente, de estatuas humanas, de adictos a la telefonía celular, de escépticos, jubilados, escolares, palomas, peruanos, ajedrecistas, pajaritos, pintores. Los pintores están al aire libre pintando la Plaza de Armas, los perros, caricaturizando a los transeúntes y a los personajes de la televisión y el fútbol. Hay cierta confusión, pero nadie se detiene a pensarlo.

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Anochece, anochece en Mapocho, navidad y este año nuevo, construcciones y demoliciones, los colectiveros y los ancianos, los hombres de blanco del mercado, se desean un prospero futuro. Y el vendedor de sopaipillas saluda al heladero.


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Esa cosa del epígrafe (Diciembre, 2004)

"Todo lo que diga, lo diré con los ojos"

Andrés Olivares

Nazco mirando temprano en la mañana el libro ese del epígrafe justo que ante noche apareció (como un muerto en el lago) súbitamente, subrayado para el uso a posteriori del poema.

El poema epigrafiado, buscado a la perfección o a la usanza mágica del gemelo adivino (el otro gemelo también adivina que.) ha llegado para acarrear el texto que se le apropia. No se merecen forzados.

Se buscan en el oficio de una hoja de papel, se encuentran taciturnos, malhumorados, incipientes en ocaso, sumamente perdidos. Se besan, aman de apoco, se besan.

Y en la estantería, el autor epigrafiado (el poema epigrafiado) no sabe esto de la extirpación. Y el autor epigrafista busca, recuerda, añora, advierte esa frase pequeña, justa para el remecer.

Ha llegado la hora de la intersección absoluta, el poema saluda a su epígrafe y el epígrafe, cegado, no sabe de estos quehaceres. El retazo collage ha sido cocido con tinta y esta noche dormirá en otra pieza oscura, se unirá la melancolía con el misterio, y no nos daremos cuenta, nosotros, lectores ingenuos, del escándalo.

El poema llevará otro brazo, que mastica, engullendo tus ojos y los míos, epigrafeando el lado tibio del libro, gritando a un costado del silencio.
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El Viento Perdido, adiós a Luís Alejandro Galvis (Noviembre, 2004)

Escribo estas líneas con un lápiz Parker clásico, esos de color azul marino en la parte inferior y plateado en la parte superior. A Galvis siempre le gustaron las "plumas finas", una vez me lo dijo y siempre lo noté; en nuestras conversaciones micreras, cerca del Bellas Artes, en cualquier calle de esas que se borran de nuestra memoria. Alejandro, poeta colombiano, se presentó ante mi de manera casual en una lectura poetica. Conversámos y entablámos amistad. Me contó de sus viajes por el mundo, de la poesía exquisita y del arte de la subsitencia, la mayoria de las veces. Yo, poeta joven e inédito, serviría finalmente de editor riguroso para su opera prima llamada "El Viento Perdido" que saldría publicada bajo el sello independiente y subterraneo: Ediciones del Jinete.
Fueron dos meses de trabajo, de correciones, de conversaciones en bares, de almuerzos y de viajes a una muy lejana imprenta. El Viento Perdido vió su luz en agosto del 2004.
Muy buena persona el hombre, grato de conversaciónes, extralimitadamente educado (como todo colombiano, pensé) aúnque ya se le habían pegado ciertos modismos chilenos como el tan recurrente "huevón". Sabio de la vida y de los devenires propios de quien se hace apatrida.
Hasta unas semanas permanecía en Colombia (la ultima vez que lo vi, cuando nos despedimos, en el bar "Olimpico".) despues de haber publicado su libro aca en Chile (habíamos hecho algo parecido al encanto de las letras en libros de bajo presupuesto). Ahora el amigo de la itinerancia, que participó en variados encuentros por sudamerica, que pertenecía a la red "Latigo" de poesía, se ha suicidado.
Dura noticia que me llega por mail (herramienta muy útil en estos casos). Quien sabe por que, si estaba planeado desde hace tiempo, como indican algunas "fuentes" o si realmente fué un arranque de evasión. Luís Alejandro Galvis deja amistades en varias latitudes y aca en Santiago nos hemos reunido en el bar La Unión (bar que frecuentaba Jorge Teillier, poeta admirado por Galvis), para recordarlo como se merece. Ahora me reclino en mi asiento, juego con el lápiz Parker y pienso: cualquier meditación acerca de la muerte por decision propia en este artículo, sería inutil.
Una flor soplada por el viento perdido, un pensamiento, un café cargado, una lágrima seca, un volantin soltado al infinito, un abrazo al invisible living de la casa. Te despido como una vez lo hice preguntando: ¿que será de Galvis?, pregunto: ¿que será de Galvis?.
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Tarde Sufí (Octubre, 2004)

Conversemos de esto y de lo otro, por mi por lo que inevitablemente se pega al costado de nosotros como restos de algodón de azúcar en los dedos embarrados. Háblame de esta ciudad, yo vivo algo triste, algo cansado, disimulo, eso si, hago como que no me duele, que todo esto alrededor no me duele, si no que pienso y medito por nuestras ojeras claroscuras. Ruego por que mi voz no se arranque, digo que ruego por que ella y su hijo lleguen a su casa bien y sin novedades. Amo la soltura de los nudos en el instante pleno de irse a reposar, no quiero molestarte, conversemos de esto y de otro
Tomo mate con cascaritas de limón, si deseas no hablemos de lo que anuncian los diarios que va a pasar inevitablemente, estoy acá pero no lo deseo, un paso hacia la cocina y beberé del alcohol traicionero, chusma chamusqueada, no te quiero más. Permíteme la resonancia de mis débiles huesos. Entonces, como dijiste, yo ahora nunca estaré solo de cosas caíbles y fatales como una parrilla de sopetón al suelo. Adoro esa risa tenue cuando ha dejado de llover, mi jardín crece inexplicablemente y corto lo que me dicen que corte esos fugaces duendes imprescindibles.
Ven, siéntate aquí, tomemos las cosas como son, deseo que caigamos lentos y sin dolor, me lavo el pelo pensando en eso, pero se olvidan las cosas, siempre, uno tan despistado que es. Trato de no ver la hora, las niñas cantan en la calle canciones que hablan del reino de Jesús, una chinita se posa en mi hombro y se asusta piensa que no la quiero que deseo matarla y que soy uno más de esas sombras grandes y obesas. La cadena del baño está mala y este sol, nuevo sol, que me deja la frente tibia y andamos sin apuros, esta vez se que el pasto no es dañino, tomaremos sopa en un rato más, algo va a salir, pero tiremos piedras al lago, corramos como cuando mirábamos a "los adultos" conversar cosas con cigarros. No tengamos miedo y vengo a decir que se acabó la sal pero no tengo miedo, conversemos de esto y de lo otro, la guitarra siempre quiere ser tocada, me voy a poner un chaleco, vuelvo en seguida, por favor los cojines, los restos de ropa, los caracoles y las conchitas, devuélvanme la memoria, ¿qué es lo que iba a hacer? (pero en la pieza voy a recordar ese poema que escribí cuando era chico y que desee siempre jamás olvidar).
No hice esa llamada pero es que ya no tengo teléfono ni cajas blancas con noticiarios, ¿y que ha pasado?, ¿y la gente?, ¡ven Rufus que hay que darte comida! y si tu mamá vuelve ¿qué va a decir?. Está empezando el atardecer, meditaré un rato en el baño.
Adiós, chao en este momento, me quedo aquí y es placer divino. Beberé lo que resta en el concho por ti y por mi, por esto y por lo otro, por el carrousell y por la vida, en este tiempo.
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Trabajar Cansa: lo dijo Pavese (Septiembre, 2004)

Para mi está claro que el "trabajo operante" es el peor amigo de la creación artística (¿o de lo contrario será lo mismo?...). Trabajar diariamente, sistemáticamente, monótonamente, en fin: trabajar, elimina esa exquisitez del vago juvenil. De forma inútil se comienza a perfilar que trabajando se piensa y se imagina, pero no se crea; o al menos no como uno quisiera. Crearemos una labor, eso si, tranzada y somnolienta, sabiendo que en realidad lo que deseamos es estar en la playa fumando "maconha" o en las licorerías eligiendo la mejor opción.

Y entonces cansa, pero cansa la ruta, el proceso de calcomanía en la superficie del sistema.

Llega la idea de la esquina de la calle con el perro permitiéndose la duda y la contemplación, siendo participes de un poema de Pavese. Entonces somos amigos de los colectiveros, de los vagabundos y el panadero. De las noches sin insomnio, del bar pernicioso, del grito de la hazaña del shampoo y el jabón, de las camisas floreadas y de las pelotas de fútbol.

Leemos un Condorito que representa todos nuestros valores y nos vamos al bar "El Tufo" o al "Tallarín Gordo". Doblamos con un alicate el fierro de la monotonía, juntando monedas "guachas" para la empanada.

Volvemos a ver a los viejos amigos, nos tiramos rodando desde lo alto de las dunas y despertamos de improviso jugando pool.

Es esta cesantía digna, esa forma de perder sin alegar, aceptando el decomiso de algún premio anhelado, lo que saboreamos con la pasión envidiable del pianista callejero ciego. Y no nos damos cuenta y tampoco miramos para los dos lados al atravesar la calle.

Se acepta el fracaso social tal como llega, por que para uno, no se ha fracasado.

Y aunque se estuvo pateando piedras y leyendo el diario los domingos, mañana hay que trabajar e introducirse a la maquina de moler carne, y somos una masa de algo humano que actúa firmemente y con decisión, se vuelve tumor y entonces somos algo más. Mañana funcionamos a las mil maravillas y los micreros nos tratan un poco mejor. Volvemos a casa escribiendo una pequeña frasecita en el diario que regalan a la entrada del metro, breve y minúscula. Una frase que dice: trabajar cansa.
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La Cámara Oscura de Juan Cameron (Agosto, 2004)

Ojeando un libro de Juan Cameron (con una sugerente “zona femenina” dibujada en su cubierta), el lector, que en este minuto es escribiente, detecta ciertas claves significativas en la poesía chilena de los 80, que a 19 años de su publicación, son merecedores de estas tentativas.
Al poeta porteño lo he visto declamar en ciertas ocasiones y también he trabado ciertas palabras con el que, por cierto, no creo que dejen de ser solo anécdotas camino al baño del recinto. Pero al ver su inmediatez de poeta, me permito pensar en el proceso purificador y errático de la poesía. He leído de los orígenes literarios de Cameron, su amistad con Juan Luis Martínez (también las fieras anécdotas de “Poesía a golpes” en la revista “La Vida Breve” de la Sociedad de Escritores de Chile, filial Valparaíso) y no puedo dejar de sentir una identificación de códigos que no son para nada intelectuales. Este señor es un poeta bohemio (imagino) que ha viajado mucho como para quedarse enredado en los tropiezos de las tabernas. Bastante he aprendido de las caricias de la embriaguez, pero también he sabido de las circunstancias enriquecedoras. Es así como recuerdo la obtención del libro Cámara Oscura (Ediciones Manieristas, 1985) adentrándome en lo que el llama el oficio de hacer y deshacer estas imágenes hasta Paraíso Vano, hermoso texto arraigado desde la punta del muelle Barón hasta los cerros de Valparaíso. Ya sabemos: ascensores, escaleras, pero no las mismas “deste” ojo: “Pero tú tú vas tú vas / en ascensor & no te alcanzo / me canso en el oficio de ser sólo fragmento / sin oro sin vasija / ni greda entre las ruedas dentadas del camino” (Ascensor Florida). Me pregunto como llegó este libro a manos del librero que me lo vendió en el persa Bio-Bio.
Debo decir que Juan Cameron nace en Valparaíso en 1947 y que ha publicado una decena de libros como: Perro de Circo (1979), Apuntes (1981), Cámara Oscura (1985), Ascensores porteños/ Guía práctica (1999) y Jugar con la palabra (2000), entre otros. Y que ha vivido en Argentina y Suecia. Pero no pretendo encaminar la ruta de esta columna hacia el paseo ciego del groupie. Solo una reseña, un recuerdo, la imagen del navío que veo deshacerse, por completo, desde un balcón.
Ahora que he escrito de lo que deseaba, corrijo el texto, observo nuevamente el dibujo de la cubierta, termina el triste julio y mis amigos me preguntan de que escribo, y yo les cuento que de Juan Cameron, hoy domingo, al atardecer.
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