domingo, diciembre 23, 2007

SE ACERCA UN TEMBLOR

Estoy leyendo tranquilamente un libro, cuando comienza a temblar levemente, pero de forma duradera, creando esa tensa calma en donde no sabemos qué vendrá ahora. Toda la desesperanza del mundo, ninguna fe perdurable. Esperamos mirando un punto fijo la performance del terremoto o el final de una leve interrupción en nuestros objetivos momentáneos.

Y se detiene. Ya no está temblando y todo sigue su curso como una imprenta a mediodía. Pero queda la duda de los diarios temblores incisivos, “el enjambre” como suele referirse la experta de sismos de nuestro país. Será que algo se avecina y es esa inminencia insegura la que nos hace mirar de reojo cualquier movimiento extraño, en la cama, en el velador. El movimiento sin consentimiento propio que nos persigue desde niños.

Me queda la duda de tanta advertencia, de todas estas etapas que pueden ser una escalera hacia el vacío. Algo se viene, y es esta incertidumbre la que me queda rondando desde hace días. Toda la vorágine de fin de año, que condiciona la paz y la tranquilidad después de las fiestas. Luego, es la calma, esa que ya creo poseer después de saltar las vallas molestas del cotidiano cotejo. Y creo que ya todo ha pasado, que nada vendrá a mover el piso ni a juguetear con nuestro equilibrio, hasta el día de hoy, que tropiezo en el parque y me voy directo al suelo.

Una torcedura injusta de tobillo me deja inhabilitado por unos segundos, pudo haber sido peor. Pudo haber sido un porrazo y fue sólo un tropiezo. Pero un tropiezo desequilibrador, sin duda, que me vino a mostrar nuevamente la advertencia. Me sentía equilibrado, sin peligro alguno, cuando de pronto todo tembló, sin aviso ni respeto. Y quedé dañado levemente como un adorno que se triza, luego una nueva calma, no la tensa calma, la calma verdadera.
Supe que ese ya no era un aviso, ese era mi temblor personal, el que se avecinaba y me mostraba sus fauces. Ese temblor que me venía a decir: “ey, relájate, siempre tropezamos, siempre estamos dentro del temblor”. Supe que en el momento más simple, en que uno silba una canción adoptada en la panadería, en donde todo lo que miramos no tiene relieve ni es tridimensional, el momento pleno de la abstracción completa, siempre estamos acompañados de la torcedura. Es algo innegable que sucede así no más.

Habrá que cuidarse del tropiezo y la fractura, del terremoto social de las naciones, de los escombros, las astillas y las cosas que se nos vienen encima. Y relajarse, claro, cerrando los ojos mientras entra ese vientecito tibio por la ventana. Total, para qué preocuparse, si siempre estaremos expuestos a la conmoción, siempre tropezaremos, siempre estaremos dentro del temblor.

sábado, diciembre 08, 2007

UNA RUTA HISPÁNICA


Quod natura non dat, Salmantica non presta fue lo primero que leí acerca de la ciudad de Salamanca, al oeste de España, casi llegando a Portugal. Una ciudad apacible y pacífica, llena de catedrales y edificios medievales, con el río Tormes bordeándola.

Es la llegada de una visita ibérica conociendo la realidad de las bibliotecas hispánicas. Salamanca, ciudad universitaria, “arte y saber” es lo que encontramos como premisa iniciática. Estoy en la Plaza Mayor y un viejito con la insignia de la universidad me cuenta un poco de historia, un regalo hospitalario, recíproco. Las catedrales aparecen como gigantes en tropiezo, el río Tormes es una rotonda azul que recala en ciertos puentes, como el Romano. Esta noche toca Daniel Drexler en la facultad de Fonseca de la Universidad de Salamanca y tengo invitación. El músico uruguayo logra un espectáculo efectivo y es cómplice con el público. Buena música la del loco. Toca un tema llamado Peñalolén.

Y es así como voy transitando por la Biblioteca Torrente Ballester, la Biblioteca Pública en la Casa de las Conchas, y las bibliotecas de la Fundación Germán Sánchez Ruipérez, el proyecto macro de fomento lector más importante de España, anfitriones de mi pasantía.

A la vez, en Madrid se traspasan las barreras del animal político. Las personas son entes sonoros y móviles, posesos por naturaleza, como un tren que cambia de color y descarrila. Atrás quedan los edificios Schweppes, Fnac, Corte Inglés y los grandes monumentos. Atrás quedan las cervezas en Malasaña y Lavapies. Ahora en el Museo del Prado y en la Biblioteca Nacional, el frío avisa que llega el otoño, arrastrando afiches de Misia.

De pronto estoy en la Biblioteca de Catalunya, en Barcelona, y aparece otra muchedumbre en La Rambla, tan dibujable (si yo fuera un dibujante), tan destinada al Mediterráneo. El Barrio Gótico se angosta al pasar, y las bicicletas se estacionan afuera del Museo de Cera. Me voy yendo por el Parc de la Ciutadella en dirección a la Sagrada Familia. Cada vez estoy más cerca de lo desconocido.

Y luego de viajes y viajes en bus vuelvo a Salamanca, mi lugar de acopio, de venas y pertenencia. Me reconozco en la oscuridad de la Cueva de Salamanca y el Huerto de Calixto y Melibea. El Lazarillo de Tormes me saluda, desde la orilla del río. Me ubico en las esquinas medievales como un sueño imposible, una rareza desde los árboles. En la librería Víctor Jara, compro un libro de Leopoldo María Panero. Los paseos son imprescindibles, como decir: ¡hasta luego!

Ahora comienza el viaje de regreso a Chile, y todas las historias ibéricas se confunden y expanden como una ameba. La vuelta a Santiago de Chile y la vorágine propia. Escribo este paseo desde un último café, el último desayuno. La cosa se viene complicada, pienso a lo lejos: Ningún viento nos dirá buenas cosas que nos emocionen. Habrá que saber comprender las espaldas del azar. Y si vuelven las muchedumbres seré concreto invisible. A esta altura del tramo, sólo existe una certeza: lo que la naturaleza no da, Salamanca no lo presta.

jueves, octubre 25, 2007

LA FRACTURA Y EL AZAR

A partir de ciertos cameos de películas sin nombre, breves miradas inmiscuidas dentro de algún proyecto cinematográfico. Nunca una permanencia placentera en un contexto cámara. Asimismo, tropezando con cintas quebradas, es desde donde me percato de la fractura cotidiana dentro de nuestros días. Es desde esta perspectiva de fractura, desde un proceso final nunca perfecto, desde donde aparecen las perspectivas situacionales de las esquinas.

Lo accidentes benignos se manifiestan dentro de parámetros guiados a partir de un mero reflejo de plaza. El equilibrio funambulista es lejano. La felicidad, antes vista como una misión, es sólo una esquiva idea que no prevalece. Es standard dentro de un sistema be-bop.

Entonces las idas y venidas, tanteadas y ocurridas sin parar, parten desde un rotundo desequilibrio que a manera de imán, se pega a una superficie de vida. Siempre estaremos fracturados de algún modo, la idea es no dramatizar. Como no tiene solución, ya no es un problema.

Intercediendo entonces por esta visión accidentada, aparecen las novelas de Paul Auster, que conocen este juego del azar. Lo macabro y lo sublime. La insistencia por lo fortuito como la ola que no hay que esquivar.

Leyendo ahora Brooklyn Follies, pareciera que si miramos alrededor de nosotros, nos daremos cuenta que miles de miradas y situaciones que tienen un principio y un final, se manifiestan a saltos, a gritos, escondidas en los vagones de los metros. Muchas cosas sucediendo, historias mal escritas y fallidas.

Y también es cosa de aparecerse por la novela Triste, solitario y final de Osvaldo Soriano. Ciertas circunstancias que nos parecieran imposibles, ahí están, recordándonos la realidad y la eventualidad. Permanecen como la ropa en el closet, siendo parte de lo improbable. La fatalidad y la casualidad deslizándose por el tobogán del día a día. La historia que sucede, a tropiezos francos, escribiendo la misma historia que se narra, se recuerda y olvida.

Es así como, desde este azar delirante, desde la fractura indecible y genial, se logra percibir el comienzo de una situación de habitante, un hombre de la polis, más cercano a la no-preocupación responsable por delante de una preocupación irresponsable. Cercenar el límite de las metas por una infra utopía que perjudica ante los demás. Seguramente habrá que saber sanar las caídas desde la escalera. El azar, que súbitamente fractura, es la playa nublada de la vida.

miércoles, septiembre 05, 2007

PADECIENDO LAS COSAS DEL MUNDO

Estoy escribiendo nuevamente en mi barrio algo que tiene que ver con la lejanía, la cercanía de las cosas, los momentos y las personas. Y participo de eventos vinculados al patrimonio intangible de los barrios en permanente extinción, como los boliches que permanecen cerca de la neblina de los años. Vivo en un barrio del centro de Santiago, hacia el poniente, en donde confluyen el Barrio Brasil y el Barrio Yungay. También está el Barrio Concha y Toro y cerca, más allá, Matucana y la Quinta Normal. Podríamos nombrar a todo este sector como el Barrio Yungay, si queremos ser lacónicos, mas no precisos. Los cambios no se notan al traspasar ciertos límites ficticios de las calles, se vive de igual modo en todos los rincones de este sector de comienzos del siglo XX.

En este barrio, que es una provincia dentro del centro de Santiago de Chile, se vislumbran ciertos comportamientos de recuerdos, de nostalgias de otros tiempos, con lugares que podemos ver en fotografías color sepia. Y claro, con el peligro inminente de desaparecer.

Estoy entonces escribiendo en este barrio, un lugar de donde no me movería jamás. Y converso por correo electrónico con un amigo que vive en Europa y viaja por distintas latitudes que suelo imaginar en un mapa de educación básica. Estamos en dos frentes distintos: el que viaja, se mueve, se traslada para vivir, y el que transita, pero sólo dentro del radio que conlleva el sector de almacenes y saludos que podemos llamar “barrio”. Un habitante del mundo que no se mueve del mapa y otro que lo llena de alfileres cotidianos.

Ahora planifico un viaje “al exterior” hacia esas mismas tierras, y todos esos deseos aprendidos del viejo “On the road” de Jack Kerouac, vuelven a aparecer como nuestro rostro después de limpiar el espejo empañado. Todos hemos viajado, claro está. Lejos, cerca, pero todos en algún momento hemos visto la pila de árboles pasar rápidos desde la ventana de un bus o automóvil. Salir de un nido sin prisa y con maletas pesadas. Cerrar la puerta de un portazo.

Y es aquí cuando se piensa el lugar en donde estamos situados. Salir, disparado como un hombre bala, o quedarse y hacer como Lao Tse que escribió: “sin salir de mi casa, conozco el mundo”. Escribir dentro de un barrio, de una comuna, de una ciudad, de una región, de un país, de un continente, del planeta mismo, o “no ser” dentro de estas mismas denominaciones de subdivisión. ¿Desde dónde entonces (sin viajar o viajando, llegando o yéndose) se vive? ¿Estando, o no estando?

Son preguntas inconclusas y diversificadas, nunca muy listas en el sentido práctico de una decisión. Pero si se toma la bandera de una ciudad o cualquier sitio, es importante saber rescatar este vació del entorno, este lugar intrínseco en donde nos suceden las cosas. Abstraerse es sano, también se dirá, aunque este mismo entorno es el que nos permite sentir esa ausencia momentánea. Desde un computador, desde un cuarto de un edificio de un barrio de Santiago de Chile.

De este modo, viajar será siempre buscar un lugar en donde nos podamos sentar a pensar y sentir. Y extrañar quizás, el barrio ese en que nos perdimos por siempre, tratando de encontrar el callejón de los silbidos nocturnos, el grito a lo lejos con un nombre que no es tu nombre, el perro que te mira con el rostro ladeado. Viajar será sólo un peldaño de una escalera que sube y baja, mientras sigo a esta hora, citando un poema de e.e. cumming: “padeciendo las cosas del mundo”.

lunes, julio 30, 2007

DEJA QUE LOS PERROS LADREN

Hace unos días me dejé caer en la Antología de Obras Teatrales del dramaturgo chileno Sergio Vodanovic (RIL Editores, 2003). Palabras como preocupación ética, teatro realista, elemento social conllevan el prólogo que antecede a esta selección de obras. Adentrándome en ella, me interno en un título que me resulta familiar: Deja que los perros ladren.

Leyendo esta obra (estrenada el año 1959), no puedo dejar de pensar en lo actual del trasfondo de ella, sobretodo en lo que respecta a la crisis ética y moral de nuestras sociedades. Y no hablo desde una perspectiva conservadora ni mucho menos. Hablo de la coherencia con uno mismo, con los ideales y utopías que como personas nos vamos trazando a medida que pasan los años. El amor, la solidaridad, la comunicación, la justicia y la convivencia en sociedad son instancias igualmente transformadas en espejismos como lo podemos ver en nuestras calles citadinas, lugares de trabajo, periódicos. La obra transcurre en el Santiago de 1959, pero no se distancia de nuestra capital en este siglo XXI.

En Deja que los perros ladren el joven estudiante de derecho, Octavio, vive con sus padres, sin muchos sobresaltos. Podríamos decir que se trata de una familia de clase media “pujante”, término que actualmente conlleva una actitud de anhelos consumistas y materialistas con una premisa de vida pulcra y acomodada. Una vida en la cual no se piensa sin mucho esfuerzo letal, sólo se surge por antonomasia.

El protagonista de la obra es el padre de Octavio, Esteban, un respetable funcionario de gobierno (abogado) cuyo entorno entra en crisis cuando su jefe y antiguo compañero de universidad (actualmente ministro) le pide que cierre un diario de oposición. En su calidad de director de Salubridad Social, Esteban es conminado a producir un informe falso acerca de las condiciones higiénicas de los talleres de este periódico, tarea que finalmente acepta ante la amenaza de perder su trabajo. Esteban sufre por esto. Es más, es una decisión que lo atormenta.

A partir de este momento, palabras como “corrupción” se nos vienen fácilmente a la mente. Pero no es sólo eso. Esteban no desea realizar esta misión, y no necesita ni cree en los favores concedidos ni en los premios posteriores. Está tranquilo en su casa y lo vienen a molestar. Pero claro, resulta tan tajante su decisión de no tranzar su ética, que se vuelve un personaje peligroso para la sociedad y el gobierno, alguien al que hay que enseñarle como se hacen las cosas. Una persona tonta, que no sabe aprovechar las oportunidades. Y claro, se angustia, bebe, se desahoga contándole todo “a medias” a su mujer, pero claro, ella intuye y termina por saber todo.

Entonces comienza la disyuntiva de “qué es el bien y el mal”, si es hacer lo que conviene hacer o lo que creemos que es lo mejor. Si es dejarnos arrastrar por el “dale, si nadie se va a dar cuenta” o por la idiota actitud enjuiciada del “llevado a sus ideas”. En este caso, ideas claras de estabilidad emocional. Porque diariamente estamos inmersos en estas situaciones en donde conviene o no conviene tranzar nuestros valores, e incluso, ideales. Y casi siempre todo esto está ligado al dinero, al poder, las ansias de ser “alguien”, de obtener más. A estas alturas, pienso, no hay que demostrarle nada a nadie. Es a nuestros adentros donde va la cosa, la búsqueda prístina de sanación.

En el segundo acto de la obra, dos años después, Esteban ha mejorado considerablemente su estatus económico y está a punto de unirse al Ministro en un negocio truculento. Y su hijo Octavio, seducido por el poder del dinero y decepcionado con la debilidad de la ley (que cercanas aparecen estas premisas), ha abandonado sus estudios de derecho para convertirse en secretario del Ministro. Esto último convence a Esteban de volver a sus principios de siempre y denunciar a su jefe. Octavio, a trastadillas, se une a esta causa, ya que siempre estuvo buscando algo por qué batallar (¿Ves, mamá? ¿Y yo que estaba pidiendo una causa por la que luchar?). Y es ahora en donde todo se viene encima, ya que la fuerza de la ley recaerá en Esteban que ha sido denunciado por el ministro. Esta justicia que castigará los delitos de Esteban, un mal hombre para la sociedad. ¿Un mal hombre para la sociedad?

Al final de la obra, Esteban convence a su hijo de que no conteste el teléfono (a la familia le aqueja un sinnúmero de llamadas telefónicas hostiles, que acusan a nuestro protagonista como un corrupto). Claro, todo se ha dado vuelta, y nosotros, lectores o público de la obra en escena, nos damos cuenta de que todo esto es tan familiar, tan cercano, tan injusto, que nos irrita. Pero a la vez nos avergüenza, nos da cosquillas, nos hace sudar. Y es allí donde radica la fuerza de la dramaturgia de Sergio Vodanovic, en ese tratamiento social de la utopías perdidas, de las tradiciones tranzadas, de las ansias eternas de poder, de la tambaleante ética personal que a veces son evaluadas como simples ideas llevadas por el viento. No, no todo es tan fácil, y esta obra nos deja ese cuestionamiento. No nos vamos felices por el parque recordando sonrisas cómicas o parlamentos fútiles. Hay algo que nos dice que en nuestra cama pensaremos en nuestro diario entorno como algo importante, pero sin duda, pensaremos en algo que debemos recordar: la dignidad y los principios en esta ladeada sociedad enferma.

Finalmente, ante las llamadas burlescas, incisivas y violentas, Esteban le dice a su hijo: No Octavio, déjalos. Es necesario que nos ladren los perros. Eso nos estimulará. ¡Que ladren! ¡Que sigan ladrando! Es señal de que avanzamos. (Esteban, con Carmen y Octavio a ambos lados, miran el teléfono, que sigue sonando, con expresión de angustiado júbilo.)

Sergio Vodanovic (1926-2001) nos ilumina los sueños perdidos con la fuerza y energía del espejo diario. No hay novedad en la fuerza de la ambición. Pero en el teatro, esta flecha en el hombro, nos entrega un nuevo ímpetu para vivir.
Publicada en: www.escaner.cl

lunes, julio 02, 2007

CLAUDIO GIACONI, ETC.

Recuerdo que fue en el Cité Jofré, en donde se lanzó el libro Etc. (La Calabaza del Diablo, 2006) en donde conocí, o más bien estuve en presencia de Claudio Giaconi. En este lugar el autor se presentó ya bastante deteriorado de salud y mi primera impresión fue la de estar frente a un escritor de culto e invisible, que venía a presentar un libro totalmente visible, lleno de fotografías de poses naturales y otras no tanto, pero que dejaban entrever el talante de quién conoce de cerca las máquinas de escribir. Se sabía fotogénico, de ahí la precisión. Y bueno, yo sólo conocía La difícil juventud, que luego obtuve en una edición de coleccionistas (Editorial Orbe, impresa en Talleres Gráficos de Encuadernadora Hispano-Suiza, Ltda., 1958), a un precio módico, en la feria de antigüedades de la calle Estado.

Ese día, en el Cité Jofré, me enteraría de que había fallecido el poeta Gonzalo Millán, lamentable noticia que vino a frenar mi vista, posándola en un asiento, en silencio. Y es ahora que también leo de la muerte de Giaconi cuando recuerdo todo esto. Temo y observo con extrañez zoológica mi cercanía a las elegías, pero sé también que estoy hablando de un autor que, por esquivo y lejano, diseñó su obra con literatura pura y sustancial, sin arreboles de manidas formas y contexto. Si bien su obra más conocida es un conjunto de cuentos, en su último libro y regalo para los lectores, Etc., nos encontramos con 10 poemas (sólo 10 poemas) que, intercalados con las fotos antes mencionadas, nos hablan de instancias frescas, poemas directos, sin vericuetos, la verdad misma, la mentira misma. Es elegante el mencionar en sus poemas.

Aquel día, ya provisto de un ejemplar de Etc., me acerqué a él en actitud “groupie” y le pedí que firmara mi ejemplar. Giaconi, con un movimiento lento, que para mí fue un siglo, en donde cada vuelta, cada paso detallado del movimiento de cabeza hasta llegar a mi persona, fueron días, meses, años de espera, de viajes, de historias, de múltiples coincidencias y azares. Giaconi me miró y preguntó como me llamaba. Al decirle mi nombre, con delicadeza y dificultad anciana escribió una frase en aquel libro: “Para Raúl Hernández, etc. Claudio Giaconi”.

Ese “etc.”, es la continuidad lóbrega de quien ahora, en este minuto, pasa al claro destino de la posteridad. La muerte de Claudio Giaconi es ahora un nuevo etcétera de obras trascendentales en el catastro literario chileno. La difícil juventud ya se ha ido. Los grandes escritores ocultos, los invisibles, sólo viven una segunda desaparición.
Publicada en www.escaner.cl

viernes, junio 01, 2007

DE UN LIBRO DE LECTURA PARA HABITANTES DE CIUDADES

Así reza el poema de Bertolt Brecht: Sepárate de tus compañeros en la terminal. / Entra a la ciudad de mañana, con la chaqueta abrochada, / busca alojamiento, y si tu compañero golpea la puerta: / no le abras, de ningún modo; / es más: ¡Borra toda huella! Raro consejo este, al comienzo del poema De un libro de lectura para habitantes de ciudades que finalmente nos reclama a gritos eso que le fue enseñado al autor, el mismo poema oculto.

Del libro 80 poemas y canciones (traducción y selección de Jorge Hacker, Editorial Adriana Hidalgo, Argentina, 1999) podemos extraer remembranzas bizarras de hechos no siempre auscultados como una muchacha ahogada en un lago, un personaje que recuerda a partir de una dedicatoria y una chica que denuncia un asesinato infantil. Entonces, el autor aquí maniobra la punta del lápiz hacia una dirección fría y concreta en donde entrega un mensaje tan claro como una seña desde las dunas. La realidad vista de forma suspicaz, nihilista y conmovedora. Regalos sin pedir, en donde se trama el despertar de un autor de poesía. Los tripulantes de estos poemas siempre nos vienen a decir algo que quizás no queríamos escuchar, quizás olvidar, obviar de nuestra cotidianeidad mezquina y sustancial. En eso, se nos entrega detalladamente el prontuario macabro de La Infanticida Marie Farrar, humor negro, visión monstruosa de lo cotidiano.

Balada de los aventureros, Recuerdos sentimentales ante una dedicatoria y El comunista teatral (“cansado del trabajo / de su padre / ensucia los bares / y detrás de los diarios / sonríe peligrosamente”) son poemas entrañables, que se le agradecen a este dramaturgo que no olvidó que el poema iba también escondido dentro de los bolsillos de sus pantalones, entremedio de todos los papeles. La muchacha ahogada, de expresionismo puro, es un fatal desenlace de un romanticismo identificable, nos señala otra noticia fortuita que no sabíamos nuestra.

Y es así como llegamos al poema Viajábamos en un coche cómodo: “Viajábamos en un coche / cómodo por una ruta lluviosa. / Y vimos a un hombre harapiento cuando ya caía la noche. / Con profundas reverencias nos hacia señas de llevarlo. / A nosotros nos esperaba un techo y teníamos lugar y pasamos de largo. / Y oímos cómo yo decía con un tono amargo: no, no podemos llevar a nadie. / Mucho más adelante, quizá a un día de marcha, / repentinamente me asusté de esa voz mía, / de aquel comportamiento mío y de todo / este mundo”.

Los poemas escritos por Bertolt Brecht emocionan, perturban e inquietan, como una letra en urgencia de comienzo del siglo XX, que se escribe con creatividad de vagabundo y la señera esperanza de entregar mirra e incienso al exterior. 80 poemas y canciones es una labor de rescate y traducción de primordial trascendencia, no sólo para el investigador teatral, sino que para cualquier lector desprevenido que tropieza de pronto con un espejo deformante.

Publicada en www.escaner.cl

martes, mayo 01, 2007

LA CIUDAD, EL TEATRO Y LA PESTE

Esta es una ciudad enferma, de eso estoy seguro. Hay cierta peste escabrosa que asombrosamente funciona como prisma teatral. ¿De dónde viene esta apreciación? Comparar el proceso de la peste con la gestación del teatro puede parecer una locura, pero es Antonin Artaud quien hace el acercamiento. La locura, en este caso, es un bien preciado. Si consideramos los difíciles escenarios protagonizados por ese “acontecimiento” llamado peste, no escatimamos esfuerzos en nuestra cotidianeidad insana.

Y es así como hay veces que el transcurso cotidiano sólo tiene el rostro de la monotonía. Y hay veces que este día se vuelve natural, como una espina de pescado. Sacar esa ropa sucia y lavarla, es más sensato que desenterrar el desempeño laboral. Y que nos trae la sorpresa; trabajos y trabajos, y una conversación nocturna en familia. Como una conversación de un vendedor viajero. Esas conversaciones previas al arribo nocturno desde las escaleras. Las calles, sabemos, son esqueletos desde los satélites.

Mañana en la mañana se terminará la paz, y llegará la peste, y es el escenario que se transpone a nuestra realidad, se contrapone, se inmiscuye como una grotesca broma macabra. Aparece el gesto como la continuidad de la fatalidad, el instante infra expresionista que socava en las paredes del cuerpo, el sonoro silencio de un grito.

Ante esta aparición, Antonin Artaud nos convoca al nacimiento de un engendro espectacular, una fruta negra con que saciar la teatralidad. Artaud nos invita a reflejarnos en el desenlace fatal de nuestra existencia.

Esta teoría del teatro y la peste que se explica en el libro “El teatro y su doble”, se nos entrega como material de estudio de los fenómenos crueles y absurdos, pero también nos acerca hacia la locura, esa fútil sensación de absorber un maleficio incontrolable, perpetuo y único como una peste maligna, que no nos deja en paz hasta el evento del teatro: El flagelo, la ruina, la infelicidad y destrucción, como la mueca de una ciudad.

Publicada en www.escaner.cl

miércoles, febrero 28, 2007

EL DIETARIO DE PERE GIMFERRER

Puede parecer una instancia especial el hecho de acontecer a partir de distintos estímulos como pueden ser la literatura, la música, la danza, la filosofía, el teatro, el cine, el rock and roll. En este libro Dietario, del barcelonés Pere Gimferrer (Seix Barral, 1984), suceden estas distracciones.

Como una exposición de pinturas vamos conociendo distintos cuadros que son breves crónicas u opiniones que van siendo vinculadas por el hilo de la visión del autor. Pero qué es lo que pasa aquí. Pasan datos, anécdotas, historias de revistas y magazines. Pero también noticias domésticas, del barrio, del señor de la otra vez.

Gimferrer es un escritor de culto y oculto, disciplinado ensayista, poeta y narrador. Sus libros no son tan fácil de conseguir sepa moya por qué, pero goza de un subterráneo reconocimiento. Y en este libro que agrupa distintas notas breves de los años 80 se goza leyendo instantes memorables, compartiendo los últimos años de Goya y sus dibujos bizarros, la temprana muerte de John Keats, los detalles de la vida de Isadora Duncan junto al suicidio de Sergei Esenin. La misteriosa vida y muerte del Conde de Lautréamont.

Y claro, como Gimferrer es un escritor de bajo perfil, no oculta sus deseos de abandono hablando acerca de la “gran renuncia” que se puede ver reflejada en la no aceptación de un cargo, o en el alejamiento de los centros. La periferia como opción y crítica, la gran renuncia que provoca rechazo y un silencioso aprecio. De esta forma, este Dietario no es una simple reedición de artículos o crónicas, y ni siquiera su europeizante acento socava en la lejanía del lector con los temas a conversar, sino que vamos adentrándonos fácilmente en datos históricos, pasando por fotografías de Marilyn Monroe, la estadía de Tolstoi en París o las visiones de Hölderlin ya loco y visceral adoptando el nombre de Scardanelli. La desconocida vida de pulidor de cristales de Spinoza, las Confesiones de San Agustín, todo en breves notas, aproximaciones, un acercarse por la puerta para mirar hacia adentro y salir y marcharse sin mucha prisa. Observaciones pausadas, siempre ocultando al personaje principal del tema y “soltándolo” casi al final.

Es una forma de conversar esta escritura de Dietario. Una gran conversación con Pere Gimferrrer, quien tiene tema para rato y es buen escritor, sin gritar mucho.
Publicado en www.escaner.cl

lunes, febrero 05, 2007

EL INCENDIO DE VALPARAÍSO

Un día antes del incendio

Día del incendio

Estoy en Valparaíso y ocurre un incendio. Un incendio grande, imponente, “horripilante” (ocupando un adjetivo que suele utilizar el diario La Estrella). Pero previo a ello, las postales porteñas sólo decían: como si la vida fuera a durar para siempre. Luego del incendio y de las conversaciones en las escaleras, volvería el diario vivir.

Pero no es posible -pienso- aceptar este tipo de calamidades. Uno sabe que pasará, que luego se olvidará, que las personas no serán recordadas y una nueva ratonera de concreto permanecerá inerte, o luego será aprovechada por algún “emporio” Santa Líder. Todo esto en pleno casco histórico, nombrado patrimonio de la humanidad.

Debe existir un plan de emergencia, como los países orientales con los terremotos. Una ciudad fatal, incendiada por años como Valparaíso, debiera tener un plan de urgencia, un extintor en cada casa. Pero claro, algunas personas apenas tienen para comer y van a tener extintor, me dice el caballero propietario de la residencial. Y es que es verdad, aquí en el puerto se ven polaridades, pero no tanto como en Santiago. Es decir: las personas en el puerto son pobres, o no tan pobres. Y los que tienen plata, invitan. El socio pescador de Donde Pancho lo dice con sus historias de barrios bravos.

Entonces, mientras subo por el ascensor El Peral (no voy a subir por el ascensor Turri que subió su valor a $500) veo el humo de los edificios, post-incendio y pienso o debo pensar en esto como una negligencia, un incendio injusto como sólo saben ser injustos los incendios. Ahora, desde los balcones, a un costado de la Plaza Echaurren, una gran mancha negra se posa en el plan.

Pero esta mancha hay que lavarla. Lavarla con las personas del puerto, que saben ser vecinos, amigos, compadres, caseras, compinches. En donde las cosas son como son, no se ocultan en eufemismos siúticos o labia doble standard. Y quizás es ese “no ocultar las cosas” lo que hace de Valparaíso una ciudad única y auténtica, en donde los habitantes saben querer lo suyo. De ahí la tristeza de este incendio.

Y es así como la nostalgia a veces vuelve, mientras permanezco en el Café Riquet, el mejor café de Chile (porque es el mejor, no tiene que parecerlo), imaginando la antigua estancia del escritor porteño Carlos León, que bien sabía ocupar este espacio como inspiración retratista hacia las personas comunes y corrientes de esta ciudad. En este café, el silencio es amistad, la leve música que arranca de una radio, (¿será un tango, un bolero?), la luz tenue entrando por las ventanas.

De este modo la vida sigue en el puerto. Otro incendio más, que se suma a tantas otras catástrofes que han sucedido y que tarde o temprano son fechas recordatorias de un pasado sin olvidar. Hay que levantarse, de todos modos.

Entonces me pregunto por qué los perros y los gatos acá conviven tan bien. Por qué siempre encuentro este libro en las cunetas porteñas: Aunque tal vez no haya cuchillos, de Pablo Azocar. A estas alturas, una caña de vino sería la mejor noticia. Porque todo lo demás, verdaderamente, no lo sé. No lo sé.

viernes, enero 19, 2007

EL ARTE DE ENSEÑAR A ESCRIBIR

El destacado escritor mexicano Mario Bellatin (autor de: Flores, Salón de belleza y Lecciones para una liebre muerta, entre otros libros) es el gestor de la pregunta aquí en cuestión: ¿se puede iniciar, educar, formar a una persona, para ser un escritor? En definitiva: ¿se puede enseñar a escribir? Bellatin nos dice que no, no es posible enseñar a escribir.

Con esta premisa, y aunque suene contradictorio, ha creado la EDDE (Escuela dinámica de escritores) y junto a un sinfín de “maestros” (así los llaman) que vienen de distintas áreas artísticas, ha creado una escuela que se dispone a recibir a inminentes escritores emergentes o a dubitativos proyectos de escritores, iniciando la instancia de aprender, pero sin comentar los propios escritos, esos que ansiosos todo quieren mostrar. Escuchar y salir estallando por las ventanas. No, aquí se viene a conocer de fotografía, teatro, pintura, escultura, música…y literatura. Pero sin mostrar tu obra. Aprenderás la lucidez de lo variado. La luz entrando por la ventana.

Entonces, visitamos este libro llamado: El arte de enseñar a escribir publicado por el Fondo de Cultura Económica en donde Bellatin nos entrega un libro que si bien no cumple con una estructura definible, cumple con el objetivo de enseñarnos a leer bien, inclusive la malla curricular, para escribir.

Un arte difícil, complejo y sobretodo de intuiciones, es el valor que sin duda nos desean mostrar en este libro (y en la EDDE). Una forma, una muestra de lo que se puede enseñar. El afán de mantener el oficio, aun temiendo definir antojadizamente, obtener la savia nueva de la vieja.

Es así como de pronto se forma una escuela de escritores. Llegar a escribir tu clase del día, tu vida en un cuaderno. Vamos a ver, eso sí, como funcionarán los que “reprueben” la carrera.

Al mismo tiempo, y bien abocado a no explicar fórmulas ni premisas de renombre, leemos en el libro Entre paréntesis (publicado por Anagrama y “armado” por Ignacio Echevarría), a Roberto Bolaño. Claro, honesto, irónico, vamos conociendo una voz de autor pero a la vez una voz escritural que nos va dando señales de la labor y el oficio real de un escritor. Sin muchas parafernalias, dedicarse a leer.

Escribir finalmente debiera ser algo sencillo como soplar la ceniza de un incienso, pero contundente, y solo feliz, como un ferrocarril. El reflejo de un libro en el espejo de la verdad. Una escritura leyendo, al mismo tiempo.