lunes, mayo 12, 2008

IRSE ES MORIR UN POCO


Desaparecer, marcharse, irse. “Decir adiós es crecer”, dice Gustavo Cerati en su canción Adiós. Pero crecer es imperecedero y fatal, bien lo saben la araucaria y las casas antiguas. Estirar ramas o maderos podrá ser una concreción hacia un absoluto inocuo, pero demacrante. ¿Por qué no despedirse hacia adentro? ¿Un infra adiós? ¿Una salida por la puerta trasera?

J.D. Salinger luego de escribir sus libros El guardián entre el centeno y Nueve cuentos decidió hacerse a un lado y desaparecer, ocultar sus formas, pero no sus letras. El precio no importa, lo que importa es la lejanía impuesta de forma aplicada, asumiendo la exacerbación llevada al límite, espantando a los visitantes con tiros de escopeta. ¿Y por qué despedirse? La obra, por sí sola, no responde a esta pregunta, y queda tendida en la hamaca de la historia, zigzagueando frente al viento de las bibliotecas. Juan Luis Martínez habla de la imagen velada del autor. La desaparición del poeta en pos del limpio aullido de la obra. Incluso escribe ese genial poema La desaparición de una familia como un instante de continua perpetuidad, en el cual el lector se somete a la fragmentación dubitativa, como un puzzle al cual se le pierden de a poco sus piezas, día tras día, haciendo que el paisaje cada vez sea una región en el mapa al cual le han quitado territorio. La desaparición será esta vez la despedida del autor que tacha su nombre con alevosía.

Y al mismo tiempo que planifico mi despedida, comienzo a escribir una novela: Adiós. Así se llama el libro que estoy escribiendo. Y claro, no sabía de la canción de Cerati hasta ayer, que la escucho de improviso. Pero finalmente no creo que termine este libro. En un continuo ir y venir de ideas, me he dejado llevar por el abandono. Y no es el abandono de un buque, sino que el abandono de un cuerpo, como un estado de sitio. Todo lo próximo de igual modo llegará, quién sabe. A veces, es bueno ser un alga a la orilla del mar y dejarse llevar por el oleaje de la vida. Recuerdo la obra de Tennessee Williams, Háblame como la lluvia, en donde la chica protagonista intenta irse, describiendo toda la vida que vendrá más adelante en el litoral, en la casita, con los libros, en esa otra vida que no acontece porque nadie sabe de ella. Al no saber, no se conoce y no se siente. ¿Quién me conoce? Las mismas personas que ya no me volverán a ver.

Decir adiós entonces es no acaecer, no suceder. A esta altura, todas las desapariciones son esperadas, como una llegada al revés. Ir retrocediendo, hacia atrás, caminando hacia atrás por la ciudad, subiendo las escaleras hacia atrás, entrando por la puerta hacia atrás, sentarse en la cama y dormir. Cerrar los ojos y no recordar ni añorar. Caer, sólo caer por la ventana, y despertar. Mirarse en el espejo y no verse. Ser invisible.

Es así como “no estar” será permanecer en otro sitio, otro estadio de existencia. Mejor no saber, no decir que se sabe, no decir que se sabe lo que no vale la pena decir. Mi novela, a esta altura, debe estar aburriéndose. Sus personajes, conversando entre ellos, después de verse a los ojos y desconfiar. De envidiarse y odiarse y nuevamente marcharse, irse, como quién se va. “Alguna vez, alguna vez tal vez, me iré sin quedarme, me iré como quien se va”, dice en un poema Alejandra Pizarnik, quien vuelve de vez en cuando con su verso otoñal. Luego llega el momento de las caricias y saludos previos antes de ser intangible. La puerta no se cerrará de golpe, sino que será cerrada levemente, con mucho cuidado, sin que nadie se dé cuenta. Es mejor tratar las cosas vacías con exceso de cuidado. Las cosas importantes, es mejor descuidarlas (¿Era así el consejo que leía Ghost Dog en la película El camino del samurai de Jim Jarmush?).

Decir adiós es desaparecer. Un abrazo de despedida será sombra de personaje en mi novela. Y el autor también desaparecerá, de improviso, fulminantemente. Dirá adiós, con un balbuceo tímido de domingo. Hasta que todo se oscurezca.

jueves, mayo 01, 2008

REENCONTRANDO A MAHFUD MASSÍS


Hace algunos años leí por primera vez algunos poemas del poeta chileno Mahfud Massis en su Antología (Editorial Dialit, 1990) que compré en un cajón de saldos. Este libro publicado en Venezuela (lugar de exilio del autor) fue mi acercamiento inicial del cual no guardaba fanáticas nostalgias. Si bien consideraba de gran calidad el corpus poético recopilado en su antología, no veía con grandes ojos enamoradizos los entretelones de la imaginación de Massis. Ahora, años después, me reencuentro con su obra luego de una visita que realicé a San José de Maipo, lugar en el que un amigo, el escritor Juan Pablo Yáñez Barrios (de abuelos gloriosos: Eduardo Barrios y Juan Emar), me obsequió el libro Elegía bajo la tierra (Ediciones Polémica, 1955), el que leí con premura después de bajar de la cordillera.

Pero antes de comenzar los 27 poemas de Elegía bajo la tierra, el poeta Massis escribe un prólogo (Palabras en el muro) en donde plantea su visión obsesa sobre el tema de la muerte, situándose este como leit motiv escritural: yo opto por el hecho poético cruento, que persiste en la memoria con la violencia de su impacto emotivo.

No queda duda, desde el primer poema, que la transfiguración a la que alude en el prólogo se adentra en una visión en que las imágenes se vuelven erráticas conciencias que transmutan. Poemas que sacuden el seso muerto de la nada y navegan como apariciones viscerales. Existe una mitología palpable dentro de cada acontecimiento que son estos poemas pensados como extractos independientes de una obra global. Cada poema es una historia sublime de funestos sucesos, disímiles estertores de una realidad de tibia calma espectral. Los factores de riesgo son la premisa en el esqueleto del poema.

Y está ese adjetivo: obscuro (como en “Los hombres obscuros” de Nicomedes Guzmán, otro libro obsequiado en la inminencia tangible de la niebla). Decenas de adjetivos de increíble destreza y maestría que sucumben en declaraciones elegíacas como: Estoy muerto, pero me crece la barba o Cómo amarte si estoy leproso, negro, desencajado. Toda esta sombría belleza fúnebre se traslada a sucesos en el cual la voz poética toma posición de hombre frente al mundo y sus aterradoras y afortunadas imprecisiones: Paseo mi espanto por la ciudad; el guardia del cementerio me reconoce, los vagabundos, los azules gusanos de la noche, los monos borrachos bajo la lluvia, pues soy el mamarracho sideral cargado de magnolias y plumas de gallo.

Esta obra bien podría ser la muestra de una visión subterránea conciente, desde su creación hasta su identidad visual, pero que también alista fuerzas hacia una búsqueda intrínseca de lo oscuro y quebrantado. Es así como se plantean estos poemas de mediados del siglo XX, como nuevos estratagemas de una poética inesperada que trasciende la voz, carcomiendo cada página de tibia imagen alucinada.

Conceptualizar un libro es un trabajo estoico que siempre recae en experiencias designadas por un pacto secreto con la palabra. Esta palabra que se inicia con la imagen a retratar y que se manifiesta en la obsesión del poema. De este modo nace un libro que se piensa con la ceguera final del descalabro y que se sitúa al medio de un puente zigzagueante.

Acercarse a la obra poética de Mahfud Massis siempre será entrar en un mundo aparte de sensaciones y delirios, nuevas formas de comprender el laberinto humano. Sus libros, de inédita riqueza, son difíciles de conseguir y, en la actualidad, se encuentran en condiciones dispersas entre bibliotecas y librerías de viejo. Su obra Leyendas del cristo negro (1963) es el gran trabajo que hizo de su destreza sublime una marca inigualable en la historia de la poesía chilena. Hoy, escribe elegías bajo la tierra.

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Para leer el libro, en:
http://www.memoriachilena.cl/mchilena01/temas/documento_detalle.asp?id=MC0017626