domingo, septiembre 28, 2008
viernes, septiembre 26, 2008
jueves, septiembre 25, 2008
DE BELLEZA E HILO CURADO

Escuchando Morphine, claro está.
Salgo disparado como un hombre bala. ¿Donde llego? No sé. Quizás a los pies de un cine en donde solo dan películas de Woody Allen. O quizás, termino como siempre, amarrándome los cordones de los zapatos en la calle Matucana. Y camino y camino y de pronto estoy dentro de un carrete de hilo curado que eleva volantines en collage multicolor, salen los chicos a la pesca, paso por la calle Quechereguas. Duermo una siesta y sueño: Vamos a ese bar, yo te miro a los ojos, y mientras las conversaciones de los parroquianos se transforman en murmullo insípido, me adentro en tu mirada. Soy un espectador y tomo la escalera mas corta para llegar dentro de ti. Despierto. Es la beldad, pienso, mientras me adentro en el libro Historia de la belleza de Umberto Eco y paso mi dedo por la línea del tiempo. Cierro los ojos y palpo las páginas, imagino la ternura, arrastro mil imágenes que se parecen a una boca, una boca delineada por los pétalos húmedos de un jazmín.
Voy a la plaza, miro los volantines echar una comisión. El viento que llega de improviso, la madre que le dice al niño que mire para ambos lados antes de atravesar la calle. Abro los ojos y me encandilo, ¿Qué es una musa? Yo no soy el dueño de este museo pero me atrevo a gritar desde la azotea. ¿Qué es una musa? Es la chica perdida que pintó Amadeo Modigliani, que no amó, que desertó y abandonó, que arrancó y se suicidó. ¿O es la chica a quien nadie saca a bailar? Es la mujer que abraza en el cuadro de Gustav Klimt. Es Isadora Duncan para Sergei Esenin. ¿O es otra cosa distinta? ¿Otra esencia fulminante? Si, puede ser otro concepto, la no displicencia con el formato de divinidad, la contradicción, el ceño fruncido, el mirar para atrás, el desenlace poco idóneo, el miedo a la metáfora, los pechos y la blusa entreabierta, un lunar que avanza en close up hacia el publico que mira esta película. Bah, de veras que esto no es una película. Pero sí una fotografía, apunto y click, una foto. Apunto y otro click, ya no estás. Y que importa. La ausencia es el preámbulo de un próximo regreso.
Ah, pero se me había olvidado que el hilo curado, el hilo curado es peligroso, puede hacer daño. Por eso, elevo con hilo sano y bondadoso, como la sonrisa de mi casera de la lavandería. Los volantines desde acá se ven re bonitos mientras trato de memorizar esa cueca: “lindas canchas de amores / caramba, los callejones”. Yo no sé que es la belleza, solo sé que se siente, como se siente un dolor de estomago, como se siente la lluvia en el pelo, como se enajena una sombra de madrugada que se emborracha de ignición. Miro fotografías, en todas ellas desaparecen sus protagonistas. ¿Qué esta pasando? En todas estas imágenes aparece un retrato certeramente abstracto, nunca algo perfecto, nunca algo equilibrado, porque en la fisura diseñada como un caleidoscopio vital, está la hermosura nunca buscada. No hay belleza en el paseo primaveral fútil. No hay belleza en los sueños reprimidos. Pienso esto mientras me subo a un árbol y trato de sacar el volantín atrapado. Miro hacia abajo: hormigas, libros en el pasto, una botella de cerveza sangrando.
Bajo y me encandilo. Es un flash, claro. Una nueva foto con flash que no me gusta pero acepto. Acá está el volantín que tiene tu nombre. Tiene tu olor, tiene tu esencia, tiene tu error, tiene tu forma inexacta, y claro, yo no estoy para películas de western. Me paro en la barra del bar y le hablo a un gato tuerto que me mira. Le digo: “yo no estoy para películas de western”. Tengo la mano dañada, quizás fue tu hilo curado, quizás fue tu mirada de indudable perversidad sublime, de genial deseo trasnochado, de piel sabor frutal, de genuino escape señero y eterno. Pues bien, en esta Historia de la belleza yo hago esta lectura: si me nombras, si me piensas, si participo del alambre de púas de tu sueño, yo soy tu belleza. Si te sueño y apareces lamiendo mi hombro, tú eres mi belleza. ¿Qué era una musa? Ya no lo sé. Quizás un fantasma de brocato, que sube por la escalera.
Salgo disparado como un hombre bala. ¿Donde llego? No sé. Quizás a los pies de un cine en donde solo dan películas de Woody Allen. O quizás, termino como siempre, amarrándome los cordones de los zapatos en la calle Matucana. Y camino y camino y de pronto estoy dentro de un carrete de hilo curado que eleva volantines en collage multicolor, salen los chicos a la pesca, paso por la calle Quechereguas. Duermo una siesta y sueño: Vamos a ese bar, yo te miro a los ojos, y mientras las conversaciones de los parroquianos se transforman en murmullo insípido, me adentro en tu mirada. Soy un espectador y tomo la escalera mas corta para llegar dentro de ti. Despierto. Es la beldad, pienso, mientras me adentro en el libro Historia de la belleza de Umberto Eco y paso mi dedo por la línea del tiempo. Cierro los ojos y palpo las páginas, imagino la ternura, arrastro mil imágenes que se parecen a una boca, una boca delineada por los pétalos húmedos de un jazmín.
Voy a la plaza, miro los volantines echar una comisión. El viento que llega de improviso, la madre que le dice al niño que mire para ambos lados antes de atravesar la calle. Abro los ojos y me encandilo, ¿Qué es una musa? Yo no soy el dueño de este museo pero me atrevo a gritar desde la azotea. ¿Qué es una musa? Es la chica perdida que pintó Amadeo Modigliani, que no amó, que desertó y abandonó, que arrancó y se suicidó. ¿O es la chica a quien nadie saca a bailar? Es la mujer que abraza en el cuadro de Gustav Klimt. Es Isadora Duncan para Sergei Esenin. ¿O es otra cosa distinta? ¿Otra esencia fulminante? Si, puede ser otro concepto, la no displicencia con el formato de divinidad, la contradicción, el ceño fruncido, el mirar para atrás, el desenlace poco idóneo, el miedo a la metáfora, los pechos y la blusa entreabierta, un lunar que avanza en close up hacia el publico que mira esta película. Bah, de veras que esto no es una película. Pero sí una fotografía, apunto y click, una foto. Apunto y otro click, ya no estás. Y que importa. La ausencia es el preámbulo de un próximo regreso.
Ah, pero se me había olvidado que el hilo curado, el hilo curado es peligroso, puede hacer daño. Por eso, elevo con hilo sano y bondadoso, como la sonrisa de mi casera de la lavandería. Los volantines desde acá se ven re bonitos mientras trato de memorizar esa cueca: “lindas canchas de amores / caramba, los callejones”. Yo no sé que es la belleza, solo sé que se siente, como se siente un dolor de estomago, como se siente la lluvia en el pelo, como se enajena una sombra de madrugada que se emborracha de ignición. Miro fotografías, en todas ellas desaparecen sus protagonistas. ¿Qué esta pasando? En todas estas imágenes aparece un retrato certeramente abstracto, nunca algo perfecto, nunca algo equilibrado, porque en la fisura diseñada como un caleidoscopio vital, está la hermosura nunca buscada. No hay belleza en el paseo primaveral fútil. No hay belleza en los sueños reprimidos. Pienso esto mientras me subo a un árbol y trato de sacar el volantín atrapado. Miro hacia abajo: hormigas, libros en el pasto, una botella de cerveza sangrando.
Bajo y me encandilo. Es un flash, claro. Una nueva foto con flash que no me gusta pero acepto. Acá está el volantín que tiene tu nombre. Tiene tu olor, tiene tu esencia, tiene tu error, tiene tu forma inexacta, y claro, yo no estoy para películas de western. Me paro en la barra del bar y le hablo a un gato tuerto que me mira. Le digo: “yo no estoy para películas de western”. Tengo la mano dañada, quizás fue tu hilo curado, quizás fue tu mirada de indudable perversidad sublime, de genial deseo trasnochado, de piel sabor frutal, de genuino escape señero y eterno. Pues bien, en esta Historia de la belleza yo hago esta lectura: si me nombras, si me piensas, si participo del alambre de púas de tu sueño, yo soy tu belleza. Si te sueño y apareces lamiendo mi hombro, tú eres mi belleza. ¿Qué era una musa? Ya no lo sé. Quizás un fantasma de brocato, que sube por la escalera.
domingo, septiembre 14, 2008
viernes, septiembre 05, 2008
PALOMAR

¿Quién es esta persona que mira el mar? Que piensa, que observa, que aclara, que involucra, que desea, que añora, que no añora nada ni nadie pero a la vez se contradice y perfora las nubes con su mirada profunda y silenciosa. Estoy en un espejo, dentro de un espejo. Ahora fuera y nadie viene a pedir una cerveza por Italo Calvino.
Palomar avanza, y me involucra en sus pensamientos, en sus más íntimos y recónditos deseos erróneos porque esta vez todo lo que se planifica no sale, socio, no sale, no va a suceder, entonces no plantearemos nada, solo veremos a Palomar ver el seno desnudo de una mujer recostada en la arena. Palomar vive en la ciudad, también, no creamos que solo vive de extrañezas y está toda esta gente en el metro y todos los codos afilados como el cuchillo del suicida terminal. De pronto, nada es traición, nada es locura, nada es aflicción. Palomar es como uno, como el amigo que te ayuda y te va a buscar en auto cuando comienza a llover. Como un rock bien vacilado en mi cuarto, que también podría ser un palomar, porque como de esas migajas nocturnas que se parecen tanto a esa plaza Brasil, esa plaza en donde conocí los pastos señeros de la costumbre. Vivo y tropiezo, Palomar, vivo y tropiezo y me levanto sacudiendo los codos rotos de mi chaqueta, por el filo, tu sabes, como el cuchillo de la señora de Donde Robin.
Palomar quizás conozca a los sonámbulos como yo, y quizás logra percatarse de la importancia del sueño y de cómo perjudica esta atracción por las sombras del trasnoche. Vengo caminando y luego pienso qué diría Palomar acerca de todas estas personas del barrio, no puedo, no puedo dejar de ser citadino, un hombre de la polis que se enfrenta a una mirada afilada, tú sabes, como el zarpazo del viento húmedo de madrugada.
Llueve, llueve de nuevo, y entiendo el idioma de la lluvia, ese braile liquido y cristalino que me viene a decir que voy veloz en la carretera, mirando desde el bus esas personas que están sentadas a las afueras de sus hospederías y que piensan que algún día vendrá esa oportunidad de salir adelante con la familia, que todo esto ya no sirve, que hay que largarse de alguna vez como esas personas que se ven dentro de los buses cuando pasan veloces por la carretera. Palomar sabe de esto, y toca este momento, logra tocar la intersección de una mirada entre el pasajero y el habitante, es como cuando abres la ventana de tu casa ¿hay algo bello en eso? No, para nada, como se te ocurre, lo hago todos los días que ni siquiera me doy cuenta, ni siquiera me doy cuenta de ese perfume, de ese abrazo, de esa tibia sospecha, pues como me voy a dar cuenta, si es tan común, es tan obvio, pero no, Palomar sabe que en lo obvio está lo sublime, es tan obvio que huelas a arándano, es tan obvio que desees que te abrace y que te pregunte si te gusta, si te gusta que te abrace mientras los chicos allá en la esquina pegan carteles.
Palomar no se despeina con el fragor de la lucha diaria. Yo recorro esa sabiduría como un carrousell, mi vida, un carrousell del parque de diversiones del azar, una nueva forma de decirte que estoy contando las monedas para comprar un remolino de papel, un algodón de azúcar, una tarjetita en donde dice que estoy tocando la guitarra en el muelle Barón. La armónica, a las afueras del mercado.
Pues bien, Palomar sigue aquí pensando y sabe la diferencia entre un acordeón y un bandoneón, sabe cual es el perfume correcto, pero también sabe equivocarse, y ese, es su mejor estilo, es su estilo de hacer las cosas, no viste ropas finas, no viste a la moda, porque sólo esta aquí para observar lo obvio, lo común y corriente que aparece de la nada, como esa hormiga, como ese soplo en los ojos, como un torbellino genuino implicándose en la tortura del no equilibrio. Una gitana no sabrá jamás leer las manos de Palomar. Palomar sabe de eso y vive aquí, mirándose las manos, mirando las líneas divisorias de las manos, dentro de un espejo.
Palomar avanza, y me involucra en sus pensamientos, en sus más íntimos y recónditos deseos erróneos porque esta vez todo lo que se planifica no sale, socio, no sale, no va a suceder, entonces no plantearemos nada, solo veremos a Palomar ver el seno desnudo de una mujer recostada en la arena. Palomar vive en la ciudad, también, no creamos que solo vive de extrañezas y está toda esta gente en el metro y todos los codos afilados como el cuchillo del suicida terminal. De pronto, nada es traición, nada es locura, nada es aflicción. Palomar es como uno, como el amigo que te ayuda y te va a buscar en auto cuando comienza a llover. Como un rock bien vacilado en mi cuarto, que también podría ser un palomar, porque como de esas migajas nocturnas que se parecen tanto a esa plaza Brasil, esa plaza en donde conocí los pastos señeros de la costumbre. Vivo y tropiezo, Palomar, vivo y tropiezo y me levanto sacudiendo los codos rotos de mi chaqueta, por el filo, tu sabes, como el cuchillo de la señora de Donde Robin.
Palomar quizás conozca a los sonámbulos como yo, y quizás logra percatarse de la importancia del sueño y de cómo perjudica esta atracción por las sombras del trasnoche. Vengo caminando y luego pienso qué diría Palomar acerca de todas estas personas del barrio, no puedo, no puedo dejar de ser citadino, un hombre de la polis que se enfrenta a una mirada afilada, tú sabes, como el zarpazo del viento húmedo de madrugada.
Llueve, llueve de nuevo, y entiendo el idioma de la lluvia, ese braile liquido y cristalino que me viene a decir que voy veloz en la carretera, mirando desde el bus esas personas que están sentadas a las afueras de sus hospederías y que piensan que algún día vendrá esa oportunidad de salir adelante con la familia, que todo esto ya no sirve, que hay que largarse de alguna vez como esas personas que se ven dentro de los buses cuando pasan veloces por la carretera. Palomar sabe de esto, y toca este momento, logra tocar la intersección de una mirada entre el pasajero y el habitante, es como cuando abres la ventana de tu casa ¿hay algo bello en eso? No, para nada, como se te ocurre, lo hago todos los días que ni siquiera me doy cuenta, ni siquiera me doy cuenta de ese perfume, de ese abrazo, de esa tibia sospecha, pues como me voy a dar cuenta, si es tan común, es tan obvio, pero no, Palomar sabe que en lo obvio está lo sublime, es tan obvio que huelas a arándano, es tan obvio que desees que te abrace y que te pregunte si te gusta, si te gusta que te abrace mientras los chicos allá en la esquina pegan carteles.
Palomar no se despeina con el fragor de la lucha diaria. Yo recorro esa sabiduría como un carrousell, mi vida, un carrousell del parque de diversiones del azar, una nueva forma de decirte que estoy contando las monedas para comprar un remolino de papel, un algodón de azúcar, una tarjetita en donde dice que estoy tocando la guitarra en el muelle Barón. La armónica, a las afueras del mercado.
Pues bien, Palomar sigue aquí pensando y sabe la diferencia entre un acordeón y un bandoneón, sabe cual es el perfume correcto, pero también sabe equivocarse, y ese, es su mejor estilo, es su estilo de hacer las cosas, no viste ropas finas, no viste a la moda, porque sólo esta aquí para observar lo obvio, lo común y corriente que aparece de la nada, como esa hormiga, como ese soplo en los ojos, como un torbellino genuino implicándose en la tortura del no equilibrio. Una gitana no sabrá jamás leer las manos de Palomar. Palomar sabe de eso y vive aquí, mirándose las manos, mirando las líneas divisorias de las manos, dentro de un espejo.
jueves, septiembre 04, 2008
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