viernes, diciembre 12, 2008

EL PARADIGMA DEL FUNAMBULISMO COTIDIANO


Voy pasando por la esquina compleja, donde todos pelean el paso, donde automóvil y peatón se enfrentan en un decidor pleito de sobrevivencia humana. Así, en este lugar, veo el pasar de una señora con algo parecido a un coche, pareciera que lleva a alguien, pero en realidad se lleva a sí misma, necesita tener algo adelante de donde afirmarse. Necesita algún tipo de equilibrio, el mismo que yo ejecuto al caminar por la cuerda floja de esta esquina.

Todo pasa muy velozmente, sin dejar respirar. ¿Cómo deshacerse de este continuo tránsito sinuoso y a la vez equilibrado, que palpita, que es voyeurismo simultáneo, que es precipicio y amor al viento desde estos edificios que no son nada? Claramente fue Philippe Petit el primero en establecer esta pregunta desde una forma paradigmática, con el tiempo detrás, con el ansia detrás, con el cálculo y la espera, la concentración y la claridad de quien debe someterse al delicado baile de los balcones. Porque, claro, existieron desde siempre en los circos estos personajes que subían a la cuerda floja y desplegaban su equilibrio para los espectadores. Pero existía también, oculta de algún modo, esa pequeña instancia de querer alcanzar las nubes.

Philippe Petit es el domador del vacío, ese vacío inmenso y romántico, es la poesía en ciernes desde esta cuerda-vida, que forma parte del eje cotidiano, ese que sucede sin suceder, que se tensa y uno como transeúnte delimita entre sus ojos y sentimientos. Ojo y corazón, ojo y vida que sucede incluso tras los espejos. Será prudente entonces establecer de qué forma u otra un artista como Petit se plantea su propio paradigma vital formulándose incluso preguntas esenciales: ¿Quién soy? ¿De dónde vengo? ¿Adónde voy? Pues claro, el funambulista sabe que detrás de todo este acto poético y técnico a la vez, está la hazaña congratulante que llega como agua tibia cayendo por la espalda, la belleza indescifrable y única, la provocación muda de todo gesto sutil, que estalla.

Se pueden generar distintas teorías en el bazar prístino del desasosiego. Alegar el vestido de gala dentro de toda esta pureza. Pero, sin duda, no bastará analizar los procesos mentales del artista en cuestión. Cada proceso de subsistencia le pertenece a cada uno de nosotros y cada uno de nosotros poseemos una milésima esquina de grano de arena, dentro del fantasma singular de cada vida. Vivir es un paradigma, vivir como un funambulista será otro.

Atravieso la calle finalmente, miro hacia atrás y veo el paso continuo de la señora del “coche”. El bullicio de esta ciudad es música rara. Me creo un aprendiz de Philippe Petit, pienso, mientras hago bip en la estación de metro y escucho los altoparlantes y decido hacer caso omiso de los lineamientos citadinos. Y anoto:

El 7 de agosto de 1974, Philippe Petit caminó sobre un alambre tendido entre las torres del World Trade Center de Nueva York (Las Torres Gemelas). Constituye la mayor hazaña de funambulismo conocida hasta el día de hoy.

lunes, diciembre 01, 2008

LA TINA QUE BOTA UNA OLA


The great wave. Gustave Le Gray, 1857


Toco

El rincón
mas exacto del abandono

en tu piel
cerca del ombligo idóneo

a la sábana

con gestos

de la tina
que bota una ola.

viernes, noviembre 28, 2008

¿LA VIDA ES MAS COMPLEJA DE LO QUE PARECE?


Salto al vacío, Yves Klein, 1960

LOS DIBUJOS DE BRUNO KULZCEWSKI


¿Qué es lo real? Quizás eso que percibimos ahora ¡ya! Y se acabó. Adentrarse en aventuras extrañas, como un circo de un país desaparecido.

Un documental puede contarnos un acontecer y a la vez trastornar ciertos sentidos inmediatos. Los dibujos de Bruno Kulzcewski, de la productora Aplaplac (Peirano y Díaz, creadores de 31 minutos), llegan con esta noticia. El padre Bruno, de Queilén (Chiloé) y su historia monstruosa, de mitos, de creencias soterradas y miradas al cielo.

No cabe duda en la atracción singular que producen los seres deformes que dibuja Kulzcewski. Es este escenario de intrigas en donde nace la trama de esta historia, en la cual se ven envueltos una partera del pueblo, la sospechosa aparición de osamentas de cabezas de niños en las lagunas, y la búsqueda incesante del padre Bruno por estos seres malignos, demonios que llegaban al pueblo y que había que contrarrestar. El padre tenía sus descripciones claras y certeras.

De pronto aparece el juez corrupto a cargo del caso, con pinta de mafioso chicano de los 70, a verificar lo sucedido en las lagunas, llegando a conclusiones falsas de esas muertes.

Es preciso poder ver este documental, y presenciar cómo toda esta historia se vuelve una sicosis continua, para luego llegar a mostrar imágenes increíbles, dibujos, declaraciones de la partera, que acercan al observante haciendo sentir ese fino soplo del suspenso. Excelente acercamiento al mito lugareño, al cine alternativo, a nuevas propuestas de encarar una supuesta verdad. Porque claro, luego de acercarse aún más a este documental, uno puede descubrir que hay otra historia dentro de esta historia, otro guión, otra situación cinematográfica que habrá que descubrir.

Los dibujos de Bruno Kulzcewski bien podrían parecerse a las gárgolas del arquitecto Luciano Kulzcewsky, en su posición de ente que sobrepasa el silencio. En esa dualidad de lo real e irreal.

Un lenguaje esperanzador de lo cercano al espanto. Que desaparece.

martes, noviembre 25, 2008

sábado, octubre 04, 2008

PÉTALOS de Guadalupe Nettel


De ustedes se dirá que amaron la trizadura.
Nadie va a hablar de belleza.

G. Rojas

Leo Pétalos, de Guadalupe Nettel. Obsesiones de la fractura cotidiana, ese no ser siendo. Ese paseo en el balcón que marea, en el perro -por ejemplo- que camina con dos rueditas atrás, que son sus patas, son su nueva extremidad.

O quizás, claro, la fotografía de los parpados como una pasión. Esa imperfección que se retrata como si se recogieran semillas en el bosque. Extraña costumbre que se traslada a la búsqueda microscópica del acontecer feroz.

Yo recojo estos pétalos, los voy palpando y oliendo. Van siendo espejos quebrados que permanecen cerca del chiffonier. Un paseo en un enfoque ladeado, como Ciudad Gótica o un encuadre obseso y simple de Raúl Ruiz. Buen encuadre. Las calles se parecen a esto, la normalidad aparente rasguñando el ventanal de las historias incómodas. ¿En qué consiste la belleza del monstruo? En su no darse cuenta. (Mario Bellatin, del epígrafe).

Entonces me sitúo, de pronto, probando la forma cactácea de la vida. Como ese paseo en el invernadero del abandono, como ese esconderse en la botánica del amor.

En ciertos momentos, podemos estar subiendo al podio que pesa y mide la estatura. Se estira el cuello, se afirman y extienden las extremidades. De pronto, no somos el que escribe o mira, sólo una obsesión continua, de olores y accidentes previsibles, como el olfato pensado para tocarte. Ese continuo ascensor. Subiendo, bajando. Un ofrecimiento de un pétalo al pasar.

Las manías y obsesiones pueden no importar. Todos en algún minuto hicieron sonar sus dedos en lo inconcluso, formaron líneas divisorias con el cabello en el suelo. Todas estas noches pueden ser sutiles, como la estela de una polilla al entrar por la ventana. Esa intimidad de la trizadura celeste, ese carrousell averiado que rechina en el parque de diversiones.

Queda la genuina impresión de que es posible recostarse en lo oscuro, como un helecho. Sacudir la alfombra de la noche desde el Palacio de la Danza. Afirmar y poseer la pasión por el burdeo y rojo, el pelo que esconde y su mechón arrancado. Es posible un bezoar, para extirpar ese corazón.

jueves, septiembre 25, 2008

DE BELLEZA E HILO CURADO


Escuchando Morphine, claro está.


Salgo disparado como un hombre bala. ¿Donde llego? No sé. Quizás a los pies de un cine en donde solo dan películas de Woody Allen. O quizás, termino como siempre, amarrándome los cordones de los zapatos en la calle Matucana. Y camino y camino y de pronto estoy dentro de un carrete de hilo curado que eleva volantines en collage multicolor, salen los chicos a la pesca, paso por la calle Quechereguas. Duermo una siesta y sueño: Vamos a ese bar, yo te miro a los ojos, y mientras las conversaciones de los parroquianos se transforman en murmullo insípido, me adentro en tu mirada. Soy un espectador y tomo la escalera mas corta para llegar dentro de ti. Despierto. Es la beldad, pienso, mientras me adentro en el libro Historia de la belleza de Umberto Eco y paso mi dedo por la línea del tiempo. Cierro los ojos y palpo las páginas, imagino la ternura, arrastro mil imágenes que se parecen a una boca, una boca delineada por los pétalos húmedos de un jazmín.

Voy a la plaza, miro los volantines echar una comisión. El viento que llega de improviso, la madre que le dice al niño que mire para ambos lados antes de atravesar la calle. Abro los ojos y me encandilo, ¿Qué es una musa? Yo no soy el dueño de este museo pero me atrevo a gritar desde la azotea. ¿Qué es una musa? Es la chica perdida que pintó Amadeo Modigliani, que no amó, que desertó y abandonó, que arrancó y se suicidó. ¿O es la chica a quien nadie saca a bailar? Es la mujer que abraza en el cuadro de Gustav Klimt. Es Isadora Duncan para Sergei Esenin. ¿O es otra cosa distinta? ¿Otra esencia fulminante? Si, puede ser otro concepto, la no displicencia con el formato de divinidad, la contradicción, el ceño fruncido, el mirar para atrás, el desenlace poco idóneo, el miedo a la metáfora, los pechos y la blusa entreabierta, un lunar que avanza en close up hacia el publico que mira esta película. Bah, de veras que esto no es una película. Pero sí una fotografía, apunto y click, una foto. Apunto y otro click, ya no estás. Y que importa. La ausencia es el preámbulo de un próximo regreso.

Ah, pero se me había olvidado que el hilo curado, el hilo curado es peligroso, puede hacer daño. Por eso, elevo con hilo sano y bondadoso, como la sonrisa de mi casera de la lavandería. Los volantines desde acá se ven re bonitos mientras trato de memorizar esa cueca: “lindas canchas de amores / caramba, los callejones”. Yo no sé que es la belleza, solo sé que se siente, como se siente un dolor de estomago, como se siente la lluvia en el pelo, como se enajena una sombra de madrugada que se emborracha de ignición. Miro fotografías, en todas ellas desaparecen sus protagonistas. ¿Qué esta pasando? En todas estas imágenes aparece un retrato certeramente abstracto, nunca algo perfecto, nunca algo equilibrado, porque en la fisura diseñada como un caleidoscopio vital, está la hermosura nunca buscada. No hay belleza en el paseo primaveral fútil. No hay belleza en los sueños reprimidos. Pienso esto mientras me subo a un árbol y trato de sacar el volantín atrapado. Miro hacia abajo: hormigas, libros en el pasto, una botella de cerveza sangrando.

Bajo y me encandilo. Es un flash, claro. Una nueva foto con flash que no me gusta pero acepto. Acá está el volantín que tiene tu nombre. Tiene tu olor, tiene tu esencia, tiene tu error, tiene tu forma inexacta, y claro, yo no estoy para películas de western. Me paro en la barra del bar y le hablo a un gato tuerto que me mira. Le digo: “yo no estoy para películas de western”. Tengo la mano dañada, quizás fue tu hilo curado, quizás fue tu mirada de indudable perversidad sublime, de genial deseo trasnochado, de piel sabor frutal, de genuino escape señero y eterno. Pues bien, en esta Historia de la belleza yo hago esta lectura: si me nombras, si me piensas, si participo del alambre de púas de tu sueño, yo soy tu belleza. Si te sueño y apareces lamiendo mi hombro, tú eres mi belleza. ¿Qué era una musa? Ya no lo sé. Quizás un fantasma de brocato, que sube por la escalera.

HABÍA UNA VEZ UN GRUPO LLAMADO BROTE DE FIURA

www.brotedefiura.blogspot.com

viernes, septiembre 05, 2008

PALOMAR


¿Quién es esta persona que mira el mar? Que piensa, que observa, que aclara, que involucra, que desea, que añora, que no añora nada ni nadie pero a la vez se contradice y perfora las nubes con su mirada profunda y silenciosa. Estoy en un espejo, dentro de un espejo. Ahora fuera y nadie viene a pedir una cerveza por Italo Calvino.

Palomar avanza, y me involucra en sus pensamientos, en sus más íntimos y recónditos deseos erróneos porque esta vez todo lo que se planifica no sale, socio, no sale, no va a suceder, entonces no plantearemos nada, solo veremos a Palomar ver el seno desnudo de una mujer recostada en la arena. Palomar vive en la ciudad, también, no creamos que solo vive de extrañezas y está toda esta gente en el metro y todos los codos afilados como el cuchillo del suicida terminal. De pronto, nada es traición, nada es locura, nada es aflicción. Palomar es como uno, como el amigo que te ayuda y te va a buscar en auto cuando comienza a llover. Como un rock bien vacilado en mi cuarto, que también podría ser un palomar, porque como de esas migajas nocturnas que se parecen tanto a esa plaza Brasil, esa plaza en donde conocí los pastos señeros de la costumbre. Vivo y tropiezo, Palomar, vivo y tropiezo y me levanto sacudiendo los codos rotos de mi chaqueta, por el filo, tu sabes, como el cuchillo de la señora de Donde Robin.

Palomar quizás conozca a los sonámbulos como yo, y quizás logra percatarse de la importancia del sueño y de cómo perjudica esta atracción por las sombras del trasnoche. Vengo caminando y luego pienso qué diría Palomar acerca de todas estas personas del barrio, no puedo, no puedo dejar de ser citadino, un hombre de la polis que se enfrenta a una mirada afilada, tú sabes, como el zarpazo del viento húmedo de madrugada.

Llueve, llueve de nuevo, y entiendo el idioma de la lluvia, ese braile liquido y cristalino que me viene a decir que voy veloz en la carretera, mirando desde el bus esas personas que están sentadas a las afueras de sus hospederías y que piensan que algún día vendrá esa oportunidad de salir adelante con la familia, que todo esto ya no sirve, que hay que largarse de alguna vez como esas personas que se ven dentro de los buses cuando pasan veloces por la carretera. Palomar sabe de esto, y toca este momento, logra tocar la intersección de una mirada entre el pasajero y el habitante, es como cuando abres la ventana de tu casa ¿hay algo bello en eso? No, para nada, como se te ocurre, lo hago todos los días que ni siquiera me doy cuenta, ni siquiera me doy cuenta de ese perfume, de ese abrazo, de esa tibia sospecha, pues como me voy a dar cuenta, si es tan común, es tan obvio, pero no, Palomar sabe que en lo obvio está lo sublime, es tan obvio que huelas a arándano, es tan obvio que desees que te abrace y que te pregunte si te gusta, si te gusta que te abrace mientras los chicos allá en la esquina pegan carteles.

Palomar no se despeina con el fragor de la lucha diaria. Yo recorro esa sabiduría como un carrousell, mi vida, un carrousell del parque de diversiones del azar, una nueva forma de decirte que estoy contando las monedas para comprar un remolino de papel, un algodón de azúcar, una tarjetita en donde dice que estoy tocando la guitarra en el muelle Barón. La armónica, a las afueras del mercado.

Pues bien, Palomar sigue aquí pensando y sabe la diferencia entre un acordeón y un bandoneón, sabe cual es el perfume correcto, pero también sabe equivocarse, y ese, es su mejor estilo, es su estilo de hacer las cosas, no viste ropas finas, no viste a la moda, porque sólo esta aquí para observar lo obvio, lo común y corriente que aparece de la nada, como esa hormiga, como ese soplo en los ojos, como un torbellino genuino implicándose en la tortura del no equilibrio. Una gitana no sabrá jamás leer las manos de Palomar. Palomar sabe de eso y vive aquí, mirándose las manos, mirando las líneas divisorias de las manos, dentro de un espejo.

miércoles, agosto 27, 2008

LAS ILUMINACIONES


Luego de una temporada en el infierno, las iluminaciones. Arthur Rimbaud pudo generar este matrimonio entre el cielo y el infierno, como William Blake, conseguir esta nueva etapa. “¿Poeta joven? Rimbaud era poeta joven” me diría el escritor argentino Enrique Fogwill luego de conversar con él, y presentarme así en el Centro Cultural de España, por ahí a principios de este siglo.

También recuerdo, desde no se donde: Sólo los maravillosos ven cosas maravillosas, los demás, ven puertas, casas, ventanas. Es ese estado maravilloso el que aparece de pronto, así, de la nada, como la luz de un automóvil que ingresa a un pasaje. Silbar por los caminos siempre será el mejor soundtrack de este entorno sublime. Los perros ladran con bondad, los ciclistas miran para ambos lados.

Y no será esa búsqueda de limpieza clara y silenciosa la que enderezará la Torre de Pisa. No, la torcedura y su fractura tendrán el correspondiente espasmo, y así también la calma, el té de medianoche, una tarde primaveral que se avecina. Busco y aparecen flores, estrellas fugaces, gatos negros que arrancan y miran hacia atrás. Nadie sabe de esto, nadie esta atento al submundo de las emociones cautivas. Eso es imperecedero y pasa a ser un lugar común. ¿Dónde estás esta noche? En éxtasis mental, en marcha, con magos y acróbatas, trapecistas, hombres bala, enanos, payasos y beldades sumisas, las cartas y el comodín de cada semana. Estoy leyendo un poema ahora que habla de los caballos en una despedida, caballos sueltos que aparecen de la nada, aquí, soy un personaje más del Lagar de Don Quijote. A veces, los floreros rotos se pueden pegar con poxipol, y quedan re bonitos, con una pintura nueva y un tulipán colocado por una mano misteriosa que aparece en esta escena.

Nombrar es quitar, iluminar es avanzar sin impedir, sin decir, sin contar. Tú estás ahora tomando un café, yo estoy aquí, de pronto, en La Unión, y me encuentro con espejismos y sempiternas sospechas, avanzo y encuentro una flor de amaranto, encuentro un libro arrojado a las estrellas, un libro que podría ser de papel invisible, y esas voces, esas palabras vendrían a ser tu voz apelando al comienzo de una mañana lluviosa, lluviosa, como el vestido del invierno. Y todos los mensajes que aparecen en las paredes, todas las sombras son ahora una iluminación que acontece y aparecen magnolias, buganvilias y besos de cereza. Duraznos en flor y matorrales en estricto desorden. Ya volverán los pasos en el camino, volverán las poleras de feria persa, la ausencia de toda prontitud. La perfección del amor incoherente.

Vendrá la muerte y tendrá tus ojos, diría Cesare Pavese. Esa muerte puta, diría Oliverio Girondo. Vendrá, claro, pero luego de toda esta montaña, allá, a lo lejos, no desde esta visual, dando la espalda, tirándole gomitas al cielo con Eddie Brickel and the New Bohemians. Si, vendrá eso que está presente, pero después, más tarde, con la irresponsabilidad de quien deja abierto un refrigerador, por que viene alguien a buscarte, para ir allá, a conversar de nada, mientras pasa nada, esa nada que ilumina, y no es el aburrimiento de personaje de ciudad, es otra cosa, es un estilo de energía, una caricia al viento, un paseo por el barrio perfumado, esa nostalgia del futuro que bien aconteció Jorge Teillier, esa belleza eterna, belleza de pronto, la magnitud de un cuadro en el Museo del Prado, y salgo casi cayendo como una piedra arrojada al despeñadero.

Veo cosas maravillosas, en estado maravilloso. Sin tapar la oscuridad, por que esta vida nocturna es la causa de toda melancolía adorable, solo un deseo extraviado, un voto para el presidente del tango, un cigarro que cae en la boca de Pizarnik, un organillero que recibe la moneda de mañana, ese mañana disperso, extraño, sin orden ni complacencia, ese error hermoso de la mezcolanza y el sin razón. Hablar con Pepi, Lucy y Bom en la mensajería del correo electrónico. Arrojar la challa al espacio sideral. Hablar con alguien que no conoces, dentro de un sueño, y no ves el rostro, por la luz, por la luz de la iluminación, de la iluminación de quien ha sufrido de verdad y ya no es parte de las sombras. Una conversación de bares y chinganas, con el conductor del último ascensor a la luna.

martes, agosto 19, 2008

SOPLANDO UN REMOLINO DE PAPEL


No puedo dejar de subrayar mentalmente e invisiblemente la novela Intimidad de Hanif Kureishi. Es un atentado a la honestidad. Aunque es evidente que no todas las circunstancias son iguales y tienen el mismo color, la esencia de leerte a ti mismo, ahí está, como un cartel gigante en la carretera.

Es un trabajo todo esto, claro está, nunca dejamos de trabajar. Las personas tienden a pasar de un momento a otro, de ser algo importante a algo que no lo es. Todas las perspectivas unificadas y variadas al mismo tiempo, que se pierden y atrapan como una puta asesina o una lluvia de acordeón. Mirarse al espejo es algo extraño, ese egoísmo piadoso, en el momento en que te percatas de que estas conversando contigo mismo, ahí, en la esquina de la nada. Y luego el dolce far niente, la mesa preparada a la hora del rayo verde. En los pasajes multicolores del barrio. En la punta de un sillón invernal, en una eterna fuga que conlleva el equipaje de la medianoche iniciada tras un trago de vino y apareces saltando desde el puente, en el benji de tus pensamientos.

Y existe el traslado, a donde ir. Los maletines quizás debieran estar siempre a la mano. Una mujer atrás. Una mujer atrás de un vidrio empañado. Pero no. Mejor no hablar de ciertas cosas. Me traslado y hay un nuevo sueño arrabalero, una nueva fotografía de callejones y ventanas semi abiertas. Pero hay también maleza, hay también un rompecabezas incompleto, hay que traspasar esta arena movediza. Se entra entonces como cuando se entra a un tornado, sin pedir permiso, de bruces, sin respirar. “Maleza / y respectiva incógnita tras la maleza” leo en el libro Veteranos del 79 de Natalia Molina, mientras salgo del metro Cumming. Todas estas imágenes se pierden en los rincones de un sofá, un sofá entregado al basurero del día domingo. Lleno y exageradamente lleno. Como si todo esto tuviera un olor, como si uno dijera: azul, y ese azul tuviera un olor, que se asimila, y se encuentra en el medio de la búsqueda, con los ojos cerrados. Maleza, y respectiva incógnita tras la maleza.

¿Y de donde vienes? ¿De la noche? ¿Del exceso y el extravío? Yo he estado preguntándome esto, en una plaza donde aparecen flores, de pronto, en los rincones del trasnoche, y se pierden, y de pronto todo es una canción de Morphine, una canción que se entiende, aunque esté en ingles, se entiende, se logra percibir el suceso, como un olor, tú sabes, un olor. ¿La lluvia, cual es el idioma de la lluvia? Es musical, cada pincel arrojado de súbito es una tecla que arranca y suena, arranca y se anula al mismo tiempo, por necesidad, como la muerte de una abeja que no pudo evitar el pinchazo maligno. Así, así es el idioma de la lluvia. Signos de exclamación melotronicas y la vieja esta en la cueva. Los pajaritos cantan. Paso a paso, la maleza, las maletas, las estrellas fugaces. Una escena de cuarto, discos, bolsos de viaje, un sombrero, una botella de vino, mate, una caja musical, un espejo, el cuadro de Jean Michel Basquiat. También podría estar el cuervo de Poe, que aparece cuando llueve y de pronto estoy en la escalera del cerro Cordillera y miro hacia atrás y hacia adelante y veo estas maletas que caen sin querer caer, sin poder evitarse, como la lucha de un alce alcanzado por la inmensidad del leopardo. Con un grito hacia dentro y cada golpe de cuero marchito es un polvo mezquino arrojado al puerto. Cada caminata suscitada a partir del extravío es una llegada a la circunstancia duditativa. El amor ya no existe dentro de esa Intimidad de Hanif Kureishi y miles de personas que caminan en esta ciudad se pasan a llevar, se miran y se olvidan al mismo tiempo.

Miro por la ventana y veo el trapecio de cada día. A esta hora, sólo podría hablar del beso de la mujer araña, las boquitas pintadas o el pubis angelical. Soplando un remolino de papel, en la cornisa del invierno.

martes, agosto 05, 2008

SUEÑA UN PEQUEÑO SUEÑO


Todo podría ser hermoso, como la ropa tibia y planchada que entrega una lavandería. O como el perfume de una tarde primaveral o un beso de improviso. Todo podría ser como una vida asentada, ese amor tan seguro, la mascota que llega corriendo. La ciudad es hablada en los celulares y los automóviles y las personas son parte de lo torrente y sanguíneo. Tomo mate, y cada sorbo es un tsunami que inyecta el gen disociado. Todo un corazón disléxico partiendo hacia la muchedumbre.

Y entonces sueño, la máquina funcional de la mente crea sin vergüenza realidades múltiples que parecen ser la realidad, pero que no lo es, y a veces lo es y no lo es al mismo tiempo, cuando sabemos que estamos soñando pero de igual modo dejamos abierto el grifo de la imaginación. Imaginar una vida plena, con objetivos, metas, todas esas exactas y matemáticas idioteces que generan un vínculo con la sociedad. Esa vida tangible que es un cronograma analítico sin azar ni casualidades. Entonces, si nos ofrecieran la pócima del sueño, esa de la película Abre los ojos de Alejandro Amenábar, si nos ofrecieran vivir una vida, un sueño comprado que sucede tal cual lo añoramos, pero que no es real, pero parece, y no te das cuenta, y funciona, a cambio de una vida terrible y desfigurada. Si existiera esa posibilidad, solo quedaría negarse a ello como se niega a un pastel el chef obeso de un restaurant. Los sueños funcionan solo como eso, como un sueño inequívoco, lúdico, fragmentado y sutil. Como un juego eterno de paletas en la playa, cuando todos sabemos que comienza a enfriar la noche, y hay que abrigarse y subir.

Es así como soñar será estar cerca de algo y no estarlo, tocar y no tocar, estar tan lejos y tan cerca, que es mejor no iniciar el cambalache insistente con la realidad. Todo lo que se sueña podría ser real, pero al ser real, deja de ser oculto y titilante, y comienza a ser nombrado, con todo lo que perjudica y tropieza. Será mejor no nombrarlo, no decir, esquivar, adolecer, ya que las palabras son acciones y provocan acontecimientos. Una vez pronunciadas, no puedes retirarlas dice el protagonista de la novela Intimidad de Hanif Kureishi. Intimidad, esa profunda estancia que puede salvarte de desaparecer, esa relación que supone confianza, arraigo y cuasi plenitud, ese momento previo al desvarío, ese inminente ocaso de quien no estará mas cerca de la torcedura. En la intimidad, sucede la charla del trasnoche líquido y sangriento, los abrazos en blanco y negro, el exacto minuto en que el entorno desaparece. Soñar en una intimidad mínima, el bien y el mal juntos en la misma escena.

Pero soñar también será estar en un estado de añoranza que no sirve mucho a esta altura de la niebla. Tú puedes ser un sueño, yo puedo ser un sueño. Es preferible la realidad y transformar ese sueño, si se quiere, en una realidad ensoñadora, una escena de cuarto con los rayos de sol entrando por las cortinas, escuchando alguna canción de The Birthday Party, saltando en la cama elástica de este circo multicolor, y de pronto el tango, y los bailarines de tango en medio de la calle, y la gente saliendo de sus casas, y los automóviles deteniéndose y toda la luna con sus cachos hacia arriba y esa estrella fugaz que me mira y se ríe y ese tango que ahora es milonga y las piernas y los brazos y la danza que no termina y así, piantao piantao, loca ella, loco yo, saltando y teniendo una convulsión y de pronto no saber si todo esto es realidad. Y es realidad, es la fina y caustica realidad. Y despierto, y todo era un sueño en donde yo estaba pidiendo un menú en el restaurant, pero estaba acostado en el suelo, pidiendo mi almuerzo desde el suelo, sin levantarme ni saber por qué no podía levantarme, como ese video de Radiohead que no sé como se llama, y de pronto no llega mi pedido y me levanto, me marcho, me voy a Las Cruces, Cartagena o San Antonio, algún lugar del litoral central. Y despierto. Estoy soñando que sueño. Estoy despertando dentro de un sueño en donde sueño que estoy despertando. Estoy solamente pensando en la azotea de un edificio en llamas. Y despierto. Despierto nuevamente. Y ahora estoy caminando por el Barrio Gótico de Barcelona, y hace frio, y escucho un instrumento musical extraño, como una campana en el suelo, extraño, extraño, y hay alguien que me busca pero yo no se que me busca, solo intuyo, quizás aparece detrás de las escaleras, y no encuentro a quien me busca y despierto y estaba soñando y ya no sé que es soñar y que es despertar. Despierto, esto no es un sueño, esto no es un sueño, mil veces esto no es un sueño. Y despierto. Un espejo roto en el suelo. Una mano tibia en mi rostro. Un fantasma tras la puerta. No se si es realidad. O quizás sólo un niño que grita a lo lejos y que me despierta. Un salto en el precipicio del silencio. Aquí, atascado en un pequeño sueño, como una espada en una roca.

lunes, julio 28, 2008

MOCHACCINO


Me iré a Valparaíso, contigo o sin ti, mi amor. Contigo o sin ti. Lo demás será torcedura rasguñada, un caminar entre herramientas en el suelo, un solitario huracán en el corazón. Hoy las caminatas parecen ser parte de una escena cotidiana en donde existe el paneo continuo de las vitrinas y los supermercados, las lavanderías y la comida china. Y todo se vuelve un poema de Idea Vilariño, un poema que habla de mi y de ti. O de mí y no de ti. O de ti y no de mí. O de las esquinas obscuras del trasnoche de un día lunes inútil y fácil de anular.

Tantos poemas, tantas palabras, tanta exploración en el precipicio. Mi poema no es este, es el que no está, el que dice que está, pero no está. Ese poema que yo iba a escribir, pero que quedo en el intento y se desvaneció rápidamente por que no era sólo una fotografía sino que era una botella de cerveza quebrada en el suelo, con el golpe que produce, con la expansión que produce, con el big bang que produce. Ese era el poema, el que me interesa. El que dice y se expande, el que no se queda en la palabrería fútil ni en la limpieza descarada. Se queda en el sonido, en el olor, en ese recuerdo, en lo que no queríamos saber, en la tibieza de la pena ácida, en la maldad y en la desidia. En el momento de luz y en la tiniebla. En los tarros de basura que son el plato preferido de los viejos vagabundos que me saludan en el barrio y me dicen: hola tío. Ese poema carente es una escalera, es un correr por la calle y saltar el charco. Es el edificio Diego Portales torcido en el derrumbe, es el día lluvioso con el rayo del relámpago que dispara contra un árbol y lo hace caer.

Y ahora parece que voy apurado por la calle pero de repente todo es como la película Memento y no descubro, no se donde va la cosa, solo se que estas veredas de pronto son planas, de pronto son adoquines parchados, de pronto tengo que atravesar y mirar a ambos lados. Entro a una tienda y pido un café, un poco de cafeína pero amortiguada. Mochaccino es la decisión final en un vaso plástico que me sigue y vamos de nuevo, para donde era la cosa, donde había que ir. Todo este momento es sólo un autoadhesivo en el refrigerador del tiempo.

El poema que se atraviesa en el día. La indiferente imagen del abandono. Lo que es y lo precario que es. Un poema de Idea Vilariño, un poema como un café tibio que se acaba. Un sueño en blanco y negro en donde los protagonistas se ven nebulosos, casi terroríficos, en donde las calaveras piensan ser las estrellas de esta noche, y la luna se perfuma y sale a pasear y todos estos entes sombríos, todas estas calles humedecidas. Un poema que hable de si mismo, un poema que hable de alguien que no se parece a mi, un poema que no hable, que no diga, que oculte y luego revele y luego te diga eso que justo tu no querías saber, pero lo lees y es una forma de traslado, un escalón en mal estado, la perfecta metamorfosis de Gregorio Samsa.

Me iré a Valparaíso, contigo o sin ti, mi amor. Tantos poemas, tantas palabras, tanta exploración en el precipicio. Y ahora parece que voy apurado por la calle. El poema que se atraviesa en el día.

Ahora parece que todo esta en silencio y puedo escribir ese poema inconcluso. Ahora parece que no hay nadie. Ahora parece que todo lo que vendrá esta escondido tras los matorrales. Escribo, y ese secreto invisible, ese desamor de invierno, ese salir a la calle sin rumbo fijo, ese frio que continua y no da pies atrás, la imagen de la femme como algo extraño que no entiendo y solo puedo ser hincha de un equipo de futbol de segunda división que pierde por goleada y el arbitro tiene que ver en todo esto y lo voy a increpar y se da vuelta y es una mujer klimtiana que me dice, que me grita y me dice: vete de mi, cuervo negro.

Escribo, y ese poema secreto queda entremedio de la gente que camina en la calle, en el paisaje, en la carretera, en la playa abandonada, y todo vuelve a ser el final de una película, y aparecen los créditos y una canción que la identifica. Vuelve todo a ser un día domingo, sin incendios en el barrio, sin bomberos muertos. Escribo, y esa idea invisible queda entremedio de las sábanas y es un fantasma que me acompaña. Bebo un café mochaccino que me ayuda a contrarrestar todo este frio alrededor. Pero se acaba. Vuelve el frio y nace el poema. No yo. No más yo.

jueves, julio 17, 2008

SI ME NECESITAS, LLÁMAME


Creo que nunca había hablado de Raymond Carver. ¿Qué se puede decir? Sería como entrometerse en la mesa de una familia que toma la once, a media tarde en invierno. Esos silencios meticulosos y comunes de la normalidad. Entrar en una caminata a la orilla de la nada, que es pasto, que es pileta. Todas las cosas adornadas como en un cuadro de Edward Hopper, como un iluminarse en el trayecto del sendero. La ceguera se anula y se recupera la vista de ciertas amarras al espejo. Yo es otro que está aquí y está allá.

Como si estuviéramos filmando una película de Eric Rohmer: Escena 1; “R” está acercándose a un pasaje y camina por una bajada a la playa. “A” está jugando con un gato. Al mismo tiempo, el sonido de los pies bajando el suelo arenoso, interrumpe el momento de cariño felino. Y “A” y “R” se miran mientras el polvo se levanta tras los talones. Escena 2; “A” está tomando té en el sillón. “R” está en el a la orilla del mar, dibujando con una varilla en la arena, la silueta de un gato.

Así es como transcurren los libros de Carver con sus títulos inexactos. Nombres como de discusión, o conversación de medianoche. ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?. Si me necesitas, llámame. Entonces, si acudimos a las Cuatro Estaciones de Rohmer podríamos sentir esa frescura que similarmente rescatamos de los cuentos y poemas de Carver. ¿Y que está haciendo toda esta gente? Está imitando el teatro de la realidad misma.

Milan Kundera en su libro La lentitud, habla de esa especie en extinción que acude al ocio de la epicúrea idea de abandonarse y carecer en pos de la nada por que no hay apuro. Yo leo en este momento ese libro, como un manual, aprendiendo los pasos para volver al transcurso cotidiano anulando las necesidades y por ende su prontitud. Casi una visión franciscana del desamparo que no es tal. Y es en este momento en donde me imagino en una narración de Carver, mientras los perros ladran y juegan al pillarse, mientras las voces de anoche desaparecen y aparecen, mientras miro por la ventana para saber si llueve, mientras la posibilidad de arruinar todo es mas cercana que perfeccionar todo, cuando la fractura, cuando el talón, cuando la escalera, cuando los ojos y el delirio y el precipicio de la cama. Y la lentitud sólo es parte de un florero que se rompe.

Hago aseo. Si me necesitas, llámame, pienso. Los primeros rayos del día comienzan a acariciar la espalda del que barre. Todo es parte de algo que ya pasó, recogiendo las colillas de cigarros que son la serpentina de un cumpleaños invisible, que descaradamente no se anuncia al llegar. El tiempo va pasando y no pregona su voracidad. Solo aparece en pequeños mensajes del día, cuando se caen los libros apilados, o cuando en la noche aparece esa mano que te toca el hombro, esa mano de algodón de azúcar que es sólo un sueño. Cuando barro, pienso que quizás sea bueno ser parte de algo distinto, un nuevo estratagema de la casualidad, ingresar a un club de bochas, o de ajedrecistas, ingresar a un club de abstemios imperfectos, quizás ser parte de una fundación pro defensa de la pesca artesanal y las gaviotas llegarían acercándose, contándome un secreto, que escribo al llegar a casa, y que pierde conexión con todo, y lo boto a la basura y luego lo barro con esta escoba que distribuye pequeñas perlitas de polvo que ingresan a esta escena que habla del secreto de las gaviotas. No, no mejor no. No quizás mejor que no. Yo debería estar hablando de Raymond Carver, de un libro que se llama Todos nosotros.

Aparto la vista de un poema de ese libro. Pienso en que hacer con ese nervio inquieto que tengo dentro del pecho. Pienso que debo lavar la ropa. Caerse de la escalera sería una excelente peripecia de amor al arte cuando has estado cerca de silbar tu canción favorita. Despertar mirando el techo, mientras el teléfono suena. Y no contesto.

domingo, junio 29, 2008

SUBIENDO UNA ESCALERA DE CARACOL


Conozco las escaleras de caracoles y su personalidad bauhaus. Vivo y comienzo un ascenso zigzagueante que logra iniciar una nueva aventura carcomida por la enseñanza sublime de la perdida y la escinsión. Esta nueva escena que recorro desde el despegue siniestro de cada mañana con los tibios alfileres de la lluvia. La montaña rusa del corazón.

Y toda esta proyección fragmentada no prescinde de sucesos de locura y caos, pesimismo sonámbulo y miradas a lo lejos. Tú sabes que he estado mirando los barcos llegar a tierra desde mi primer naufragio. Todas las noches soy parte de un cuadro de Escher en donde mi escalera tropieza con el designio del sobreviviente inconcluso, esa imagen disociada del espejo, ese verse ladeado, como en los espejos de los parques de diversiones. Obeso, malformado, curvo. Mi cabeza es entonces un panal de abejas y todo forma parte de un eterno ir y venir de bares imaginarios en donde los fantasmas son parte de la celebración y el desborde. Las bacanales se inician como si aparecieran subrayadas en los calendarios. Yo prefiero estar tendido en mi ataúd de sabanas rojas y flotar como flotan los volantines cortados.

De pronto, toda manilla de esta escalera viene a cuidar de mi catarsis y comienzo la mirada a los escalones, ese encuentro con la astilla del sueño perdido, ese polvo de amor barrido por el tiempo. ¿Dónde estas ahora, que el viento borró tus manos? ¿En las noches de luna imaginaria? ¿En una foto en donde los enmarcados van desapareciendo? Encuentro closets desvencijados, cajas musicales con bailarinas blanquecinas, tornillos y cassettes de tiempos de adelantar y retroceder: Francisco Bochaton, Holden, Luis Alberto Spinetta, Morrissey, John Coltrane, Buena Vista Social Club. Todo el soundtrack de una vida que tropieza en esta escalera hasta llegar al comienzo y quedar malherido y comenzar de nuevo limpiando el barro de los huesos. Miro hacia arriba y solo veo nubes, nubes con figuras extrañas y siniestras como la guarida de un animal que no existe, como el fatal sueño de Leopoldo María Panero. Subo nuevamente esta escalera y traslado cajas, cajas con libros que son como los amigos. Cuando están, todo entorno es más templado, más cerca del rayo verde. Tomo fotografías de este momento, encuadro con mis dedos y disparo. Nadie me mira, nadie esta atento a estas atenciones. Intento correr, subir esta escalera a gran velocidad, pero me canso y desisto y me siento en los escalones. Subo y subo gateando y dudando.

Y así se está, en la mitad de la escalera de caracol, o en un cité, o en la calle gritando hacia adentro, o en el Cerro Polanco, o arriba de las casas sujeto a las alfombras voladoras que son aves, que son qué. Bebo de una copa triste y tú sabes desde lejos que ya no suelo mirarme en los vidrios de los escaparates. Todo un mundo en la retina de los ojos.

Mientras subo este penúltimo peldaño, hacia un nuevo poema siniestro, hacia quien sabe donde, los perros ladran a sus amigos imaginarios. Miro un horizonte nebuloso, un atardecer que se oscurece. Entonces, desisto de subir. ¿De que forma negarse al abandono? Y caigo, caigo de espalda, como una adorno tibio que en el silencio de la noche busca entorpecer.

lunes, mayo 12, 2008

IRSE ES MORIR UN POCO


Desaparecer, marcharse, irse. “Decir adiós es crecer”, dice Gustavo Cerati en su canción Adiós. Pero crecer es imperecedero y fatal, bien lo saben la araucaria y las casas antiguas. Estirar ramas o maderos podrá ser una concreción hacia un absoluto inocuo, pero demacrante. ¿Por qué no despedirse hacia adentro? ¿Un infra adiós? ¿Una salida por la puerta trasera?

J.D. Salinger luego de escribir sus libros El guardián entre el centeno y Nueve cuentos decidió hacerse a un lado y desaparecer, ocultar sus formas, pero no sus letras. El precio no importa, lo que importa es la lejanía impuesta de forma aplicada, asumiendo la exacerbación llevada al límite, espantando a los visitantes con tiros de escopeta. ¿Y por qué despedirse? La obra, por sí sola, no responde a esta pregunta, y queda tendida en la hamaca de la historia, zigzagueando frente al viento de las bibliotecas. Juan Luis Martínez habla de la imagen velada del autor. La desaparición del poeta en pos del limpio aullido de la obra. Incluso escribe ese genial poema La desaparición de una familia como un instante de continua perpetuidad, en el cual el lector se somete a la fragmentación dubitativa, como un puzzle al cual se le pierden de a poco sus piezas, día tras día, haciendo que el paisaje cada vez sea una región en el mapa al cual le han quitado territorio. La desaparición será esta vez la despedida del autor que tacha su nombre con alevosía.

Y al mismo tiempo que planifico mi despedida, comienzo a escribir una novela: Adiós. Así se llama el libro que estoy escribiendo. Y claro, no sabía de la canción de Cerati hasta ayer, que la escucho de improviso. Pero finalmente no creo que termine este libro. En un continuo ir y venir de ideas, me he dejado llevar por el abandono. Y no es el abandono de un buque, sino que el abandono de un cuerpo, como un estado de sitio. Todo lo próximo de igual modo llegará, quién sabe. A veces, es bueno ser un alga a la orilla del mar y dejarse llevar por el oleaje de la vida. Recuerdo la obra de Tennessee Williams, Háblame como la lluvia, en donde la chica protagonista intenta irse, describiendo toda la vida que vendrá más adelante en el litoral, en la casita, con los libros, en esa otra vida que no acontece porque nadie sabe de ella. Al no saber, no se conoce y no se siente. ¿Quién me conoce? Las mismas personas que ya no me volverán a ver.

Decir adiós entonces es no acaecer, no suceder. A esta altura, todas las desapariciones son esperadas, como una llegada al revés. Ir retrocediendo, hacia atrás, caminando hacia atrás por la ciudad, subiendo las escaleras hacia atrás, entrando por la puerta hacia atrás, sentarse en la cama y dormir. Cerrar los ojos y no recordar ni añorar. Caer, sólo caer por la ventana, y despertar. Mirarse en el espejo y no verse. Ser invisible.

Es así como “no estar” será permanecer en otro sitio, otro estadio de existencia. Mejor no saber, no decir que se sabe, no decir que se sabe lo que no vale la pena decir. Mi novela, a esta altura, debe estar aburriéndose. Sus personajes, conversando entre ellos, después de verse a los ojos y desconfiar. De envidiarse y odiarse y nuevamente marcharse, irse, como quién se va. “Alguna vez, alguna vez tal vez, me iré sin quedarme, me iré como quien se va”, dice en un poema Alejandra Pizarnik, quien vuelve de vez en cuando con su verso otoñal. Luego llega el momento de las caricias y saludos previos antes de ser intangible. La puerta no se cerrará de golpe, sino que será cerrada levemente, con mucho cuidado, sin que nadie se dé cuenta. Es mejor tratar las cosas vacías con exceso de cuidado. Las cosas importantes, es mejor descuidarlas (¿Era así el consejo que leía Ghost Dog en la película El camino del samurai de Jim Jarmush?).

Decir adiós es desaparecer. Un abrazo de despedida será sombra de personaje en mi novela. Y el autor también desaparecerá, de improviso, fulminantemente. Dirá adiós, con un balbuceo tímido de domingo. Hasta que todo se oscurezca.

jueves, mayo 01, 2008

REENCONTRANDO A MAHFUD MASSÍS


Hace algunos años leí por primera vez algunos poemas del poeta chileno Mahfud Massis en su Antología (Editorial Dialit, 1990) que compré en un cajón de saldos. Este libro publicado en Venezuela (lugar de exilio del autor) fue mi acercamiento inicial del cual no guardaba fanáticas nostalgias. Si bien consideraba de gran calidad el corpus poético recopilado en su antología, no veía con grandes ojos enamoradizos los entretelones de la imaginación de Massis. Ahora, años después, me reencuentro con su obra luego de una visita que realicé a San José de Maipo, lugar en el que un amigo, el escritor Juan Pablo Yáñez Barrios (de abuelos gloriosos: Eduardo Barrios y Juan Emar), me obsequió el libro Elegía bajo la tierra (Ediciones Polémica, 1955), el que leí con premura después de bajar de la cordillera.

Pero antes de comenzar los 27 poemas de Elegía bajo la tierra, el poeta Massis escribe un prólogo (Palabras en el muro) en donde plantea su visión obsesa sobre el tema de la muerte, situándose este como leit motiv escritural: yo opto por el hecho poético cruento, que persiste en la memoria con la violencia de su impacto emotivo.

No queda duda, desde el primer poema, que la transfiguración a la que alude en el prólogo se adentra en una visión en que las imágenes se vuelven erráticas conciencias que transmutan. Poemas que sacuden el seso muerto de la nada y navegan como apariciones viscerales. Existe una mitología palpable dentro de cada acontecimiento que son estos poemas pensados como extractos independientes de una obra global. Cada poema es una historia sublime de funestos sucesos, disímiles estertores de una realidad de tibia calma espectral. Los factores de riesgo son la premisa en el esqueleto del poema.

Y está ese adjetivo: obscuro (como en “Los hombres obscuros” de Nicomedes Guzmán, otro libro obsequiado en la inminencia tangible de la niebla). Decenas de adjetivos de increíble destreza y maestría que sucumben en declaraciones elegíacas como: Estoy muerto, pero me crece la barba o Cómo amarte si estoy leproso, negro, desencajado. Toda esta sombría belleza fúnebre se traslada a sucesos en el cual la voz poética toma posición de hombre frente al mundo y sus aterradoras y afortunadas imprecisiones: Paseo mi espanto por la ciudad; el guardia del cementerio me reconoce, los vagabundos, los azules gusanos de la noche, los monos borrachos bajo la lluvia, pues soy el mamarracho sideral cargado de magnolias y plumas de gallo.

Esta obra bien podría ser la muestra de una visión subterránea conciente, desde su creación hasta su identidad visual, pero que también alista fuerzas hacia una búsqueda intrínseca de lo oscuro y quebrantado. Es así como se plantean estos poemas de mediados del siglo XX, como nuevos estratagemas de una poética inesperada que trasciende la voz, carcomiendo cada página de tibia imagen alucinada.

Conceptualizar un libro es un trabajo estoico que siempre recae en experiencias designadas por un pacto secreto con la palabra. Esta palabra que se inicia con la imagen a retratar y que se manifiesta en la obsesión del poema. De este modo nace un libro que se piensa con la ceguera final del descalabro y que se sitúa al medio de un puente zigzagueante.

Acercarse a la obra poética de Mahfud Massis siempre será entrar en un mundo aparte de sensaciones y delirios, nuevas formas de comprender el laberinto humano. Sus libros, de inédita riqueza, son difíciles de conseguir y, en la actualidad, se encuentran en condiciones dispersas entre bibliotecas y librerías de viejo. Su obra Leyendas del cristo negro (1963) es el gran trabajo que hizo de su destreza sublime una marca inigualable en la historia de la poesía chilena. Hoy, escribe elegías bajo la tierra.

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Para leer el libro, en:
http://www.memoriachilena.cl/mchilena01/temas/documento_detalle.asp?id=MC0017626

viernes, abril 18, 2008

EL SUEÑO DE LA RAZÓN PRODUCE MONSTRUOS


Puede ser que esta ilustración de Goya refleje ciertas nimiedades propias de este día que acontece en la ciudad. Un día nublado, como me imagino, es el actual clima en mi interior. Sentir, siempre será el enemigo del pensar, pienso (¿o siento?). Y quizás, el extravío de la razón produce caos. Perder la razón también nos podría llevar a ese estado maravilloso de la novedad placentera, al asombro virgen de la aventura.

Sólo los maravillosos viven cosas maravillosas, los demás ven casas, puertas, ventanas. En una conversación virtual, hablo de esto con mi amiga la poeta y músico Natalia Molina. Me cuenta de su decisión de dejarse llevar por la intuición y perder esa razón que nos limita. Y también me cuenta que estos seres en estado maravilloso podrían ser los beautiful loser de los que habla Leonard Cohen. Tarde o temprano uno se hace estas preguntas, sobre todo gente como nosotros que no paramos de pensar. El sueño de la razón produce otros sueños, millares de sensaciones parecidas al desconcierto, millares de lechuzas que pretenden atormentar ese estado perpetuo de sanación. No pensar sería una hazaña parecida al rescate de un suicida.

Entonces, si siguiéramos esas sugerencias de Goya, debiéramos pensar en evitar esos monstruos, contrayendo una alianza única con lo fortuito, con el secreto de los caminos sin recorrer. Transformarnos en ese vagabundo del dharma que no comulga con el patinaje de la planificación. Dejarse llevar, como hoja seca de lago, puede ser la vitamina esencial que espante esta enormidad que, necesaria y hermosa, no debe ser administrada en altas dosis fulminantes. El padecer ese sueño intenso, tampoco será la promesa oscura de los bosques. Una dulce osadía, será encontrar la sombra y acariciarla, como se acaricia un juguete de infancia.

Y mientras camino por la plaza de mi barrio, atardece. Este nublado día desea despedirse y todas las impresiones se detienen por un segundo. La imagen de Goya desaparece de a poco, como una foto polaroid. A esta altura, no se piensa ni se siente. Cierro los ojos y respiro. De pronto, soy el balancín solitario que se deja llevar por el viento.

miércoles, marzo 19, 2008

BRACEA


El exceso de carencia es de buena forma sobrellevado, sólidamente trabajado en el último libro de la poeta chilena Malú Urriola. Las fracciones ligadas al traslado fatal hacia un mundo de monstruosas situaciones son el gesto deforme de una obra transmutada. Los instantes se quedan como escenas de película rara, abriendo un zig zageo que adecuadamente se traslada hacia efímeras escenas de felicidad. La hermandad obligada y la inevitable privación de normalidad, cuaja de gran forma y se posa en imágenes inclinadas hacia oscuras fotografías.

La muerte sólo es un secreto y ya no es menester de algún sufrimiento. Conocer un amor de tres piernas, llevar una vida siamesa, tener dos madres y vivir una niñez de perros atropellados por trenes y tibios rasguños de alambre de púas sólo es parte de una vida sin inercia, asimétrica, casual.

La escritura de un diario de niñas limitadas y vivir de una vez por todas estos fríos momentos de desesperanza con la ternura de quien ve animales en las extrañas formas de las nubes. Las miradas se acercan poco a poco, y la escritura se transforma en un nuevo gesto, nuevas moralejas, disímiles mensajes que nos indican la dirección del viento, de la tarde, de la ciudad. Una vida fragmentada.

Y dando alcance a un mundo que quizás parezca irreal, es cuando el espejo de la realidad nos carcome el seño y encandila brillantemente, como una mirada de reojo, tras el hombro, que evita esta inevitable escalera rota, como una nota musical que desafina o cree desafinar. Las miradas de las voces de las niñas, las carreras de Tres Piernas a la par con el ferrocarril que extirpa, el mar que finalmente enarbola una hermandad que motiva frenar y observar hacia atrás, hacia leves remembranzas que fueron parte de la mímica cotidiana. Esta historia pictórica, esta dulce levedad del ser.

Entonces, esta obra que resguarda una historia gigante que avanza y se desangra de a poco, se transforma en un nadar de espaldas mirando el cielo, con esa paz del final inevitablemente, con el asumir, en el destello de la desaparición.

Malú Urriola exhibe en Bracea (LOM, 2007) un gran trabajo escritural que no conmuta con el poema que se ahoga en sí mismo. Es esta obra un laborioso libro de poesía que, como las pinturas de Balthus, entregan lo cotidiano en extrañas imágenes de transfiguración. La metamorfosis desarrollada a la par con la historia frágil del abandono. Ser parte de un instinto esencial, como el desarrollo de una emoción continua, que bracea, en todos los momentos de la huida.

domingo, marzo 09, 2008

COMO SI LA VIDA FUERA A DURAR PARA SIEMPRE


Los grabados de Loro Coirón llevan esta consigna y me hacen pensar en toda esta instancia porteña siempre viva y presente como paradoja de vida citadina. El puerto se arranca a otro estadio de significancia urbana. No es novedoso, quizás, indagar en la estética de los trolleys y las accidentadas formas de sus calles. Pero el acontecer es innegablemente distinto si miramos desde una apreciación cotidiana de filmoteca. La vida (lo pienso desde hace mucho tiempo) es una película. Una película que dura 80 años aproximadamente y que se divide en distintas escenas, buenas y malas, afortunadas y trágicas, que aparecen y desaparecen. La gracia, es que no hay guión. Se vive bajo nuestra responsabilidad, con el manejo del manubrio funambulista. Nada está escrito (no hay destino) y todo se basa en las circunstancias y coincidencias austerianas.

Y es esta ciudad diacrónica claramente una película, un work in progress eterno. Una novela antigua que habla de espejismos, bares y habitantes. Entonces, todo este film en blanco y negro se torna claroscuro y lleno de tenues sombras que acompañan el significado de las sinrazones. De las fatalidades, de las apariencias, de las estrellas fugaces. Y no disimular lo desencadenado pareciera ser la consigna inevitable, la consigna de vida que acontece sin pedir permiso porque ni siquiera tendremos el permiso de llevar a cabo alguna incidencia dentro de la casualidad.

Nos volvemos sólo una imagen que acontece, un suceso dentro de la realidad de ciudad, esta ciudad que no transa esas formas estilísticas de permanencia indeleble ante los demás. La vida como una película, como alguna escena ininterrumpida de pieza. Vamos a ver en qué termina todo esto, es una pregunta irresoluta que no vendrá con la respuesta en carteles, a mostrarme lo que vendrá, lo que no hubiera sucedido, lo que hubiera sucedido, los miedos, las añoranzas, la soledad, el amor, las compañías, el aburrimiento, las fantasías, el ocio, el caminar, el sueño, el andar en la luna, el eclipse, el desequilibrio y la película de pronto se detiene.

En este momento de escalinatas, cuando los próximos pasos se inician en un pasaje derruido, con vacilantes posibilidades de cuajar en las venideras instancias de desasosiego, es cuando vivo mejor que nunca y la próxima escena es la mejor noticia. El ascensor que sube al cielo. La calma ulterior del estremecimiento. La paz de un paseo sin razón, en Valparaíso.

domingo, marzo 02, 2008

ROZANDO EL IMPERIO DE LA LOCURA


Nunca he sido fanático de David Lynch, pero siempre termino viendo sus películas. Y casi siempre en el Cine Normandie, con los asientos que incomodan después de la media hora y la cinta que se desordena de vez en cuando. Pero bien, es el cine que me gusta, esa imperfección hace juego con mi imperfección.

Y entonces me involucro en esta nueva película de Lynch (Inland Empire) en la cual nuevamente nos adentramos en sueños que no son tales, ideas que no son tales, o viceversa. La protagonista (Laura Dern) hace del ceño fruncido la mueca de la vida y nos invita a conocer una película en donde transcurre otra película en donde esta chica, que es una actriz, obtiene el papel principal en un remake de una antigua película polaca en donde sus protagonistas son asesinados quedando su filmación inconclusa. Entonces, la actriz se transforma en su papel, en su rol, y comienza la pesadilla, las prostitutas, las calles, los hombres con cabeza de conejo, las escalinatas sombrías, los pasajes claroscuros, y nuevamente en esta chica que representa el cine de la vida. Porque si bien estos momentos son tortuosos y crípticos, casi injustos dentro de una perspectiva de equilibro, es una forma de sentir esta paranoia simple de ser parte de un film que sobrepasa nuestras fronteras de la realidad. Ser protagonista, productor, director y guionista de nuestro propio descalabro.

Vernos en los espejos es algo cotidiano que no carece de una aproximación mística lejana al ego, pero es lo más parecido a acercarnos a nuestra escena imperfecta que no adolece de simpatías por el demonio. La irrealidad a veces se apodera de nuestras situaciones, aproximándonos cada vez más a este albur perpetuo de sueños sin salida. Las escaleras ocultan astillas, la noche se hace mantel de preguntas, las veredas son lijas que raspan los zapatos.

En el cine, el espectador ve una película. No es normal que la película muestre al espectador viendo una película que muestra a una chica extraña que ve una película en donde ella es protagonista y en la que sólo acontecen ciertas locuras que llegan a la mente del espectador que originalmente está viendo esta película. Films de fantasías o no. Vida de fantasías o no. Seguir caminando en la noche Santiaguina, en esta nueva escena, atravesando la calle, como un espejismo que desaparece, sentir que el cine de la vida es sólo un accidente continuo que miras desde una perspectiva after shoulder. Los primeros planos te llegan como el sol molesto de una mañana de domingo.

Y esta película termina después de tres horas en el cine y claro, nada ha cambiado, pero ¿algo tendría que cambiar? Estás mirando una nueva escena en la calle esa con perspectiva triangular como cuando hacías dibujos en el cuaderno del colegio, con la regla que nunca tuvo un buen designio en el futuro. Los créditos nunca llegan, estás a la orilla de esta ciudad, sentado en los bandejones, en los puentes, mirando la luna y de pronto la cinta se desordena. Se apaga la luz. Estás en un nuevo sueño y despiertas. ¿Algo tendría que cambiar?

jueves, enero 17, 2008

DELIRIUM TREMENS


Leí Big Sur, la novela de Jack Kerouac hace dos años. Una novela que claramente está dividida en dos etapas. La primera, en la costa de Big Sur, donde el autor se auto impone una soledad en la cabaña que le facilita el poeta y librero Lawrence Ferlinghetti. Nuestro camarada se marcha a ese lugar para retirarse de la bohemia y de una vida de locura sin fin. Entonces nos llenamos de imágenes de bosques, naturaleza y mar. Nos hacemos amigos de los árboles y de las ratas pacíficas que se comen la comida. Pero en la mitad de esta novela Kerouac manda todo a la cresta y se vuelve al goce, a la adrenalina, al eterno carrete, y se mete nuevamente “en el camino”, ya no tan nocturno como en Los Subterráneos, sino que más de día. Días sin fin.

Y vuelve entonces el delirium tremens, ese que se apodera de los momentos idos, de la escasez, del abandono. Ese estado parecido a lo que padezco en este momento que escribo un millón de hormigas que van apareciendo como dentro de un orificio en la tierra. Aparece toda esta fácil locura que nos viene a mostrar la imagen ladeada de la realidad. El Ying de la permanencia clara y simple de no pertenecer al descalabro, o el Yang de una película en el que el guión es lo que menos tienes claro a esa altura de la noche. La situación de delirium tremens no tiene nada de estilístico ni de admiración. Más bien es una gran pelusa idiota dentro de un vaso de cerveza. El surf de una ola llamada noche que se apodera de todos los hechos, enseñándonos a nadar con obligación. Nos miramos – más tarde- en un espejo que se desangra por un costado.

Y existe nuevamente esa intención de normalidad y paz, pero luego todo eso que hacemos diariamente se transforma en un absurdo, la intención total no posee validez alguna, una roca es lo mismo que yo. Entonces, mejor dejamos todo tirado (como el protagonista de El Palacio de la Luna de Paul Auster), y esperamos nada y no nos aferramos a nada y olvidamos que somos alguien que puede olvidar.

Por un tiempo creí tener mi propio Big Sur en San José de Maipo. Y escribí un libro allí que vendría siendo una escapatoria musical dentro de un paisaje fantasma de sanación. Ser forastero de la naturaleza sirve para poseer, por un tiempo breve, un oasis imperfecto. Y escribir un libro vendría siendo esa hoja marchita que nace a los pies de las ligutrinas. Este libro se llama Los Paraderos Iniciales, y está a punto de publicarse como tal. Tener esa nueva publicación quizás sirva para reír como La Gioconda, seguir el tránsito puro de la existencia real. Quizás sea un nuevo pasaje desconocido, un cité con vitrales a punto de extinguirse, un nuevo caminar en madrugadas piadosas.

Hoy no hay ningún Big Sur. A esta hora de la tarde, los deseos son niños perdidos en callejones; escasas esperanzas que entran por la ventana como campanitas sonoras. A esta hora, el hombre que escribe estas letras comienza a dormirse de a poco. Todo se va alejando súbitamente, - las amistades, los árboles, el amor - como un taxi que desaparece en la carretera.