lunes, noviembre 27, 2006

APROXIMACIÓN A THE CARETAKER DE HAROLD PINTER



Un vagabundo acogido por un tipo realmente extraño, sobrio. Este vagabundo vicioso, claramente inmoral. El cuidador de una casa inexistente con una familia inexistente. Eso pienso, mientras me tomo un café “amargo”, en una tarde amarga.

La obra de Harold Pinter, El Cuidador, ha sido montada por estos días en el Centro Cultural Matucana 100. Una obra con tos, con sonido de pieza. Eso, por lo menos en el guión y en el montaje original. En este caso, la dirección de Pete Brooks apuesta por la combinación de una proyección cinematográfica de la obra actuada, con la actuación misma, en vivo, casi encajada, modulada, errática. Y música de fondo, que llega volando como Jackson Pollock colgando del techo. Tensa y fugaz.

Pero El Cuidador es más (o menos) que eso. En palabras del autor: “Ingresé en una habitación y observé que había una persona parada y otra sentada, y, algunas semanas después, escribí The Room. Entré en otra habitación y vi que había dos personas sentadas, y, algunos años después, escribí The Birthday Party. Mas tarde observé por una puerta una tercera habitación; había dos personas paradas y entonces escribí The Caretaker”

The Caretaker es una conversación de pieza, como esas tan bien logradas por cineastas franceses como Robert Bresson en “Pickpocket” y Jean-Luc Godard en “Le petit soldat”. Y entonces está el maldito vagabundo, está el maldito personaje irónico, (Mick) sarcástico, a más no poder (él no está contando un chiste, por lo demás). Mientras Davies es un vagabundo desconfiado, inhala una desconfianza del entorno, pero desea sacar provecho de cualquier situación. Él tiene ese clara y tibia personalidad del monstruo nocturno, el que se mimetiza.

Y está el pragmático personaje de Aston que permanece indeleble tratando de reparar una tostadora, tratando de reparar la vida, en un carpe diem. Es prolijo, como un estudiante de la armada, y silencioso y fútil como un reloj.

¿Y qué está sucediendo? Sucede que Aston ha ayudado al vagabundo (Saez, en la versión chilena) y se debaten en un ir y venir ante la insidia burlona del hermano (Mick). No hay un fin en todo esto. Nosotros somos los culpables, los que nos interesamos por lo que nos sucede ciegamente. Dice Pinter: “Comienzo con gente que se involucra en una situación particular. Ciertamente no escribo partiendo de una idea abstracta. Tampoco reconocería un símbolo si lo viese. Por ejemplo no noté nada extraño en The Caretaker (El cuidador), y no entiendo por qué tanta gente considera esta obra en la forma en que lo hace. A mí me parece una obra teatral muy directa y simple.”

En “El Cuidador” (Compañía Teatro La Luciérnaga) podemos destacar la actuación clara, honesta y pulcra de Hugo Medina, en el papel del vagabundo Saez, que ha perdido sus “papeles” en embusteras aventuras por Colina. Necesita unos zapatos, “unos zapatos, mister”. Se emborracha en la esquina y grita en sus quebradizos sueños de galpón. Quizás es el actor que menos nos incita a pensar que está actuando. Se vuelve personaje puro, invisible a la conciencia.

Y de pronto esa gotera que no ha dejado de sonar, esos zapatos insulsos, los papeles perdidos: todo se vuelve una espera, una pregunta. Saez / Davies, debe marcharse: “Quiero explicarle algo…Esos zapatos…esos zapatos que usted me dio…me dan un resultado bárbaro…son muy buenos. Tal vez yo podría…ir a… (Aston sigue callado en la ventana, dándole la espalda a Davies.) Oiga…Si yo…fuese allá…Si yo…consiguiera mis papeles…Usted…Usted… ¿Me permitiría?...Si usted…Si yo fuera allá… ¿si fuera allá y consiguiera mis…?

(Largo silencio.)

martes, octubre 24, 2006

SEUDÓNIMOS DE LA MUERTE



Me entero de la muerte de Millán, como un mal trago de ron. Estoy en un cité y me dicen que ha muerto. Si bien ya sabía de su enfermedad terminal, un pasaje oscuro se apodera de mi estómago. Esta tarde sólo puede rimar con el frío viento de la lluvia.

Y entonces recuerdo. Me inscribí al taller de poesía que Gonzalo Millán impartía en la Corporación Cultural Balmaceda 1215 en el año 2000. Un taller de percepciones y más bien lúdico, de donde surge posteriormente la antología: “Los Hijos del Robot”, publicada por el mismo taller. Luego de la lectura final, los talleristas y el poeta asistiríamos a un bar del Barrio Matucana, muy cerca de la Quinta Normal. Éramos tan jóvenes y era bueno preguntar.

Luego, al año siguiente, comenzaría mi “capacitación” con él. Me inscribo al taller que imparte en el Centro Cultural de España y me hago alumno por dos años consecutivos (2001 y 2002). En este taller supe aprender dos cosas claras: el “asunto” de la autocrítica y la cita, como cuestión de enseñanza. El diccionario, los poetas objetivistas. Pude aprender de obsesiones “millanescas” como las pinturas de Edward Hopper, los dibujos automáticos que hacía mientras hablaba por teléfono y detalles, por qué no: conversaciones de metro entre las estaciones Salvador y Santa Lucía. Recuerdo el consejo de evitar la “exaltación de lo sórdido de forma gratuita”. Así, tal cual; como risas del día de la presentación del taller en el teatro, hablando de la “muñeca endemoniada” y de las “burbujas en los ojos”. Citas, autocitas. Alucinaciones varias.

Luego lo entrevisto con un par de amigos en el Café del Patio, de Providencia. Una entrevista que queda para siempre destinada a permanecer inédita y que entremedio de mis carpetas está atenta a lo que ha pasado, húmeda de tinta, escrita en una Olivetti Lettera 35. Citas, recuerdos, añoranzas, millones de datos; pero no esos datos dados al son de bulla y gritos. No, conversaciones de humo de cigarros, tenues, con neblina, casi invernal por antonomasia.

También recibo un gesto indefinible de parte de él, cuando asiste al homenaje organizado por Balmaceda 1215 al poeta Ramiro Hassan, fallecido el año 2002 y alumno de Millán (y amigo de quién suscribe), en donde realiza una intervención recordando al poeta joven y su particular personalidad. Millán siempre me habló del poema de Ramiro, en donde hablaba del “Necronauta”, quien baja a las profundidades del abismo y que sólo sigue anclado al recuerdo de un amigo.

Después, lo veo en pocas oportunidades: en el lanzamiento de “Claroscuro”, en una recepción de un encuentro internacional, en donde creo conversé por última vez con él. Hablamos de poemas breves, de “ex – alumnos”, de no preocuparse por publicar de forma desesperada, según me aconsejaba.

Y ahora, que me dicen que ha fallecido, siento que una parte de mi “formación” como poeta, un engranaje de base ante el oficio ya tomado como profesión, un tiempo de aprendizaje y enseñanza blanca y pura, se ha desvanecido. Desaparece el poeta Millán después de despedirse en el metro Salvador. Esa noche claroscura, en donde dice: Yo me voy por acá, adiós, que te vaya bien. Yo me voy por acá, adiós, que te vaya bien.

martes, octubre 10, 2006

POESÍA SURFER



"No preguntes desde cuando estoy dentro del agua" nos pareciera decir el poeta Víctor López (Curacaví, Chile. 1982) en su primer libro: “Los Surfistas” (Ediciones VOX, Argentina) recién publicado.

Formado en los míticos talleres literarios de la Corporación Cultural Balmaceda 1215, el autor de este libro no sólo sabe correr olas, sino que prioriza el sutil trabajo de la pluma ondulante, dentro del mar literario de las letras latinoamericanas.

Ahora bien. Ser un surfista –pero de verdad, no de los que llegan y se van con el verano– supone desafiar olas de día y de noche, como el poeta que se larga del bar con sus cuadernos maltrechos bajo el brazo, que son la tabla del aprendizaje, la espera de la ola en el paradero de micros.El poeta es aquí un “soulsurfer” de la vieja escuela. Un sabio de orilla que inhala el fresco del poema en el balneario del desasosiego.

Y llegando a la ciudad, encontramos entonces un libro de instancias efímeras y momentos entrañables. Pequeñas historias en el anecdotario de gaviotas, señales claras de un litoral que a lo lejos desaparece.

Esta publicación premiada con el primer lugar en el Concurso Hispanoamericano de Poesía Revista Amigos de lo Ajeno / revista VOX / Álbum del universo bacterial (2005), es la playa juvenil de un verano que recién comienza, en donde el autor encera su tabla con delicado oficio. Ese oficio puro que se desliza, sobre la ola gigante de un surfista.

lunes, septiembre 04, 2006

ACERCA DE UN POEMA DE JOAQUÍN GIANUZZI



Estoy en el centro de Santiago, vengo saliendo del bar “Olímpico”. Ya cerca de La Moneda me encuentro con una persona que, terno y corbata, se tambalea apoyada al metal del Ceda el paso. Esta persona me pide ayuda, me pregunta si lo puedo acompañar para atravesar la calle. Me doy cuenta que es discapacitado…no sé si medio ciego o con problemas en sus piernas. Pero realmente necesita la ayuda y me dice que solo cometió el error de tomarse unas “copas de más”.

Entonces, comienzo la etapa de ayuda, tomo su brazo y lo pongo en mi cuello y lentamente lo acompaño a atravesar la calle. Lentamente comienzo a caminar, pero cometo el error de guiar el paseo, cuando lo correcto (me doy cuenta después…mucho después) es solo acompañar y no conducir.

De pronto comienza a tambalear el cuerpo del transeúnte nocturno, siento el temor de todo su cuerpo hacia una resbalosa caída. Y propongo el estiramiento de las virtudes elásticas de los músculos, intento la fuerza correcta, la intrínseca y seca potencia de los momentos difíciles. Volvemos al camino y luego de una paciente y zen enseñanza, logramos la meta, llegando lentamente hacia el nublado destino de la otra vereda. Me despido dejando al “señor de las copas de más” en la senda de lo improbable.

Luego me preguntaría si lo que hice habrá servido de algo, sabiendo que el hombre tendría que llegar a su casa, fuera donde fuera, viviera donde viviera. Lo único claro fueron las caras de las señoras cuicas que nos miraron al pasar como si fuéramos un par de borrachos decadentes perdidos en la noche. Quizás lo éramos. O quizás solo éramos sombra de edificio.
De un momento a otro volvía al tránsito lunar del trasnoche citadino, volvía un poema olvidado de Joquín Gianuzzi, que ahora llegaba provisto de una presencia de faro, un poema “funambulista” por excelencia:

Instrucciones para ayudar a un ciego
No apriete el brazo, imponga
con un lenguaje frío
un código universal de referencia.
Una leve presión sobre la manga izquierda.
Marche a la par, al paso de la carne natural:
su conciencia
no se pierde en la noche de nadie
y está allí, espesa como un bulto.
No conduzca, acompañe.
No olvide que toda sombra soporta su propia dignidad.
Algo tiene que ver el amor en todo esto
y por alguna razón estamos aquí
cruzando la calle:
aunque prosiga usted su camino privado
y el ciego en la ambigüedad
de sus secretas dimensiones.

martes, agosto 01, 2006

VOCES DE BARES, VOCES DE CAFÉ


Donde nos juntamos a taladrar la tarde con ladridos secos y pequeñas voces. En donde supimos que después de arrancar por las escaleras de las sombras que dicen conocerte, vendría un tibio invierno, con saludos al otro lado de la carretera. Es en la ciudad o en el puerto, el café o el bar. Las avenidas siempre son las mismas esquinas juntas al camino.

Los escritores: Carlos León, vivió su literatura en Valparaíso; Jorge Teillier, en su morada irreal. Este último hacendado en diversos bares santiaguinos ya con historias y lejos de las nuevas construcciones voraces. Nueva York 11, “La Unión Chica”. Acá podemos oler la existencia del comentario transpuesto por cañas placenteras dentro de fotografías que dicen que ese día era invierno, que había que andar con bufanda, con abrigos, con chaquetones. Ese día también helaba en el puerto, en el “Café Riquet”. A esa misma hora el escritor porteño de “Sueldo Vital” anotaba con su pluma la descripción exacta del personaje habitual de los pasajes, ese que no se ve desde los balcones. En esa misma tarde, el humo del café omnipresente y soberbio enviaba mensajes hacia el negro obtuso de la caña de vino.

Y si supiéramos a qué hora estaba la vuelta a casa, a qué hora estaban los martillos sonoros de la persistencia, escribiendo una “lectura”, ya no sólo una escritura, conoceríamos el lugar que abastece la pluma, insidiosa ante una servilleta, humedeciendo de rastros líricos solo distinguibles a la ética del garzón. Una forma de recordar y abastecer el cuerpo de la somnolencia con detalles claros del que sabe mirar, abstraer, conversar, callar. Es esta literatura de conversaciones, esta escritura clara de memoria y absoluto silencio, escrita en bares y cafés.

Entonces, de pronto estamos ante dos voces literarias que rescatan el barrio, la tradición y los ejes centrales de la memoria. Estamos ante una voz de bar, que simula gestos olvidados, evita el fiasco del delito, pero cumple con las costumbres del grupo de muchachos que no cesan de batir los dados; la voz del café: medida, austera, dedicada tibia, pero totalmente fuerte, a la labor estibadora del oficio narrativo. El hombre de la conversación, el hombre de las citas y los recuerdos.

No sabremos nunca de las visiones ásperas de la muerte: solo sabremos que en un bar llamado “Teillier”, o en un café llamado “Carlos León”, podríamos señalar con un dedo el transeúnte desprevenido que atraviesa corriendo las calles, el vendedor de periódicos que pregona catástrofes, el bandido indiscreto, envalentonado y cobarde ante el asedio de los victimarios, o en definitiva, el ciudadano común y corriente, como bien lo retratan estos autores que desde las vitrinas de las librerías han dejado descansar sus libros, esculpidos en estos mesones.

domingo, julio 02, 2006

RESTAURANT CHILE DE JOSÉ ÁNGEL CUEVAS


“Seguir junto al Mapocho
pensando en un programa de vida”.


Existe un momento en que llevamos el libro peligroso dentro de los bolsillos de la chaqueta, paseando por las plazas de invierno, seco de boca y nublado. Nos adentramos a un Restaurant Chile que da el detalle de la boleta del bar. Los alcohólicos bajan riendo desde las escaleras, una nueva luna se asemeja a los focos de los automóviles.

Incrustado dentro de especiales de radio y rock de viejos crack que saben venir al tiempo de los goles y las noticias. Este vaivén sonoro de los megáfonos democráticos financieros, no nos gusta. Vamos corriendo por las delgadas barandas del entusiasmo matutino.

El ex poeta entonces fuma en el bar con una malta morenita en los comedores, un calendario de Valparaíso, las antiguas carreras de la locura. Todos estamos cruzando la Alameda a las 3 de la mañana, “nadie está tan solo como para no tener siempre a sus grandes amigos”.Los perros, a nosotros, no nos ladran. Hablan del camino, de lo que viene más allá. Son compadres de la fuente de soda, del pool y los basureros. Amigos del trasnoche quieto y simultáneo. Un silbido desde afuera de la casa.

Y nos vamos sintiendo parte del boliche jugando un partido de rayuela imaginaria en una plaza de San Miguel, “Oye, no le hagas caso al Paseo Ahumada ni al Burger Inn, Muchacho, ¡Olvídate!” Abrazando el vaso de vino para irse a soñar siluetas fácilmente olvidables y que luego serán repeticiones de lo que antes habíamos vivido.

Pero en el Restaurant Chile a esta hora lavan los vasos de la buena suerte, abren las puertas al mediodía semi soleado que nos hace ver esos múltiples puntitos de polvo. Este es el día en donde el libro se posa sobre la barra, y se lee con miradas sucesivas. Todas esas caricias nocturnas y pasajeras, todas esas conversaciones con “gente que sabe tomar”, mientras sabemos que por sobre todo en este restaurant, la sonrisa de un tiempo perdido viene a decirnos: “Me acordé de ustedes, mientras bebía sólo en mi pieza”.

En este Restaurant Chile, la antología poética de José Ángel Cuevas (La Calabaza del Diablo, 2005), se sale raudo por la puerta trasera, dejando esa propina mísera pero digna, después de las cañas conversadas a media voz con los compañeros de ruta, los buenos deseos entre amigos verdaderos, los paseos solitarios de los viejos barrios de inminente desaparición y las conversaciones periódicas por los callejones, que son a esta hora un poema perdido, en esta ciudad Paz-Froimovich.

martes, junio 06, 2006

FRANCISCO COPELLO (Junio, 2006)


Murió Copello, lo leo en la prensa. Por lo menos aparece en la prensa. Hay una muerte corporal, sobre todo de cuerpo. Mucho se podría decir de su trayectoria en el body-art y en la performance. Es de esperar que muchas líneas se llenen a partir de su historia. Murió Copello, lo leo en la prensa.

En el año 2001 vi a Francisco Copello en el MNBA lanzando un libro (“Fotografía de Performance”, Ocho Libros Editores), hablando con los asistentes, comentando un documental que se mostraba (que mostraba) a “los Copellos”, las imágenes, los rostros. Telas, pinturas, grabados, estética muscular, travestismo kitsh, poética de la pasión. Ubicaba a este muchacho que salió disparado de Chile atravesando el paso de cebra de la década de los sesenta. Lo vimos (no lo vimos) trabajar en Nueva York con Andy Warhol, explorar nuevas armas en la danza, merodear las posibilidades del arte corporal. Y cómo hacía de esto un leit motiv, un teatro del monólogo visual, desde una felicidad de tiza nueva, hasta la tristeza fútil del televisor en llamas. Iba trasladando la sutileza acuosa de la sonrisa atroz hasta balancearla en un carro del supermercado de las muecas.

Él y su otro yo. Tiempo después, recuerdo haber asistido a una de sus últimas performances en un encuentro llamado “Deformes”. Una casa antigua del Barrio Brasil recibiría una avalancha de propuestas escénicas. De pronto, toda la multitud se apoderaría de los espacios para ver a Copello apropiarse del flameo de una bandera chilena que actuaba como si quisiera ser la estrella, pero ni siquiera la estrella de la bandera intentó tal osadía. La estrella simplemente era Copello con sus desgarradores gritos hacia adentro, sus pantomímicas poses, las variadas formas musculares de sus extremidades. Era la transformación de las sombras cadavéricas, la sonoridad muda hecha trizas, los colores multiplicados para hacerse invisible. Una ferocidad gestual de auténtico felino.

Ahora, luego de enterarme de su muerte, releo su libro en el cual registra lo más puntual de su historial artístico. Un personaje que nació entregando la naturaleza de los animales feroces, la seriedad del grito escalofriante. Y me pregunto si el cuerpo como lenguaje puede asistir a esta escena diaria de temporalidades, adaptadas a un terror nocturno de simples caricaturas hermosas. Me pregunto si los saludos desde las ventanas son un hecho concreto de ese lenguaje gestual cotidiano, esa prepotencia de lo tierno, la espesura sutil que contenía el virus asesino de Francisco Copello, artista de excepción en el país de las egolatrías, que en paz descansa.

miércoles, mayo 03, 2006

NIEVE, O EL ARTE DEL FUNAMBULISMO


“Hay dos clases de personas. Los que viven, juegan y mueren.
Y los que se mantienen en equilibrio en la arista de la vida.
Los actores. Y los funámbulos.”

Maxence Fermine “Nieve”


¿De dónde viene este drama? Vamos cabalgando por la acera de la persistencia sin un céntimo para completo, mañana viene el sueldo, sé que esto es un error. La duda de saber que esta pregunta de que todo nuevamente viene a ser una duda tiene la solución de demoler los dientes de la muchedumbre. No me importa la contaminación ambiental. No me importa el último deseo de los vendedores de privilegios. Se camina invisiblemente, dando empujones de barro, soñando las sábanas ajenas.

¿De dónde viene este drama? Tú me preguntas acerca de lo poco trascendental de esto. Yo te digo: es eso lo que quería evitar. Conversamos del aseo del departamento, no hay cera, esta noche pienso volar mi televisor. Y están los cuestionamientos cuando, sobre todo, nunca habría que dudar en este momento en que las zapatillas embarradas se transforman en puré rancio, caspa molida, seca sed de abril.

Las pocas palabras es lo necesario. Acá no se lamenta esa contradicción. No es necesario que el vaso de vino esté rebosante con la sangre a destajo. Esa burla es demasiada costumbre. Las pocas palabras son la imagen obesa, el límite de la oralidad, el compromiso con el respeto a la nada, la resta de las ideas aleatorias, la burla de la decadencia, la carencia hecha dignidad, la pobreza de lo inconmensurable.

Y es así como trato de nivelar el paseo oscuro del funambulismo, utilizando la nieve como capa seductora que reciclo, una alarma que interrumpe el sueño de los flojos, la pericia hecha riesgo simultáneo, breve, sagaz. Tu mirada reflejada en el espejo retrovisor. Las palabras negándose a sí mismo, sin placer. Con el asco aprendido de las comidas obligadas, de la cena fatal. Esta acrobacia de estar carraspeando las noches sonoras del diálogo níveo. Fría soledad acompañada. Fría costumbre de la nada.

Entonces, el destino es un vidrio quebrado amenazando una piel perfumada, solo esta inútil arrogancia. Caminando por los barrios en donde sabes que los ratones son menos peligrosos que las sombras afiladas. Buscando la luz del boliche a lo lejos. Escuchando la banda sonora de tu vida. Las canciones que desaparecen.

Debes caer, esa es la razón de toda esta desidia, debes caer y tratar de silbar al viento desde el trapecio afiebrado. Debes colocar la reja de púas, arrancar de cuajo la duda fútil. No leer a existencialistas. No jugar con los gatos. Debes arrastrarte como saco de papas en el desfiladero y no lamentarte de las estrellas que te pinchan los ojos. Debes saber que la nieve caerá sobre tus sueños de arena. Caerás desde la soga blanca, de bruces al pavimento.
Y sangrar. Pero no de heladas molestias. Arrancando sutilmente los floripondios del jardín, inhalando la baba de los caracoles, manchando la ropa limpia desde hace tiempo, señalando con un dedo el lugar en donde creías estar. Hablando para que nadie pregunte cosas. Callando para que todos escuchen la tetera.

De esta forma, el arte de estar en equilibro eterno, se hace una señal de manos a lo lejos. No habrá nieve en las ventanas. No habrá una caja musical dentro del closet. No habrá señales de abrigo cuando en el instante de tu caída recuerdes ese hayku olvidado, ese hilo fino de la fatalidad, que en lo más oscuro del sueño, te amarra a escribir.

lunes, marzo 27, 2006

UNA NUEVA CIUDAD PUNK (Abril, 2006)










“Punk, Punk
war, war. Der Krieg, Der Krieg
bailecito color obispo
la libertad pechitos al aire”

Carmen Berenguer, “Santiago Punk”


“Un pseudo punkito, con el acento finito
quiere hacerse el chico malo
tuerce la boca, se arregla el pelito…”

Luca Prodan, “La Rubia Tarada


Santiago está en el 2006. Nuevamente las calles se alargan como una sonrisa de mentira y nuestros pasos no son nada más que simples palmadas al concreto que van a alcanzar el pasaje sin salida. Esta ciudad se sitúa en un hoyo de cruces dadas vueltas que no son satánicas, esta ciudad se sitúa en un hoyo de concreto en donde, sin duda, llegará alguien a decir que esta ciudad se sitúa en un instante inseguro, tras las montañas, en los edificios, en las faldas pedrovaldivianas, en las catedrales cosmopolitas, en los televisores nuevos cargados con su caja de cartón en taxi, en el dvd, en el jamón del supermercado.

Santiago se escapa de Santiago, pero no todo es Santiago, no toda la ciudad es Santiago. Está Santiago África, está Santiago Miami, está Santiago Chernobyl, está Santiago Sao Paulo, está Santiago Bronx. No toda la ciudad, ni siquiera una pizca momentánea de cada rutina es literaria. Nada es literario. La biblioteca es Internet. El diario es Condorito.

Y estoy parado en la Alameda para atravesar la avenida y estoy mirando tus ojos a lo lejos y estoy jurándome a mí mismo no ser el que tropieza con la piedra de la locura y estoy mintiéndole a los niños, a los viejos, a los autos cuando hago como que atravieso en rojo. Estoy en la Alameda alarmado de los gritos sucios de fin de marzo, cuando aparecen los chicos punk arreglados tal como aparecen en una postal que tengo de Londres. “Muy punk”, recuerdo una canción de La Polla Records.

Estos chicos me piden una moneda: “piden pan, no le dan, piden queso le dan hueso”. O también me ofrecen una florecita rockera hecha de papel. Pienso: “que bien le aplican al origami”. Pero así como así, estos punks no son los de antes. No sé por qué me tinca que algo de escasez de discurso hay en sus atuendos.

Siendo adolescente, comencé a escuchar mucho punk. Iba a la Universidad de Santiago los viernes en la tarde a intercambiar casetes de The Clash, Fiskales Ad-Hok, Los Miserables, etc. Existía un programa de radio de esta universidad (que luego fue censurado) llamado “Proyecto R”, un hito en lo que respecta a la difusión del punk, hardcore y post-punk. Ahí, en los pastos de esta universidad, de mano en mano se daban a conocer los casetes de grupos como Santiago Rebelde y La Floripondio. Se prestaban fanzines fotocopiados, se hablaba de todo y nada, pero había un discurso, una anarkía pensada, un: “Te lo digo porque esto se fundamenta así”.

Si bien todo era anarkía, esta anarkía era estudiada y por sobre todo leída. Si pensamos en Sid Vicius, el bajista de los Sex Pistols, era un anarquista sin mucho plumaje, no había mucho que debatir en su: “uh, uh”, estilo Beavis & Butt-Head. Pero estaban personajes como Jello Biafra, un chico contestatario, sin duda (si no, leer el poema: “Conformista Cagón”) quien lideraba el grupo Dead Kennedys y que posteriormente invitaría a William Burroughs a recitar en sus tocatas.

Es bien sabido que muchos de los punks callejeros de ahora están muy lejos de ser unos “estudiosos de la anarquía” o “rebeldes con fundamento”. Hace un tiempo en Santiago en la Avenida Vicuña Mackenna con Carlos Valdovinos existía una casa Okupa llamada “La Marraqueta” (esto, debido a que antes fue una panadería). Aquí se realizaban fanzines, tocatas, charlas, encuentros de poesía, danza, teatro, granjas de perros, conversaciones con el vecindario, murales idealistas, etc., etc. Si bien, a veces el copete mandaba todo al tacho de la basura, había un ideal que movía esta marraqueta para todos lados…..hasta que llegaron los pacos con una máquina tractora y demolieron todo hasta que no quedó nada. Claro, al frente se instalaría un instituto INACAP, y por supuesto que no convenía, no le iba bien al negocio de la educación chilena, esto de una casa de punks al frente de una casa de estudios.

Entonces, en este Santiago 2006, cuando vuelvo del trabajo que me sostiene dentro de este sistema lleno de obesidades mórbidas, cuando me tropiezo con la acera deforme por tanto golpe de vagabundo, cuando estoy saliendo de mi casa bañadito, con caña, directo nuevamente al trabajo, me dan ganas de conversar con los punks que se colocan afuera de las bencineras cuando te piden una moneda para un Ron Silver y no les das y te miran con cara de odio repulsivo. A estos chicos que a veces aparecen en la tele, metidos en peleas, en robos, en asaltos, a estos chicos que se empujan en la salida del metro y que pasan a llevar las paredes con los clavos de sus pulseras, a estos chicos que se van de sus casas ya que “no hay futuro” y que luego cuando están solos sueltan lágrimas de Escudo, yo les diría: ¡El punk no ha muerto, muchachos! Eso sí, a veces se siente demasiado podrido.

PRÓLOGO DE BIBLIOTECA (Marzo, 2006)

Leo un prólogo de Charles Bukowski del libro “Pregúntale al Polvo” de John Fante. En él habla de cómo, escudriñando en una biblioteca añosa, logra encontrar un libro que lo hace saltar como gato en un brasero. Había descubierto a Fante luego de tardes y tardes en que su mejor amigo (o amiga) habían sido esas repisas, esos lomos, esas páginas abiertas con las hormiguitas que luego se apoderaban del reflejo de aquel ojo alcohólico y funesto.

Este prólogo lo leo en la Biblioteca de Santiago. La nueva biblioteca de Santiago. Más grande que la cresta, un elefante de concreto. Llego sudando (obvio, escribo en verano o lo que queda de…) y bueno, la mochila al casillero.

Ahora estoy adentro. ¿Es esto una biblioteca? me pregunto. Veo niños, adultos, ancianos, rebeldes, simpáticos, gigantes, enanos, morenos, albinos, con bicicleta, a pie, mojados, secos, llegando a la biblioteca, cerca de computadores con Internet gratis para todos los usuarios (computadores pantalla plana, lindos) y secciones varias para todos los gustos.
Hay una sección, “+ 18” en donde puedes encontrar material dedicado a los fanáticos de la literatura erótica. Está casi toda la colección “La sonrisa vertical” de Tusquets, cómic, revistas, etc. Es importante asistir a esta sala evadiendo susceptibilidades. Luego no todo tendrá que ver con sexo.

Hay secciones infantiles abarrotadas de niños que se mimetizan con sus superhéroes que llevan en el brazo. Un niño con un cómic de Batman y un libro de Baudelaire (“Charly” le dice el niño cuando le pregunto por qué lo lleva y me dice: “porque me gusta la poesía”). Para no creerlo. Y bueno, mucho también de Potter, Narnia, Anillos, etc. Bien para enganchar a los próximos genios o asesinos en serie.

Es importante rescatar la sección de Literatura. Muy buenos libros, todos estos contemporáneos que aparecen siempre en la “Revista del Libro” del diario “El Mercurio” o en la revista argentina “Ñ” (Kureishi, Coetzee, Houellebecq, Don De Lillo, Mc Ewan), toda la fanaticada tras Bolaño, nuestro amigo Bukowski, y como no: El Código Da Vinci. Mucho que rescatar: Javier Cercas, Witold Gombrowicz, Paul Auster, Jodorowsky, etc. Y en cuanto a poesía….bien, pero abandonadita, con sus pocos fans (no los nerudianos), como novias sutiles que alguna vez fueron bellas y que ahora a los cuarenta años y con una adicción incontenible al tabaco y al ron no pueden llegar al baño sin rasmillarse el codo. ¡Poesía, poesía! hay que gritar, como en la feria.

De todos modos, muchas más cosas que conocer; prensa, revistas, novedades, temas específicos, todo con sillones cómodos, mesas, sillas, con el permiso de beber bebidas gaseosas, terrazas, etc. Un nuevo concepto en biblioteca.

Ahora me llevo la Obra Completa del escritor porteño Carlos León, recordando el prólogo de Bukowski a Fante, encontrando la narrativa del café placentero, escribiendo un prólogo de biblioteca.

martes, febrero 28, 2006

DOLCE FAR NIENTE (Diciembre, 2005)

"Hoy como todos los días
he reservado el tiempo necesario
para no hacer nadade nada"

Raymond Carver

Realmente es dulce no hacer nada. De hecho, dedicaría siempre horas y horas a esta rutina tan agradable. Lo lamentable es que nunca o casi nunca se puede uno abstraer de nuestra monótona maquinaria de trabajo-casa-trabajo-casa-trabajo-casa. Luego, el fin de semana en donde uno cree que lo va a aprovechar por completo y que lo hará rendir al máximo, ocurre que pasó volando y no alcanzaste, no alcancé a realizar todos los planes que tenía para ese hermoso fin de semana que llegaba trotando como Heidi en las praderas. Sí, es lamentable la vida sin vivirla y esto de no hacer nada cuesta mucho, mucho.

El problema, intento esclarecer, radica en que no se toma en cuenta que el ocio es una trabajosa necesidad. No estoy en contra de lo laborioso que es el hecho de estar pensando en nada y que, por lo demás, cuesta demasiado. Muchas veces uno se ve enfrentado al hecho de descansar o dormitar y entonces nuestro inconsciente nos comienza a merodear con imágenes en las cuales nos vemos haciendo las cosas que tenemos que hacer o planificando las tareas que debemos realizar o pensando en cómo y de qué forma haremos eso que tanto nos interesa o que no nos interesa y luego despertamos de nuestro supuesto descanso y ¡plaf!, nos damos cuenta que no descansamos ni siquiera un segundo o por lo menos no dejamos de hacer algo mientras supuestamente nos alejábamos de la realidad. Quiero ir a la playa y de repente suena un celular. Ese tipo de cosas y de la necesidad de adquirir ese momento preciado de un eremita moderno es el que anhelo y que sudorosamente intento incrustar en la masa enferma de la cotidianeidad metropolitana.

Ahora, hablo de no hacer nada, de ese ocio prístino que llega con brisa fresca y en donde uno adquiere esa tranquilidad del zazen budista en el cual solo tienes que concentrarte en nada. En un zendo la rutina diaria se ve ocupada por muchos ratos de meditación y contemplación conllevando esto a alcanzar una vida plena y sin sobresaltos. No hablo del ocio vagoneta con la pilsen en cuclillas gritando desde la esquina "oye chichi, suerta sota pal video" . Es este "no hacer nada" como una filosofía sanadora y limpia, la que intento profesar y que, como se ve, no tiene nada de novedoso como planteamiento mirando hacia otros ociosos.

Todo esto se me viene a la mente ya que hoy estoy enfermo y no fui a trabajar. Eso me produce un estado inestable. Me siento incómodo y abatido por mis dolores estomacales pero a la vez, gratamente feliz por estar aquí, tirado de espalda en la cama.

Como dice esa canción de Congreso: "estoy mirando el cielito de mi pieza" , y así estoy, mirando el cielito de mi pieza, con una profunda devoción.

Nota:"Dolce far niente" es una locución italiana que significa "dulce ociosidad". Dolce viene del latín dulcis , que quiere decir "halago a los sentidos" y según el poeta Horacio equivale a "no tedioso", a "lo que no sea forzoso deber", a "algo que se recompensa por sí mismo". Far niente significa "no hacer nada", es decir, vivir en el ocio, que en este caso, se convierte en un entretenimiento o distracción del espíritu. Entregarse al dolce far niente es entregarse a una actitud hedonista con una clara inclinación a la contemplación.

TORPEZA Y DESESPERACIÓN (Noviembre, 2005)

Hay un ser pequeño que adolece de tantas cosas y camina por la ciudad a cuestas maldiciéndose a si mismo y a nadie más. Este individuo puedo ser yo mismo o puede ser la muerte o una desesperación literaria que no sabe porque ni por dónde ni cuándo, se despertará de nuevo como un ángel del bostezo. Claro, nuevamente la muerte viene teniendo tus ojos. Y atormentado también se cae de las escaleras y rueda comiendo arañas peludas que son negras pesadillas somníferas que padecen de esa necesidad de espanto, como diría Lihn: “nada tiene que ver el dolor con el dolor, nada tiene que ver la desesperación con la desesperación”.

Esta desesperanza atolondrada, indisciplinada, pasiva, activa y luego pasiva nuevamente. También es torpeza de no mirar los carteles, las señaléticas, las prohibiciones, las indicaciones, los comentarios y las miradas de piedad. Es una desesperación oblicua y zigzagueante, que marea y capta una voz atolondrada. Una expresión de la ciudad más que“samsiana”, algo mucho más bizarro que un escarabajo torpe.

Y así, con esta desesperación casi evaluada por Soren Kierkegaard, puedo arrancar gritando de una obra de teatro, corriendo por las escaleras, sudando, moviendo el párpado del ojo izquierdo, sin quererlo. Y la muerte no teniendo dominio.

Pero no es la ciudad, ni las personas, ni el comercio ambulante, ni los gritos, ni las persianas, ni los uniformes escolares, ni la televisión, ni la farándula, ni los periódicos ni las ventanas humeantes, ni los rincones escabrosos, ni las cajas de zapatos, ni los virus computacionales, ni las llaves atrofiadas, ni los autos, ni los asaltos, ni los atropellos.

Es un tormento de primavera calurosa, de calor exasperante que envuelve los cuerpos sudorosos de tanto golpear las narices del entusiasmo. Hay algo de talento circunstancial para caer de bruces hacia el pasto. Hay algo de premura ante los ojos de los gatos. Hay prisión de errores, conjeturas periféricas, millones de dudas como challa. Hay manzanas semi mordidas y azúcar derramada.

Ante todo este oficio de la perdición, existe una duda visitada, colmada de inmediateces, de tazas de té, de canciones olvidadas, de remembranzas y mañanas grises. Una torpe desesperación equívoca que llega sin pedir limosna, una sensación de terremoto mudo que embarra el techo de la calma y un ser pequeño que me mira, abatido, desde la palma de la mano.

UN CAFÉ (Octubre, 2005)


Una estrella es la que me dice que en este momento desearía escribir cosas que pudieran ser un diario que no se podría estimar como lo que se espera de un diario. Así, envolviéndome tímidamente en este humo de cosas raras que van llegando como un abuelo con recuerdos, así tristemente tímido y locuazmente insignificante.

Anoche, yendo a terminar con ese proceso llamado luz, apreté el interruptor y me dio la corriente y supe que era una de esas señales idiotas que a veces llegan y suelen alejarnos de nuestra nostálgica añoranza. Así como nadando en la playa y mirando atrás para ver a la familia, viendo las galletas atrapadas ante una red de hormigas que son sólo nuestras ansias por poder ver un poco más claro. Esas estrellas fueron las que llegaban desde la ventana cuando tomaba el café en solitario descanso. Supe apreciar que en otros lugares toda esta desidia no significaría nada más que una mentira vacía como un disparo a lo lejos. Claramente no sabía si esto era poesía.

Imaginé a muchos como yo tomando una cerveza tras los ventanales de los bares, imaginé a muchos como "otros yo" que no sabían lo que hacían tomando ese vaso con quién sabe que cosa pero que a ciertas alturas de la madrugada sólo quieren ser una necesidad falsificada.

Claro, todo esto me inunda la cabeza así de repente y nada más que ciertas estrellas que pienso habrán sido las mismas que iluminaron otras caras, otros rostros palidecientes como el mío esta noche cuando ya no sé lo que estoy tomando, sólo sé que no es alcohol sino que un café ilustradamente mezquino, sabe que puedo dudar de él, pero también sabe de mis debilidades.
Cuidado conmigo trato de decirle, no soy tan tonto como para caer en la humillación de un brebaje fatal. Pero entre nosotros nos sabemos cuidadosamente torpes, inmiscuidamente brillantes.

¿Qué hacer?, a esta hora ya nada ni nadie podría saber que estoy olvidando el trabajo, una recurrente cita a ciertos poemas desparramados por el baño. Leyendo a escritores que suelen acompañarme en ese proceso de tomar un café, este proceso que bien sabía el escritor porteño Carlos León cuando reflejaba su Valparaíso querido, Valparaíso mon amour con la sencillez de un hombre que viste de traje gris y que llega todas las mañanas a la misma hora de siempre a tomar ese fiel y adiestrado café, el que te conoce, sí, ese del "Riquet" y de los pasajes en declive y somnolientos. Ese café si que no es el mismo café que se acerca hacia mí.

El café que poseo lo preparo sacando una cucharada de polvo que dice ser café y que introduzco con abundancia en la taza con dibujo de gatito. Este café se inunda con el agua caliente y se ahoga para luego sobreponerse, como yo, que siniestramente me encumbro en los altares de la ignominia, cayendo de resbalón sin cambalache ante la existencia, sudando ciertos tipos de leseras ofuscadas y malolientes, sin pensar en gastar dinero en los restaurantes a esta hora, sino que así, tímidamente feroz, saco otra cucharada de esta duna oscurecida, mientras me revuelco en el siempre vivo lodo de la desesperación.

LA VIDA COMO UNA PELÍCULA: DE GODARD Y LA NUEVA OLA FRANCESA (Septiembre, 2005)

"Soy un falso pintor,
un fotógrafo"

Jean-Luc Godard

Para hablar de Jean-Luc Godard comenzaré inmiscuyéndome a partir de la nouvelle vague o nueva ola francesa, término con el cual se agrupó a una docena de jóvenes cineastas franceses entre 1958 y 1963 los cuales triunfaban con su nueva forma de hacer cine. De estos directores se criticó que no reflejaran en sus películas los terribles momentos que Francia atravesaba: Argelia se había sublevado por la independencia. Una guerra colonial, oficialmente no reconocida, había provocado una crisis, la llegada del general De Gaulle al poder, la instauración de la V República y la independencia de Argelia. Y todo esto, entre 1958 y 1962.

También nos podemos remontar al año 1948, año en el cual aparece en el número 144 del semanario L' Écran Français un artículo de Alexandre Astruc llamado Naissance d'une nouvelle Avant-Garde: La caméra-stylo . Allí expresaba Astruc la clara posibilidad de que el realizador cinematográfico se exprese a través de la cámara lo mismo que el escritor lo hace sirviéndose de la pluma. En el año 1949 se crea en Paris el cineclub Objectif 49, bajo el patrocinio de Jean Cocteau, Robert Bresson y Raymond Queneau, entre otros. El cineclub se propone destacar aquellas películas de calidad que han pasado inadvertidas para el gran público. En ese mismo año se celebra en Biarritz, presidido por Jean Cocteau con organización del cineclub Objectif 49, el Festival del Film Maldito, que resulta un gran éxito y atrae la atención hacia una serie de obras notables que hasta entonces no había encontrado a su público. En el año 1951 aparece el primer número de la revista Cahiers du Cinema que finalmente será la revista de la nueva ola francesa. Esta revista goza de publicación aun en estos días.

El cine de la nouvelle vague no consistía en un descubrimiento, sino en una recapitulación, pero la conciencia crítica y el amplio conocimiento de los movimientos históricos del cine que poseían sus miembros les permitieron rehacer, de un modo diferente, todo el cine anterior. En este movimiento sus protagonistas son: Eric Rohmer, Francois Truffaut, Claude Chabrol y Jean-Luc Godard (también de cerca e influenciando: Renoir, Bresson y Cocteau). La película "À bout de soufflé" ("Sin Aliento", 1960) de Godard terminaría por transformarse en la película emblemática de esta corriente. Esta película creó la ilusión de que no existía diferencia entre la pantalla y la realidad y de que a través del cine se podía vivir la auténtica vida, es decir, que lo que sucedía en la pantalla era efectivamente tan tangible como una chica que se puede tener entre los brazos (a partir de esto, podríamos crear una analogía con la novela insigne de la Generación Beat norteamericana, "En el Camino" de Jack Kerouac y esta situación de "vivir una no ficción").
En "À bout de soufflé", Jean Paul Belmondo (el protagonista junto a Jean Seberg) es un ganster de cine B al estilo de las novelas negras de Raymond Chandler (quizás podríamos advertir cierto comportamiento similar en el personaje Heredia de las novelas de Ramón Díaz Eterovic, este, sin embargo, más del lado de "los buenos que persiguen a los malos").

Representa fielmente el flaneur , ese personaje que transita y vaga por la ciudad sin rumbo fijo, una estela del silencio y de la noche, un recogedor de calles autómatas, un observador de las matrices de la vida y de quienes recorremos el telar de la subsistencia. " Demasiado tarde para tener miedo ", " Los delatores delatan ", frases que demarcan una forma de rebelde sin causa en el protagonista que suele cambiarse de nombre y de acarrear problemas a la periodista norteamericana que suele tratar con él (Jean Seberg) y crear una de las escenas más largas en la historia del cine dentro de un cuarto de hotel. Aquí Godard demuestra su capacidad en el argumento de la obra, mostrando luego París en fotografías memorables, en aventuras veloces en ascensores, escaleras, calles, cines (admirando a Humprey Bogart) en donde la sutileza de la cámara realiza espectaculares tomas en forma de escalera de caracol, dentro de taxis y nuevamente dentro de un hotel. Belmondo aquí hace de las suyas siempre cercano a un cigarrillo que cuelga de su boca y Seberg con encanto y estilo de "actriz de cine". Una película trascendental e imprescindible en la historia del cine.

En el cine actual podemos advertir una herencia de algunos tics y formas cinematográficas de Jean-Luc Godard en autores como Woody Allen, Quentin Tarantino (en Pulp Fiction, específicamente) y en movimientos como el Dogma 95 del cual es mentor Lars Von Trier que especifica el tratamiento de la imagen con los mínimos detalles de producción en cuanto a efectos especiales, utilizando sonido ambiente y planos secuencia de extensa duración. Paneos extravagantes y propuestas innovadoras. Más cercano a nosotros, podríamos indicar una influencia en la película chilena de los años '70, El Chacal de Nahueltoro de Miguel Littin. En este caso, la influencia se denota más que nada en los manejos de cámara que en la temática, más cercana al neorrealismo.
En cuanto a la música será la francesa, en el entorno de la nouvelle vague, la primera cinematografía en la que el jazz se utilice de forma significativa como fondo dramático de películas. El fenómeno se produce tanto por necesidades expresivas (idea sincopada del montaje y gusto por las formas libres visuales), como por la aflicción personal de los realizadores. Marcel Romano produciría la sesión de Thelonious Monk para "Les liaisons dangereuses" (Nueva York, 27 de Julio de 1959) y la preparación de las sesiones de Miles Davis para "Ascensor para el cadalso" junto a su director Luis Malle (París, 5 de diciembre de 1957). Otros ejemplos son Django Reinhardt en "Le village de la colère" (1946), Duke Ellington en "Les assassins d'eau douce" y "Les vampires" (1947),y Coleman Hawkins y Oscar Peterson en "Les tricheurs".

Dice Bresson : "Las ideas en las películas hay que esconderlas, y la que se esconde más es la más importante de las películas". Godard practicaba muy bien esta premisa.

Y continúa: "Poner en escena, emplear modelos sacados, tomados de la vida, y tratar de que esos personajes sean ellos mismos en lugar de que parezcan actores". Esto encaja mucho en la forma de vivir, vivir como en una película, cuantificar los días en escenas, dejarse llevar por las calles, los sueños, como si nada fuera en contra de los créditos que luego de nuestra historia intentarán apoderarse de nuestro telón, vivir la vida como si nada importara y nadie nos estuviera mirando.

Finalmente, se puede plantear una especie de cine voyeur que se entromete en las vidas de personajes que, si bien son actores, para nosotros son personas comunes y corrientes que nos podemos encontrar a la salida del cine o de nuestra casa. Es eso lo que plantea y obsequia el exquisito cine de Jean-Luc Godard y, en general, toda la nueva ola francesa. La vida como una película, la película de la vida.

Acerca del autor :
Jean-Luc Godard nace en 1930 en París en 1930. Entre el 1950 y el 1952 su atención está puesta en el cine club del Barrio Latino de la ciudad de París, donde conoce a Rohmer y a Rivette. Con ellos funda una revista, La Gazzete du Cinèma de la que aparecieron únicamente cinco números (luego se crearía Cahiers du Cinema ). Antes, en la Sorbona, se había licenciado en Etnología. Ha filmado las películas: À bout de soufflé (1960), Le petit soldat (1960), Une femme est une femme (1961), Vivre sa vie (1962), Les carabiniers (1963), Le mépris (1963), Bande à part (1965), Pierrot le fou (1966), Une femme meriée (1965), Alphaville (1965), Masculin, femenin (1966), Made in USA (1966), 2 ou 3 choses que je sais de'elle (1966), La chinoise (1967) Week-End (1967), Tout va bien (1972), Sauve qui peut (la vie) (1979), Je vous salue, Marie (1983), Detective (1985), Nouvelle Vague (1990), For ever Mozart (1996), entre otras.
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miércoles, febrero 01, 2006

Veranito de San Juan (Julio, 2005)

La despedida del veranito de San Juan en las calles mojadas de Jorge Teillier en las noches mojadas del invierno de San Juan / mascullando las despedidas de frente a una isla desierta / frente al parque de las amistades y las cosas vistas en Cerro Navia / en las canchas embarradas / en las bicicletas averiadas / en las hojas tapando las alcantarillas / atravesando en el carrito la avenida río / y nadie en la montaña desaparece nuevamente/ las tardes se hacen merkén en el año nuevo mapuche que escucho decir por ahí de tipos que resuenan la aventura de esclarecer los sueños desérticos / y las lentejas de medianoche / y las historias de terror de suspenso de mentiras de burlas de recuerdos de olvidos de viejas añoranzas / de viejas personas / las historias de la oportunidad del equipo de fútbol por salir campeón pero que no se corona por la mala suerte / sobre todo demostrado en el último tiempo en las actuaciones frente a los equipos de la copa libertadores / en las casas en los televisores se ve esto y el veranito de San Juan pero no se sabe que la inundación es evidente luego de esta felicidad / se muestran las bocinas de las camionetas en la calle como una luciérnaga sorpresiva entremedio de la niebla / y las cañas de vinos salen arrancando de nosotros los que perseguimos la luz del cigarrillo insignificante / Carlos Gardel canta por un cabeza y por una cabeza escucho ese tango de Gardel / que me dice que debo ser vegetariano / pero sabes que nada vendrá a decirte que esta canción cambiará el tinte de las cosas ni que llegará a terminar este veranito / este efímero verano que no ayuda para nada a escribir y es por eso que molesta / pero nos hace recordar eso de que tú no sabrías escribir mi nombre en los vidrios cubiertos de escarcha y yo sólo puedo contar mis recuerdos como un mendigo sus monedas en el frió del invierno / y recuerdo ese gato que comía chocolates / la pata coja de la mesa el vaso roto el florero roto los pantalones afligidos de esta lluvia que no tranza nuestra vivencias húmedas de trasnoche / no vendrá a golpearnos la cabeza con ternura / se me ocurre invocar a San Juan que de pronto no conozco y no sé nada de él ni del día este / de un pseudo verano que se oculta a medias tras las nubes de la mezquindad / y las tradiciones se pierden lo discuten en la plaza / eso conversan de que las tradiciones no se encuentran / no se hayan disfrutando por la abuela por el nieto por el viejo que sale a botar la basura temprano y piensa que ello es lo más importante que nadie puede hacer / que nadie capta lo que él está haciendo pero esto ya no es una memoria colectiva esto es San Juan / el día la noche de San Juan y todo este barro que nace después de este veranito refleja la noción de calamidad de las cosas cotidianas / refleja la compleja manera del traslado / pero ahora se corre peligro / un vendaval de lluvia se acerca / recorrerá la ciudad / inundará las calles de las poblaciones / los patios de los colegios inundará / y saldrán los pájaros forzados a buscar alimentos / y la lluvia barrerá con esto del silencio / con esto del veranito / y Gardel y Teillier fumarán un cigarro / en la orilla del río Bío-Bío.

Mapocho Swing (Junio, 2005)

Ahora el Wonder bar ha atravesado la calle / este Santiago aburre a medias y nuestras almas escuchan del desastre de Antuco / atravieso nuevamente y me voy al Olímpico donde me compro un completo mientras espero a los parroquianos / creo que esto no es una iglesia y espero ese italiano llegar con una Escudo que se comporta de manera agradable y "compadrito" me dice / me alega me dice que podría escribir de ella pero no le hago caso porque esta noche no está para teatros ni para tragedias / pero las calles están semi vacías y los borrachos botan la espuma de la chela en las veredas / eso a mi no me importa / no me importa el cura que habla en la tele / no me importa el delantero que metió ese gol que nos tendrá feliz por tres días / tampoco me importa la mitad del completo que me queda / llegan los parroquianos y hablan de la nueva novela de los poemarios de las canciones cumbiancheras reggaeton que suenan en esta fuente de soda que tanto nos agrada / no la elegimos / no elegimos escribir acerca de las fuentes de soda pero no enoja esto de que los completos se acaben / y ahora Santiago está un poco más tranquilo / sigue siendo ese vagabundo siniestro que come tallarines en la noche / ese basurero desnudo fuera del templo hare krishna / y pienso que esta noche estará leyendo esto que escribo algún crítico de columnas y pienso que estará leyendo esto algún crítico de poemas y yo les digo que esto no es un poema ni una columna ni que yo no canto por cantar ni por tener buena voz solo escribo por el nuevo completo / y de la playa de Las Cruces / de las guitarras / de la carretera perdida / del hombre muerto / de la protesta de los estudiantes / del Wonder que ahora cambió de local ¡cambió de local! / El bar de Heredia / de los guachacas / ese bar cambió de lugar y se ve re lindo se ve cambiado / pero alegra / alegra eso del cambio bonito / si se ve tan bonito como un gato de bar / como un gato de campo / pero que no roba como otros que se alejan de aquí en silencio y me miran como gatos que roban / acá en Mapocho / comprando sopaipillas dormidas con ají / con ketchup / con mostaza / la misma que se alegra sobre la mitad de mi nuevo completo / que se alegra porque mi amigo comienza su nueva novela / pero sin ganchos ni banderas ni da da da / sólo escribe una escritura al azar / pero esta noche el azar nos tiene adormecidos y eso es lo que digo no hay nada especial en esto ¿tú te crees especial? / nadie es especial palta mayo / todo se resume en un completo que se ha consumido en la boca / ni siquiera los actores que entran al bar suponen entender esta premisa / no suponen nada / la risa la risa / esa risa no supone nada / y le voy a pagar a la mesera con los chochamus del poema que nunca acaba / y más encima la mesera se equivoca y nos cobra menos y le pregunto ¿está segura? / ¿está segura que quiere perder? no se da cuenta / no se da cuenta de nada ni que escribo ahora escondido desde el baño mirando las garrafas morderse el labio vidrioso y tentador / una garrafa que es la vida redonda de cada uno / mientras abandono el Olímpico / ese Olímpico donde los poetas bajan y suben y recitan para adentro así como tosiendo / como con hipo / con estornudo / con dolores de espalda / se recita caminando de espaldas en las veredas de la estación Mapocho / de Santiago que ya sigue siendo el mismo de siempre / nada novedoso / nada especial / nada nuevo que contar en esta ciudad / ni siquiera un swing nuevo para escribir / acá.
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No hay cafés, solo bares (Abril, 2005)

Releyendo un libro que me obsequiaron llamado "Los cafés literarios en Chile" de Manuel Peña Muñoz, extraigo una mirada que a simple vista se puede generar en cualquier lector u observante. Actualmente en Chile los cafés literarios (y/o la cultura del café literario) no existen. Por lo menos ahora no, antes sí (según se logra rescatar en el libro) pero cafés cafés..mmmm.

Hay cafés con piernas, en donde se "disfruta" de este brebaje parado al lado de la barra para contemplar el paisaje, hay cafés fuente de soda, cyber cafés, cafés caros y otros baratos, pero no cafés literarios, cafés que aglomeren a todos estos seres que se someten al rigor de una pluma o a un teclado de computador, en donde no importe la clase social o si no tienes más de cinco mil pesos en el bolsillo. En este libro se nombran la Confitería Torres y el Café Riquet como ilustres lugares que han acogido a escritores y que aún sobreviven a la modernidad. Lamentablemente, debo decir, lo que se desea tomar para comentar una presentación de algún libro, sobre poesía, narrativa, etc., es cerveza y vino. Y no creo estar especulando.

El escritor chileno desea tomar en un bar para conversar, y tomar harto, cerveza por montones, vino a destajo. En el sur, en el norte y en el centro, el alcohol se apodera de nuestras mentes y nos hace más geniales, más originales, nos hace gritar, bailar, ensordecer y soñar. Y al día siguiente queremos morir.

Morir de pena, de rabia, de preocupación. ¿qué dije anoche, qué hice anoche? Sé que este caso es extremo y más cercano al alcoholismo. En el café, en cambio, conversaremos de lo mismo, pero inevitablemente sentiremos que algo nos falta en la mano, un vaso más distinto, con otro contenido, un vaso sangriento y fulgurante. Nos cuestionaremos nuestra vida, escucharemos y nos hablarán de sucia realidad cotidiana, del poema como remedio, del libro como sanación.

Es desesperante, pero existe este amor dionisiaco y hay que admitirlo. También hay que admitir que durante estos últimos años han nacido cafés con el cartel de literario, pero que de tanto promocionar este concepto, terminan por aburrir a los supuestos acreedores de este honor de comensal. Uno se podría imaginar un café de pintores, café de artistas plásticos, cafés de actores...pero qué es lo que se pide al llegar: una cerveza, por favor.

Hace un tiempo supe de una escritora argentina que estuvo visitando nuestro país, específicamente Santiago, y que se impresionaba por el hecho de que para conversar de literatura o cualquier otra cosa, se tuviera que asistir a un bar y que, no tranquilo con eso, se bebían litros y litros. En Argentina existen estos cafés literarios, existe esta cultura de café y quizás acá en Chile necesitemos de un trago para poder entablar una conversación. Una inspiración espumosa o azabache, una inspiración que no es única en el mundo, ni tampoco única de los escritores de Chile, pero que inevitablemente nos identifica, nos llama y nos consume, ya sea para bien o para mal (aunque, ¿se piensa en el bien o en el mal en estos casos?) nos juntamos en el bar, (como aparece en libro mencionado, que no pudo obviar el bar Unión, el Quitapenas, el Cinzano, el Roland Bar), en La Piojera, en el Olímpico, y tantos otros, que cumplen con la labor intrínseca de ser, como dijera el poeta Rolando Cárdenas, nuestro segundo hogar.
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La vida es la hija bastarda de la existencia (Marzo, 2005)

Esta frase es la que rezaba en la pared del cuarto del cantautor chileno Nino García, rayada con spray, mala letra, en su cuartucho - casa de la población La Victoria, cuando lo hallaron con la sien destruida luego de un certero disparo. El tipo no se había suicidado por exceso de talento, sino que por falta de trabajo, en la música, su vida, cantó en las micros luego de haber cantado en la OTI, pianista, y tantas otras cosas. Un familiar diría en el velorio: "En Chile hay mucho espacio para la mediocridad y poco espacio para el talento"...("En ese tiempo había que tener talento para no morir....(Pablo Azocar, "Natalia"). Y era cierto lo que decía.

Bueno, todo esto lo vi en un programa del canal 13, de esos "culturales" de los días domingo. La verdad es que yo no conocía al tipo, pero me sorprendió su talento, su bipolaridad, su rebeldía, su extralimitado poder creativo, más allá si me gustara o no su música, su marcado delirium tremens depresivo, que lo llevaría al cajón.

Pienso esto ahora que me entero que hace unos días murió el rockero argentino Pappo Napolitano (Pappo's Blues). El tipo iba en moto con su hijo y se mató (al niño no le pasó nada).

Cabe decir que este rockero llevaba años de trayectoria influenciando a miles de fanáticos y músicos con su guitarra y blues desenfadado ("sucio y desprolijo"), después de haber sido telonero de B.B. King...en realidad esto último no importa. Plaf, Pum, Tam, Fom, se murió. Ah, y también era talentoso el cabro. Biografías y páginas web en su honor lo recuerdan (y recordarán). Un baluarte del rock.

Entonces, qué decir: ¿dónde está el significado de todo esto?......¿la música?. Tengo muchos amigos músicos, yo mismo toco la guitarra y el bajo de forma "casera". Pero, ¿dónde está la esencia?. La muerte de estos locos no tiene por qué ser una señal, sólo un acto de traslado hacia la meditación intrínseca del acto musical. Después de la creación: ¿qué queda?. Mucho pues.

Queda la sensación hilarante, ese hilar mágico, el retorno a la gracia de la existencia, un motor enardecido, la transpiración del trabajo, el irse, el transportarse, el no ser más yo, ser música, una nota que suda, la introspección del otro yo, la improvisación y la visita.

En fin, el sábado estuve en una tocata de rock chileno (Tsunamis, Familea Miranda y Yajaira). Muy bueno y desenfrenado. Rock en su esencia, quizás no tan elaborado, pero tampoco simplista. Estilo y música, público en estado de hipnosis y locura. Eso es lo que sirve cuando estás vivo, vivo realmente, con ganas de escuchar y crear. Lástima que algunos compadres se vayan despacito, por el desfiladero del grito, creadores reales, unidos por melodías únicas, hijas regalonas de la existencia, hijas bastardas de la vida.
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De Barrios (Enero, 2005)

Amanece en Santiago. Esto puede ser una carta de despedida fácilmente, o el inicio de algún tropiezo. Amanece en Santiago, y en el metro todos callan en ese minuto de la inminencia de la llegada (saldremos de las escaleras a quien sabe donde). Ya no llegan los flippers a decir la diversión y las personas que habitan el centro de Santiago se transforman en citadinos, en personajes de una novela llamada Santiago, se identifican sin darse cuenta, pero ¡puaj!, anoche me asaltaron.

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En el bar L'Croag del barrio Brasil compraron unas mesas muy antiguas y barrocas que llegan a las rodillas. Tomar así, dejando los vasos en esta mesa, respirar el viento brasileño de un árbol brasileño, que se puede ver a lo lejos, desde la otra esquina, es gracioso. Graciosa la manera del gato en la ventana.

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Acerca de San Miguel: esa avenida, el Andrés Bello, la Ciudad del Niño, el Barros Luco, el Brasilia, la plaza Recreo, la plaza Madeco, la Plaza Llico, la plaza 12 de Octubre, la Concha y Toro, el Of the Willy bar, el Copihual, el Oriental, el bar La Playa, el liceo Llico y esa casa en ruinas. El club San Miguel y Condorito.

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El rotito, el de Exposición, Matucana y Chacabuco, anda sin helado, sin pelota, sin bolitas en la tarde. ¡Ándate de aquí, cabro chico!, cuídate del tren que descarrila.

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En el persa Bio-Bio hay una librería con una lámina encuadrada que promete "excomulgar" a quien ose robar algún libro. Aparentemente, estos libros son baratos, pero los buenos, los buenos, ¡esos si que los tiene caros!. El vendedor incita al robo, con ese cuadro.

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Plaza de Armas: sucede que se abandona, se llena de gente, de estatuas humanas, de adictos a la telefonía celular, de escépticos, jubilados, escolares, palomas, peruanos, ajedrecistas, pajaritos, pintores. Los pintores están al aire libre pintando la Plaza de Armas, los perros, caricaturizando a los transeúntes y a los personajes de la televisión y el fútbol. Hay cierta confusión, pero nadie se detiene a pensarlo.

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Anochece, anochece en Mapocho, navidad y este año nuevo, construcciones y demoliciones, los colectiveros y los ancianos, los hombres de blanco del mercado, se desean un prospero futuro. Y el vendedor de sopaipillas saluda al heladero.


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Esa cosa del epígrafe (Diciembre, 2004)

"Todo lo que diga, lo diré con los ojos"

Andrés Olivares

Nazco mirando temprano en la mañana el libro ese del epígrafe justo que ante noche apareció (como un muerto en el lago) súbitamente, subrayado para el uso a posteriori del poema.

El poema epigrafiado, buscado a la perfección o a la usanza mágica del gemelo adivino (el otro gemelo también adivina que.) ha llegado para acarrear el texto que se le apropia. No se merecen forzados.

Se buscan en el oficio de una hoja de papel, se encuentran taciturnos, malhumorados, incipientes en ocaso, sumamente perdidos. Se besan, aman de apoco, se besan.

Y en la estantería, el autor epigrafiado (el poema epigrafiado) no sabe esto de la extirpación. Y el autor epigrafista busca, recuerda, añora, advierte esa frase pequeña, justa para el remecer.

Ha llegado la hora de la intersección absoluta, el poema saluda a su epígrafe y el epígrafe, cegado, no sabe de estos quehaceres. El retazo collage ha sido cocido con tinta y esta noche dormirá en otra pieza oscura, se unirá la melancolía con el misterio, y no nos daremos cuenta, nosotros, lectores ingenuos, del escándalo.

El poema llevará otro brazo, que mastica, engullendo tus ojos y los míos, epigrafeando el lado tibio del libro, gritando a un costado del silencio.
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El Viento Perdido, adiós a Luís Alejandro Galvis (Noviembre, 2004)

Escribo estas líneas con un lápiz Parker clásico, esos de color azul marino en la parte inferior y plateado en la parte superior. A Galvis siempre le gustaron las "plumas finas", una vez me lo dijo y siempre lo noté; en nuestras conversaciones micreras, cerca del Bellas Artes, en cualquier calle de esas que se borran de nuestra memoria. Alejandro, poeta colombiano, se presentó ante mi de manera casual en una lectura poetica. Conversámos y entablámos amistad. Me contó de sus viajes por el mundo, de la poesía exquisita y del arte de la subsitencia, la mayoria de las veces. Yo, poeta joven e inédito, serviría finalmente de editor riguroso para su opera prima llamada "El Viento Perdido" que saldría publicada bajo el sello independiente y subterraneo: Ediciones del Jinete.
Fueron dos meses de trabajo, de correciones, de conversaciones en bares, de almuerzos y de viajes a una muy lejana imprenta. El Viento Perdido vió su luz en agosto del 2004.
Muy buena persona el hombre, grato de conversaciónes, extralimitadamente educado (como todo colombiano, pensé) aúnque ya se le habían pegado ciertos modismos chilenos como el tan recurrente "huevón". Sabio de la vida y de los devenires propios de quien se hace apatrida.
Hasta unas semanas permanecía en Colombia (la ultima vez que lo vi, cuando nos despedimos, en el bar "Olimpico".) despues de haber publicado su libro aca en Chile (habíamos hecho algo parecido al encanto de las letras en libros de bajo presupuesto). Ahora el amigo de la itinerancia, que participó en variados encuentros por sudamerica, que pertenecía a la red "Latigo" de poesía, se ha suicidado.
Dura noticia que me llega por mail (herramienta muy útil en estos casos). Quien sabe por que, si estaba planeado desde hace tiempo, como indican algunas "fuentes" o si realmente fué un arranque de evasión. Luís Alejandro Galvis deja amistades en varias latitudes y aca en Santiago nos hemos reunido en el bar La Unión (bar que frecuentaba Jorge Teillier, poeta admirado por Galvis), para recordarlo como se merece. Ahora me reclino en mi asiento, juego con el lápiz Parker y pienso: cualquier meditación acerca de la muerte por decision propia en este artículo, sería inutil.
Una flor soplada por el viento perdido, un pensamiento, un café cargado, una lágrima seca, un volantin soltado al infinito, un abrazo al invisible living de la casa. Te despido como una vez lo hice preguntando: ¿que será de Galvis?, pregunto: ¿que será de Galvis?.
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Tarde Sufí (Octubre, 2004)

Conversemos de esto y de lo otro, por mi por lo que inevitablemente se pega al costado de nosotros como restos de algodón de azúcar en los dedos embarrados. Háblame de esta ciudad, yo vivo algo triste, algo cansado, disimulo, eso si, hago como que no me duele, que todo esto alrededor no me duele, si no que pienso y medito por nuestras ojeras claroscuras. Ruego por que mi voz no se arranque, digo que ruego por que ella y su hijo lleguen a su casa bien y sin novedades. Amo la soltura de los nudos en el instante pleno de irse a reposar, no quiero molestarte, conversemos de esto y de otro
Tomo mate con cascaritas de limón, si deseas no hablemos de lo que anuncian los diarios que va a pasar inevitablemente, estoy acá pero no lo deseo, un paso hacia la cocina y beberé del alcohol traicionero, chusma chamusqueada, no te quiero más. Permíteme la resonancia de mis débiles huesos. Entonces, como dijiste, yo ahora nunca estaré solo de cosas caíbles y fatales como una parrilla de sopetón al suelo. Adoro esa risa tenue cuando ha dejado de llover, mi jardín crece inexplicablemente y corto lo que me dicen que corte esos fugaces duendes imprescindibles.
Ven, siéntate aquí, tomemos las cosas como son, deseo que caigamos lentos y sin dolor, me lavo el pelo pensando en eso, pero se olvidan las cosas, siempre, uno tan despistado que es. Trato de no ver la hora, las niñas cantan en la calle canciones que hablan del reino de Jesús, una chinita se posa en mi hombro y se asusta piensa que no la quiero que deseo matarla y que soy uno más de esas sombras grandes y obesas. La cadena del baño está mala y este sol, nuevo sol, que me deja la frente tibia y andamos sin apuros, esta vez se que el pasto no es dañino, tomaremos sopa en un rato más, algo va a salir, pero tiremos piedras al lago, corramos como cuando mirábamos a "los adultos" conversar cosas con cigarros. No tengamos miedo y vengo a decir que se acabó la sal pero no tengo miedo, conversemos de esto y de lo otro, la guitarra siempre quiere ser tocada, me voy a poner un chaleco, vuelvo en seguida, por favor los cojines, los restos de ropa, los caracoles y las conchitas, devuélvanme la memoria, ¿qué es lo que iba a hacer? (pero en la pieza voy a recordar ese poema que escribí cuando era chico y que desee siempre jamás olvidar).
No hice esa llamada pero es que ya no tengo teléfono ni cajas blancas con noticiarios, ¿y que ha pasado?, ¿y la gente?, ¡ven Rufus que hay que darte comida! y si tu mamá vuelve ¿qué va a decir?. Está empezando el atardecer, meditaré un rato en el baño.
Adiós, chao en este momento, me quedo aquí y es placer divino. Beberé lo que resta en el concho por ti y por mi, por esto y por lo otro, por el carrousell y por la vida, en este tiempo.
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Trabajar Cansa: lo dijo Pavese (Septiembre, 2004)

Para mi está claro que el "trabajo operante" es el peor amigo de la creación artística (¿o de lo contrario será lo mismo?...). Trabajar diariamente, sistemáticamente, monótonamente, en fin: trabajar, elimina esa exquisitez del vago juvenil. De forma inútil se comienza a perfilar que trabajando se piensa y se imagina, pero no se crea; o al menos no como uno quisiera. Crearemos una labor, eso si, tranzada y somnolienta, sabiendo que en realidad lo que deseamos es estar en la playa fumando "maconha" o en las licorerías eligiendo la mejor opción.

Y entonces cansa, pero cansa la ruta, el proceso de calcomanía en la superficie del sistema.

Llega la idea de la esquina de la calle con el perro permitiéndose la duda y la contemplación, siendo participes de un poema de Pavese. Entonces somos amigos de los colectiveros, de los vagabundos y el panadero. De las noches sin insomnio, del bar pernicioso, del grito de la hazaña del shampoo y el jabón, de las camisas floreadas y de las pelotas de fútbol.

Leemos un Condorito que representa todos nuestros valores y nos vamos al bar "El Tufo" o al "Tallarín Gordo". Doblamos con un alicate el fierro de la monotonía, juntando monedas "guachas" para la empanada.

Volvemos a ver a los viejos amigos, nos tiramos rodando desde lo alto de las dunas y despertamos de improviso jugando pool.

Es esta cesantía digna, esa forma de perder sin alegar, aceptando el decomiso de algún premio anhelado, lo que saboreamos con la pasión envidiable del pianista callejero ciego. Y no nos damos cuenta y tampoco miramos para los dos lados al atravesar la calle.

Se acepta el fracaso social tal como llega, por que para uno, no se ha fracasado.

Y aunque se estuvo pateando piedras y leyendo el diario los domingos, mañana hay que trabajar e introducirse a la maquina de moler carne, y somos una masa de algo humano que actúa firmemente y con decisión, se vuelve tumor y entonces somos algo más. Mañana funcionamos a las mil maravillas y los micreros nos tratan un poco mejor. Volvemos a casa escribiendo una pequeña frasecita en el diario que regalan a la entrada del metro, breve y minúscula. Una frase que dice: trabajar cansa.
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La Cámara Oscura de Juan Cameron (Agosto, 2004)

Ojeando un libro de Juan Cameron (con una sugerente “zona femenina” dibujada en su cubierta), el lector, que en este minuto es escribiente, detecta ciertas claves significativas en la poesía chilena de los 80, que a 19 años de su publicación, son merecedores de estas tentativas.
Al poeta porteño lo he visto declamar en ciertas ocasiones y también he trabado ciertas palabras con el que, por cierto, no creo que dejen de ser solo anécdotas camino al baño del recinto. Pero al ver su inmediatez de poeta, me permito pensar en el proceso purificador y errático de la poesía. He leído de los orígenes literarios de Cameron, su amistad con Juan Luis Martínez (también las fieras anécdotas de “Poesía a golpes” en la revista “La Vida Breve” de la Sociedad de Escritores de Chile, filial Valparaíso) y no puedo dejar de sentir una identificación de códigos que no son para nada intelectuales. Este señor es un poeta bohemio (imagino) que ha viajado mucho como para quedarse enredado en los tropiezos de las tabernas. Bastante he aprendido de las caricias de la embriaguez, pero también he sabido de las circunstancias enriquecedoras. Es así como recuerdo la obtención del libro Cámara Oscura (Ediciones Manieristas, 1985) adentrándome en lo que el llama el oficio de hacer y deshacer estas imágenes hasta Paraíso Vano, hermoso texto arraigado desde la punta del muelle Barón hasta los cerros de Valparaíso. Ya sabemos: ascensores, escaleras, pero no las mismas “deste” ojo: “Pero tú tú vas tú vas / en ascensor & no te alcanzo / me canso en el oficio de ser sólo fragmento / sin oro sin vasija / ni greda entre las ruedas dentadas del camino” (Ascensor Florida). Me pregunto como llegó este libro a manos del librero que me lo vendió en el persa Bio-Bio.
Debo decir que Juan Cameron nace en Valparaíso en 1947 y que ha publicado una decena de libros como: Perro de Circo (1979), Apuntes (1981), Cámara Oscura (1985), Ascensores porteños/ Guía práctica (1999) y Jugar con la palabra (2000), entre otros. Y que ha vivido en Argentina y Suecia. Pero no pretendo encaminar la ruta de esta columna hacia el paseo ciego del groupie. Solo una reseña, un recuerdo, la imagen del navío que veo deshacerse, por completo, desde un balcón.
Ahora que he escrito de lo que deseaba, corrijo el texto, observo nuevamente el dibujo de la cubierta, termina el triste julio y mis amigos me preguntan de que escribo, y yo les cuento que de Juan Cameron, hoy domingo, al atardecer.
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martes, enero 31, 2006

Presentación de Poemas Cesantes (La Calabaza del Diablo, 2005)

POEMAS CESANTES de Raúl Hernández

LA PASIÓN DE VER

por Héctor Figueroa



“El poeta moderno no tiene lugar en la sociedad porque, efectivamente, no es “nadie”. Esto no es una metáfora: la poesía no existe para la burguesía ni para las masas contemporáneas. El ejercicio de la poesía puede ser una distracción o una enfermedad, nunca una profesión: el poeta no trabaja ni produce (....) La poesía no se cotiza, no es un valor que puede transformarse en dinero como la pintura. La burguesía cerró sus cajas de caudales a los poetas. Ni criados, ni bufones: parias, fantasmas, vagos.”

(Octavio Paz, en su libro “El arco y la lira”, 1956)



No he aquí palabras difíciles, pedantería de charlatán pseudoneobarroco, barroso. He aquí la sencillez del que sabe sabe, y que a fin de cuentas siempre será el mejor estilo, hablar de lo que uno conoce, partiendo por su propio idiolecto, no prestado, no arrendado, aunque no le entendamos, aunque no le cachemos, aunque no nos guste a veces.

He aquí lo explícito, mas no lo prosaico. Estos son poemas bajo el velo de lo fino, de la sutileza, de la sensualidad. Como es sabido, en literatura, muchas veces la claridad es un misterio (Carver, Chéjov, Bolaño).

He aquí lo de todos los días, lo cotidiano real, lo corriente, pero bajo un lente de aumento, instantáneas de un foco preciso, certero, mágico. Blanco y negro o en color, da lo mismo, la fotografía es poesía, la poesía es fotografía. El poeta, un fotógrafo. No es casualidad que uno de los primeros fotógrafos y retratistas del mundo, Lewis Carrol, soportando una época de color sepia, fuera capaz de heredarnos, literariamente, una de las historias más poéticas y mágicas: “Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas”. Aventura absurda, lógico-racional y fantástica, y que puede ser leída, esta sí, tanto por niños como adultos, y lo mejor, alejada de cualquier mesianismo y sin la intención de pasar gato por liebre, como ocurre con esos dos compinches llamados C.S Lewis o J.R.R. Tolkien, que pretendieron concientizar la mente del lector y homenajear, de paso y veladamente por supuesto, a un león cristiano o al dogma de una virgen María que no es tal, respectivamente.

Pero sigamos con la anáfora “julera” que estaba utilizando: he aquí la iluminación o satori a la que se refiere la filosofía zen, he aquí una poesía hecha de frases al voleo, de fragmentos de conversaciones o monólogos sustraídos del aire y del tráfago de la city y el barrio, he aquí la importancia del verso medido, de la pausa y el encabalgamiento, he aquí la importancia de la 2da, de la 3ra persona gramatical o la impersonalidad a la que se refería Eliot en poesía. Sólo hay que pensar, a modo de ejemplo, en la novela de Georges Perec, “El hombre que dormía”: la importancia y efecto que esta tiene al estar escrita en segunda persona y no en primera.
Este último libro de poesía publicado por nuestros amigos de la editorial “La Calabaza del Diablo”, se acopla, se moldea perfectamente con lo que el novelista y poeta francés, Michel Houellebecq, dejó dicho en sus “Interventions” (o “El mundo como supermercado”, en español): “La poesía es el medio más natural de traducir la intuición pura de un instante. Existe, sí, un núcleo de intuición pura que puede traducirse directamente en imágenes o en palabras. Mientras vivimos en la poesía, vivimos también en la verdad (...) La poesía no es solamente otro lenguaje; es otra mirada. Una manera de ver el mundo, todos los objetos del mundo (tanto las autopistas como las serpientes, las flores o los aparcamientos)”

Se sabe. Y el que no lo asimile es un estúpido: en literatura la originalidad no existe. Como señalaba el fantástico argentino ciego, cada escritor, cada autor, rescata del olvido, consciente o inconscientemenete, a su predecesor. Y entonces, ¿qué tenemos? Tenemos que Ronaldinho es a Maradona lo que Maradona es a Pelé y este último a Garrincha, Eusebio, etc. ¿Para qué hablar entonces, Bloomianamente, de la angustia de las influencias? No hay tal angustia; hay compartimentos, tierra llana o fértil, maleza o flores que se corresponden. André Breton, Gonzalo Rojas o Huidobro por ejemplo, ¿qué serían sin su Apollinaire? Rimbaud, Mallarmé, sin su Baudelaire y este a su vez sin su Edgar Allan Poe? La poesía será hecha por todos, o no será, como dijo Isidore Ducasse, ese niño que pretendía lo terrible y que en sus Cantos de Maldoror alcanza imágenes extraordinarias, bien logradas, junto a muchas otras, hay que reconocerlo, bastante infantiles. Sí, el conde de Lautrèamont y sus Cantos de Maldoror, con el cual no se concebiría en todo caso, la truculencia de una novela-best seller como lo llegó a ser American Psyco, del taquillero Breat Easton Ellis, padre putativo de Fuguet.

Querámoslo o no, las familias existen, y están ahí, hermanos, tíos, padres. Otros, sin ambigüedades ni complejos, comparten la tradición de un Lezama Lima, de un Neruda o Enrique Lihn por ejemplo. Raúl Hernández, en este libro al menos, comparte la atmósfera de los poetas objetivistas norteamericanos, y en Chile, de un Armando Uribe Arce, Claudio Bertoni o Millán, que han hecho del poema breve su quintaesencia. Y todo esto, sin trauma, sin angustia, pues estamos hablando de Raúl Hernández, poeta chileno que maneja de manera lúcida el filtro de la inteligencia, de la poda y el andamiaje.


“Lo bueno, si breve, dos veces bueno”


¿Lo bueno, si breve, dos veces bueno? Está claro que no siempre es así. Todo es según según. Pero en el caso del libro que ahora comentamos, este famosísimo aserto o sentencia de Baltazar Gracián, le da en el blanco, cae de cajón.

Poemas Cesantes, un tipo o estilo de poesía que no deviene canto, o, como decía el amargado Lihn, en un corrillo de vacaciones. No encontrarán aquí tampoco una fiesta sonora ni una entronización de la aliteración, como se da por ejemplo, en estos versos de Miguel Naranjo, excelente poeta chileno que nadie pesca: “no desertar de atacama el desierto no más cruzaré conmigo a cuestas pampas valle punas / sin chachacoma coca chicha challa ni mi palomitay”.
No, aquí no hallaremos sonoridades aimaraes o gongorinas. Con sus poemas de un laconismo extremo, breves y concisos, Raúl Hernández parece de la estirpe de los nacidos en Laconia, país de la Grecia antigua, ya que el hablante de sus poemas, y en específico estos poemas, es un hablante escueto, seco, estricto. Esta no es una poesía enfática.

Ezra Pound, el autor de uno de los poemas breves más famosos (“In a station of the metro”), en su manifiesto imaginista de 1909, afirma: “Es preferible presentar una “imagen” a lo largo de toda una vida que producir obras voluminosas.” Estoy seguro que en Poemas cesantes, el lector se maravillará ante el hallazgo de más de una imagen.

El poema breve, como el chiste corto, se caracterizan desde siempre por el acto de una acción de significado retardada, tanto en el pensamiento como en la sensación del oyente. El chiste corto, el poema breve, hace click en nuestras cabezas sólo después de unos segundos, después de un rato o luego de una segunda lectura. Por supuesto que con esto no quiero decir que la vulgaridad de un chiste corto (genitalidad incluida casi siempre) sea comparable a la magia de un haykú, pues estamos hablando de mundos lingüísticos absolutamente diferentes. Mi analogía sólo tiene que ver con cierto mecanismo y efecto que se corresponderían en ambos ejercicios, pues aunque los dos puedan dar la hora, un reloj suizo jamás será un “water resist” coreano, hecho de plástico desechable y veraniego. Discúlpenme los coreanos.



Contexto topográfico de estos Poemas cesantes

Creo haber hablado ya de estos textos como una práctica del objetivismo norteamericano, pero habría que agregar, que también practican la sensualidad del haykú japonés. Ambos techos o contextos bien logrados, textos bien logrados....textextex textos, textos. La palabra texto, ¿qué nos ocurre con la palabra texto? ¿nos agrada, nos desagrada? Jesús, perdón, Raúl Zurita la odia, los universitarios pedantes la ocupan harto, ¿dejaremos de usarla por eso? No, por respeto a Roland Barthes y su “Grado cero de la escritura” y sus ensayos acerca de la fotografía y la literatura, no dejaremos de usar la palabra texto, texto, texto.

Sigamos. El periplo o viaje, inmóvil o transeúnte, del personaje protagonista de este libro, te hará pensar en un mapa, específicamente el mapa de Santiago, o del “Gran Santiago”, como le gusta pronunciar y llamarle ahora a nuestro rey Ricardo Miterrand Lagos, junto a su casta tecnócrata de súbditos refocilados, y que ahora pretenden seguir mamando de las tetas de una gordita.

La Topografía de estos poemas cesantes: el barrio sur, Franklin, Santa Rosa y sus desolados paraderos, la Avenida Sebastopol. Y de provincia: Cartagena, Las Cruces, Valparaíso.

Sí, ya sé, Plaza Italia pa rriba plaza italia pabajo, pero qué le vamos a hacer, ahí está. Sólo imagínense un rato, arriba de un helicóptero o un aeroplano, sobrevolando Santiago. Fácil cachar desde el aire la famosa mala distribución del ingreso y los desiguales planes urbanísticos. Avenidas hiperiluminadas, prodigiosos jardines y áreas verdes por un lado; calles lóbregas, mal iluminadas, hacinamiento, pobreza y vastos rincones de sitios eriazos y maleza por el otro.

He aquí también el uso de la toponimia como recurso irónico, pues fíjense en los nombres, que al igual como en la novela póstuma de Bolaño, cuando este habla de las maquiladoras o fábricas textiles, en Poemas Cesantes tenemos, por ejemplo, el salón unisex “Led Zeppelin”, el bar “Johanny” o el “Of Willy Bar”. Todos lugares con nombres gringos.

Santiago de Chile, Ciudad de México Distrito Federal. Latinoamérica está repleta de estos carteles o topónimos gringos en las calles, sobre todo a sus afueras. Ya lo dijo el poeta Jorge González hace tiempo: “Latinoamérica es un pueblo al sur de....” Al respecto, una salvedad, habría que señalar que lo más decente, lo más digno de Estados Unidos en estos momentos, no es su colonia hispana y guayabera de Miami ni el guatón Francisco. Lo más decente, la reserva espiritual actual de E.E.U.U tiene nombre y apellido: Noam Chomsky.

Estos poemas hablan, también, de cuando uno anda sin niuno, de cuando uno es enano y anda sin niuno, por ejemplo, ante la máquina de torniquetes del metro, donde los de la “tierra media” pueden o intentan pasarse por abajo. Cito el poema: Con mucha delicadeza / y cuidado / y sin que nadie se de cuenta / cruzas agachado / la máquina de torniquetes / del metro.

Hace más de dos mil años, la primera poeta del mundo, Safo, también presentaba a su hablante de manera sutil e irónica. Cito: “Imposible / Tocar el cielo no pretendería yo, con mis dos codos de estatura.” Estas dos líneas tienen mucho de autorretrato, pues, como se sabe, Safo fue, en lo físico, menuda y bajita. Causa gracia el poema de Hernández, pues uno no se imagina fijándose en ese tipo de detalles a escritores “de la talla” de un Pablo Torche, ese joven y agudo narrador chileno, autor de los libros de cuentos “Superhéroes” y “En compañia de actores”.

Cómo hablar de la precariedad, del estado indigno del que no tiene dónde ir porque no hay plata, en definitiva, cómo hablar de la pobreza, pero sin reclamar, sin llorar. Bueno, los textos de Raúl Hernández que hoy salen a la superficie logran aquello. Cero queja. Estos Poemas Cesantes son como una angustia hecha cubitos de hielo, son poemas cool, fríos, como el sonido del saxo alto de Lee Konnitz. Esta poesía está facturada con una fría inteligencia, pero con el cálculo de la emoción.

Cesantía rima con carestía. Los poemas, como los cesantes, siempre serán deficitarios, enclenques, económica y socialmente inválidos. El lenguaje es inválido. Y esto lo sabemos pre, gerundio o post-Wittgenstein y su famoso “Tractatus”. Los poemas son cesantes por antonomasia, pero dentro de nuestro tiempo horizontal, son la más bella ociosidad, deteniendo y creando un tiempo paralelo, o como diría Bachelard, un tiempo vertical.


El cesante, como el poema, no están sujetos a la rueda del eje productivo, su condición es el de la invisibilidad, la inexistencia. La poesía es marginal, siempre lo será. A nuestras sociedades libre mercadistas le incomoda, no saben qué hacer con ella, por eso la ignoran, o la esconden, sencillamente no les gusta, como tampoco les gusta divisar, pasados los Mall y los Hipermercados, aquellos blocks de viviendas básicas o aquella basura o maleza que se encuentran y se acumulan, en las orillas o a las entradas de nuestras antisépticas carreteras concesionadas.

El cesante, una cifra para las estadísticas regional y nacional, el poema, ni siquiera una cifra. No sé en qué pensar cuando la poesía se me presenta como un acto resignado. Terrible constatación, terrible verdad de estos poemas cesantes. Y bueno, la poesía no sirve para nada, para nada práctico al menos, pues a pesar de su clave secreta, la carilla de un poema no nos permite sacar dinero de un Redbanc. Pero la cuestión es que también pensamos lo contrario, que la poesía es de lejos, la mayor riqueza, inclusive en su mudez y maleza, en su afirmarse o sostenerse de aquellas muletas artificiales en las que se ha convertido el lenguaje, un lenguaje gastado, corrupto, musgoso, como la pata de palo del pirata.

Habría que señalar, finalmente, que se agradece la poesía sin estridencia, humilde, breve, sencilla, el ejercicio de la imagen y el instante, que en este libro al menos, practica el poeta Raúl Hernández. Envidiamos y admiramos su mirada, sutil, fina, su foco de atención, el zoom preciso de sus poemas objetivistas.

Digamos que el trabajo poético de Raúl Hernández
es pulento,
y no se hable más.