domingo, diciembre 23, 2007

SE ACERCA UN TEMBLOR

Estoy leyendo tranquilamente un libro, cuando comienza a temblar levemente, pero de forma duradera, creando esa tensa calma en donde no sabemos qué vendrá ahora. Toda la desesperanza del mundo, ninguna fe perdurable. Esperamos mirando un punto fijo la performance del terremoto o el final de una leve interrupción en nuestros objetivos momentáneos.

Y se detiene. Ya no está temblando y todo sigue su curso como una imprenta a mediodía. Pero queda la duda de los diarios temblores incisivos, “el enjambre” como suele referirse la experta de sismos de nuestro país. Será que algo se avecina y es esa inminencia insegura la que nos hace mirar de reojo cualquier movimiento extraño, en la cama, en el velador. El movimiento sin consentimiento propio que nos persigue desde niños.

Me queda la duda de tanta advertencia, de todas estas etapas que pueden ser una escalera hacia el vacío. Algo se viene, y es esta incertidumbre la que me queda rondando desde hace días. Toda la vorágine de fin de año, que condiciona la paz y la tranquilidad después de las fiestas. Luego, es la calma, esa que ya creo poseer después de saltar las vallas molestas del cotidiano cotejo. Y creo que ya todo ha pasado, que nada vendrá a mover el piso ni a juguetear con nuestro equilibrio, hasta el día de hoy, que tropiezo en el parque y me voy directo al suelo.

Una torcedura injusta de tobillo me deja inhabilitado por unos segundos, pudo haber sido peor. Pudo haber sido un porrazo y fue sólo un tropiezo. Pero un tropiezo desequilibrador, sin duda, que me vino a mostrar nuevamente la advertencia. Me sentía equilibrado, sin peligro alguno, cuando de pronto todo tembló, sin aviso ni respeto. Y quedé dañado levemente como un adorno que se triza, luego una nueva calma, no la tensa calma, la calma verdadera.
Supe que ese ya no era un aviso, ese era mi temblor personal, el que se avecinaba y me mostraba sus fauces. Ese temblor que me venía a decir: “ey, relájate, siempre tropezamos, siempre estamos dentro del temblor”. Supe que en el momento más simple, en que uno silba una canción adoptada en la panadería, en donde todo lo que miramos no tiene relieve ni es tridimensional, el momento pleno de la abstracción completa, siempre estamos acompañados de la torcedura. Es algo innegable que sucede así no más.

Habrá que cuidarse del tropiezo y la fractura, del terremoto social de las naciones, de los escombros, las astillas y las cosas que se nos vienen encima. Y relajarse, claro, cerrando los ojos mientras entra ese vientecito tibio por la ventana. Total, para qué preocuparse, si siempre estaremos expuestos a la conmoción, siempre tropezaremos, siempre estaremos dentro del temblor.

sábado, diciembre 08, 2007

UNA RUTA HISPÁNICA


Quod natura non dat, Salmantica non presta fue lo primero que leí acerca de la ciudad de Salamanca, al oeste de España, casi llegando a Portugal. Una ciudad apacible y pacífica, llena de catedrales y edificios medievales, con el río Tormes bordeándola.

Es la llegada de una visita ibérica conociendo la realidad de las bibliotecas hispánicas. Salamanca, ciudad universitaria, “arte y saber” es lo que encontramos como premisa iniciática. Estoy en la Plaza Mayor y un viejito con la insignia de la universidad me cuenta un poco de historia, un regalo hospitalario, recíproco. Las catedrales aparecen como gigantes en tropiezo, el río Tormes es una rotonda azul que recala en ciertos puentes, como el Romano. Esta noche toca Daniel Drexler en la facultad de Fonseca de la Universidad de Salamanca y tengo invitación. El músico uruguayo logra un espectáculo efectivo y es cómplice con el público. Buena música la del loco. Toca un tema llamado Peñalolén.

Y es así como voy transitando por la Biblioteca Torrente Ballester, la Biblioteca Pública en la Casa de las Conchas, y las bibliotecas de la Fundación Germán Sánchez Ruipérez, el proyecto macro de fomento lector más importante de España, anfitriones de mi pasantía.

A la vez, en Madrid se traspasan las barreras del animal político. Las personas son entes sonoros y móviles, posesos por naturaleza, como un tren que cambia de color y descarrila. Atrás quedan los edificios Schweppes, Fnac, Corte Inglés y los grandes monumentos. Atrás quedan las cervezas en Malasaña y Lavapies. Ahora en el Museo del Prado y en la Biblioteca Nacional, el frío avisa que llega el otoño, arrastrando afiches de Misia.

De pronto estoy en la Biblioteca de Catalunya, en Barcelona, y aparece otra muchedumbre en La Rambla, tan dibujable (si yo fuera un dibujante), tan destinada al Mediterráneo. El Barrio Gótico se angosta al pasar, y las bicicletas se estacionan afuera del Museo de Cera. Me voy yendo por el Parc de la Ciutadella en dirección a la Sagrada Familia. Cada vez estoy más cerca de lo desconocido.

Y luego de viajes y viajes en bus vuelvo a Salamanca, mi lugar de acopio, de venas y pertenencia. Me reconozco en la oscuridad de la Cueva de Salamanca y el Huerto de Calixto y Melibea. El Lazarillo de Tormes me saluda, desde la orilla del río. Me ubico en las esquinas medievales como un sueño imposible, una rareza desde los árboles. En la librería Víctor Jara, compro un libro de Leopoldo María Panero. Los paseos son imprescindibles, como decir: ¡hasta luego!

Ahora comienza el viaje de regreso a Chile, y todas las historias ibéricas se confunden y expanden como una ameba. La vuelta a Santiago de Chile y la vorágine propia. Escribo este paseo desde un último café, el último desayuno. La cosa se viene complicada, pienso a lo lejos: Ningún viento nos dirá buenas cosas que nos emocionen. Habrá que saber comprender las espaldas del azar. Y si vuelven las muchedumbres seré concreto invisible. A esta altura del tramo, sólo existe una certeza: lo que la naturaleza no da, Salamanca no lo presta.