lunes, julio 28, 2008

MOCHACCINO


Me iré a Valparaíso, contigo o sin ti, mi amor. Contigo o sin ti. Lo demás será torcedura rasguñada, un caminar entre herramientas en el suelo, un solitario huracán en el corazón. Hoy las caminatas parecen ser parte de una escena cotidiana en donde existe el paneo continuo de las vitrinas y los supermercados, las lavanderías y la comida china. Y todo se vuelve un poema de Idea Vilariño, un poema que habla de mi y de ti. O de mí y no de ti. O de ti y no de mí. O de las esquinas obscuras del trasnoche de un día lunes inútil y fácil de anular.

Tantos poemas, tantas palabras, tanta exploración en el precipicio. Mi poema no es este, es el que no está, el que dice que está, pero no está. Ese poema que yo iba a escribir, pero que quedo en el intento y se desvaneció rápidamente por que no era sólo una fotografía sino que era una botella de cerveza quebrada en el suelo, con el golpe que produce, con la expansión que produce, con el big bang que produce. Ese era el poema, el que me interesa. El que dice y se expande, el que no se queda en la palabrería fútil ni en la limpieza descarada. Se queda en el sonido, en el olor, en ese recuerdo, en lo que no queríamos saber, en la tibieza de la pena ácida, en la maldad y en la desidia. En el momento de luz y en la tiniebla. En los tarros de basura que son el plato preferido de los viejos vagabundos que me saludan en el barrio y me dicen: hola tío. Ese poema carente es una escalera, es un correr por la calle y saltar el charco. Es el edificio Diego Portales torcido en el derrumbe, es el día lluvioso con el rayo del relámpago que dispara contra un árbol y lo hace caer.

Y ahora parece que voy apurado por la calle pero de repente todo es como la película Memento y no descubro, no se donde va la cosa, solo se que estas veredas de pronto son planas, de pronto son adoquines parchados, de pronto tengo que atravesar y mirar a ambos lados. Entro a una tienda y pido un café, un poco de cafeína pero amortiguada. Mochaccino es la decisión final en un vaso plástico que me sigue y vamos de nuevo, para donde era la cosa, donde había que ir. Todo este momento es sólo un autoadhesivo en el refrigerador del tiempo.

El poema que se atraviesa en el día. La indiferente imagen del abandono. Lo que es y lo precario que es. Un poema de Idea Vilariño, un poema como un café tibio que se acaba. Un sueño en blanco y negro en donde los protagonistas se ven nebulosos, casi terroríficos, en donde las calaveras piensan ser las estrellas de esta noche, y la luna se perfuma y sale a pasear y todos estos entes sombríos, todas estas calles humedecidas. Un poema que hable de si mismo, un poema que hable de alguien que no se parece a mi, un poema que no hable, que no diga, que oculte y luego revele y luego te diga eso que justo tu no querías saber, pero lo lees y es una forma de traslado, un escalón en mal estado, la perfecta metamorfosis de Gregorio Samsa.

Me iré a Valparaíso, contigo o sin ti, mi amor. Tantos poemas, tantas palabras, tanta exploración en el precipicio. Y ahora parece que voy apurado por la calle. El poema que se atraviesa en el día.

Ahora parece que todo esta en silencio y puedo escribir ese poema inconcluso. Ahora parece que no hay nadie. Ahora parece que todo lo que vendrá esta escondido tras los matorrales. Escribo, y ese secreto invisible, ese desamor de invierno, ese salir a la calle sin rumbo fijo, ese frio que continua y no da pies atrás, la imagen de la femme como algo extraño que no entiendo y solo puedo ser hincha de un equipo de futbol de segunda división que pierde por goleada y el arbitro tiene que ver en todo esto y lo voy a increpar y se da vuelta y es una mujer klimtiana que me dice, que me grita y me dice: vete de mi, cuervo negro.

Escribo, y ese poema secreto queda entremedio de la gente que camina en la calle, en el paisaje, en la carretera, en la playa abandonada, y todo vuelve a ser el final de una película, y aparecen los créditos y una canción que la identifica. Vuelve todo a ser un día domingo, sin incendios en el barrio, sin bomberos muertos. Escribo, y esa idea invisible queda entremedio de las sábanas y es un fantasma que me acompaña. Bebo un café mochaccino que me ayuda a contrarrestar todo este frio alrededor. Pero se acaba. Vuelve el frio y nace el poema. No yo. No más yo.

jueves, julio 17, 2008

SI ME NECESITAS, LLÁMAME


Creo que nunca había hablado de Raymond Carver. ¿Qué se puede decir? Sería como entrometerse en la mesa de una familia que toma la once, a media tarde en invierno. Esos silencios meticulosos y comunes de la normalidad. Entrar en una caminata a la orilla de la nada, que es pasto, que es pileta. Todas las cosas adornadas como en un cuadro de Edward Hopper, como un iluminarse en el trayecto del sendero. La ceguera se anula y se recupera la vista de ciertas amarras al espejo. Yo es otro que está aquí y está allá.

Como si estuviéramos filmando una película de Eric Rohmer: Escena 1; “R” está acercándose a un pasaje y camina por una bajada a la playa. “A” está jugando con un gato. Al mismo tiempo, el sonido de los pies bajando el suelo arenoso, interrumpe el momento de cariño felino. Y “A” y “R” se miran mientras el polvo se levanta tras los talones. Escena 2; “A” está tomando té en el sillón. “R” está en el a la orilla del mar, dibujando con una varilla en la arena, la silueta de un gato.

Así es como transcurren los libros de Carver con sus títulos inexactos. Nombres como de discusión, o conversación de medianoche. ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?. Si me necesitas, llámame. Entonces, si acudimos a las Cuatro Estaciones de Rohmer podríamos sentir esa frescura que similarmente rescatamos de los cuentos y poemas de Carver. ¿Y que está haciendo toda esta gente? Está imitando el teatro de la realidad misma.

Milan Kundera en su libro La lentitud, habla de esa especie en extinción que acude al ocio de la epicúrea idea de abandonarse y carecer en pos de la nada por que no hay apuro. Yo leo en este momento ese libro, como un manual, aprendiendo los pasos para volver al transcurso cotidiano anulando las necesidades y por ende su prontitud. Casi una visión franciscana del desamparo que no es tal. Y es en este momento en donde me imagino en una narración de Carver, mientras los perros ladran y juegan al pillarse, mientras las voces de anoche desaparecen y aparecen, mientras miro por la ventana para saber si llueve, mientras la posibilidad de arruinar todo es mas cercana que perfeccionar todo, cuando la fractura, cuando el talón, cuando la escalera, cuando los ojos y el delirio y el precipicio de la cama. Y la lentitud sólo es parte de un florero que se rompe.

Hago aseo. Si me necesitas, llámame, pienso. Los primeros rayos del día comienzan a acariciar la espalda del que barre. Todo es parte de algo que ya pasó, recogiendo las colillas de cigarros que son la serpentina de un cumpleaños invisible, que descaradamente no se anuncia al llegar. El tiempo va pasando y no pregona su voracidad. Solo aparece en pequeños mensajes del día, cuando se caen los libros apilados, o cuando en la noche aparece esa mano que te toca el hombro, esa mano de algodón de azúcar que es sólo un sueño. Cuando barro, pienso que quizás sea bueno ser parte de algo distinto, un nuevo estratagema de la casualidad, ingresar a un club de bochas, o de ajedrecistas, ingresar a un club de abstemios imperfectos, quizás ser parte de una fundación pro defensa de la pesca artesanal y las gaviotas llegarían acercándose, contándome un secreto, que escribo al llegar a casa, y que pierde conexión con todo, y lo boto a la basura y luego lo barro con esta escoba que distribuye pequeñas perlitas de polvo que ingresan a esta escena que habla del secreto de las gaviotas. No, no mejor no. No quizás mejor que no. Yo debería estar hablando de Raymond Carver, de un libro que se llama Todos nosotros.

Aparto la vista de un poema de ese libro. Pienso en que hacer con ese nervio inquieto que tengo dentro del pecho. Pienso que debo lavar la ropa. Caerse de la escalera sería una excelente peripecia de amor al arte cuando has estado cerca de silbar tu canción favorita. Despertar mirando el techo, mientras el teléfono suena. Y no contesto.