viernes, agosto 29, 2008
miércoles, agosto 27, 2008
LAS ILUMINACIONES

Luego de una temporada en el infierno, las iluminaciones. Arthur Rimbaud pudo generar este matrimonio entre el cielo y el infierno, como William Blake, conseguir esta nueva etapa. “¿Poeta joven? Rimbaud era poeta joven” me diría el escritor argentino Enrique Fogwill luego de conversar con él, y presentarme así en el Centro Cultural de España, por ahí a principios de este siglo.
También recuerdo, desde no se donde: Sólo los maravillosos ven cosas maravillosas, los demás, ven puertas, casas, ventanas. Es ese estado maravilloso el que aparece de pronto, así, de la nada, como la luz de un automóvil que ingresa a un pasaje. Silbar por los caminos siempre será el mejor soundtrack de este entorno sublime. Los perros ladran con bondad, los ciclistas miran para ambos lados.
Y no será esa búsqueda de limpieza clara y silenciosa la que enderezará la Torre de Pisa. No, la torcedura y su fractura tendrán el correspondiente espasmo, y así también la calma, el té de medianoche, una tarde primaveral que se avecina. Busco y aparecen flores, estrellas fugaces, gatos negros que arrancan y miran hacia atrás. Nadie sabe de esto, nadie esta atento al submundo de las emociones cautivas. Eso es imperecedero y pasa a ser un lugar común. ¿Dónde estás esta noche? En éxtasis mental, en marcha, con magos y acróbatas, trapecistas, hombres bala, enanos, payasos y beldades sumisas, las cartas y el comodín de cada semana. Estoy leyendo un poema ahora que habla de los caballos en una despedida, caballos sueltos que aparecen de la nada, aquí, soy un personaje más del Lagar de Don Quijote. A veces, los floreros rotos se pueden pegar con poxipol, y quedan re bonitos, con una pintura nueva y un tulipán colocado por una mano misteriosa que aparece en esta escena.
Nombrar es quitar, iluminar es avanzar sin impedir, sin decir, sin contar. Tú estás ahora tomando un café, yo estoy aquí, de pronto, en La Unión, y me encuentro con espejismos y sempiternas sospechas, avanzo y encuentro una flor de amaranto, encuentro un libro arrojado a las estrellas, un libro que podría ser de papel invisible, y esas voces, esas palabras vendrían a ser tu voz apelando al comienzo de una mañana lluviosa, lluviosa, como el vestido del invierno. Y todos los mensajes que aparecen en las paredes, todas las sombras son ahora una iluminación que acontece y aparecen magnolias, buganvilias y besos de cereza. Duraznos en flor y matorrales en estricto desorden. Ya volverán los pasos en el camino, volverán las poleras de feria persa, la ausencia de toda prontitud. La perfección del amor incoherente.
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos, diría Cesare Pavese. Esa muerte puta, diría Oliverio Girondo. Vendrá, claro, pero luego de toda esta montaña, allá, a lo lejos, no desde esta visual, dando la espalda, tirándole gomitas al cielo con Eddie Brickel and the New Bohemians. Si, vendrá eso que está presente, pero después, más tarde, con la irresponsabilidad de quien deja abierto un refrigerador, por que viene alguien a buscarte, para ir allá, a conversar de nada, mientras pasa nada, esa nada que ilumina, y no es el aburrimiento de personaje de ciudad, es otra cosa, es un estilo de energía, una caricia al viento, un paseo por el barrio perfumado, esa nostalgia del futuro que bien aconteció Jorge Teillier, esa belleza eterna, belleza de pronto, la magnitud de un cuadro en el Museo del Prado, y salgo casi cayendo como una piedra arrojada al despeñadero.
También recuerdo, desde no se donde: Sólo los maravillosos ven cosas maravillosas, los demás, ven puertas, casas, ventanas. Es ese estado maravilloso el que aparece de pronto, así, de la nada, como la luz de un automóvil que ingresa a un pasaje. Silbar por los caminos siempre será el mejor soundtrack de este entorno sublime. Los perros ladran con bondad, los ciclistas miran para ambos lados.
Y no será esa búsqueda de limpieza clara y silenciosa la que enderezará la Torre de Pisa. No, la torcedura y su fractura tendrán el correspondiente espasmo, y así también la calma, el té de medianoche, una tarde primaveral que se avecina. Busco y aparecen flores, estrellas fugaces, gatos negros que arrancan y miran hacia atrás. Nadie sabe de esto, nadie esta atento al submundo de las emociones cautivas. Eso es imperecedero y pasa a ser un lugar común. ¿Dónde estás esta noche? En éxtasis mental, en marcha, con magos y acróbatas, trapecistas, hombres bala, enanos, payasos y beldades sumisas, las cartas y el comodín de cada semana. Estoy leyendo un poema ahora que habla de los caballos en una despedida, caballos sueltos que aparecen de la nada, aquí, soy un personaje más del Lagar de Don Quijote. A veces, los floreros rotos se pueden pegar con poxipol, y quedan re bonitos, con una pintura nueva y un tulipán colocado por una mano misteriosa que aparece en esta escena.
Nombrar es quitar, iluminar es avanzar sin impedir, sin decir, sin contar. Tú estás ahora tomando un café, yo estoy aquí, de pronto, en La Unión, y me encuentro con espejismos y sempiternas sospechas, avanzo y encuentro una flor de amaranto, encuentro un libro arrojado a las estrellas, un libro que podría ser de papel invisible, y esas voces, esas palabras vendrían a ser tu voz apelando al comienzo de una mañana lluviosa, lluviosa, como el vestido del invierno. Y todos los mensajes que aparecen en las paredes, todas las sombras son ahora una iluminación que acontece y aparecen magnolias, buganvilias y besos de cereza. Duraznos en flor y matorrales en estricto desorden. Ya volverán los pasos en el camino, volverán las poleras de feria persa, la ausencia de toda prontitud. La perfección del amor incoherente.
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos, diría Cesare Pavese. Esa muerte puta, diría Oliverio Girondo. Vendrá, claro, pero luego de toda esta montaña, allá, a lo lejos, no desde esta visual, dando la espalda, tirándole gomitas al cielo con Eddie Brickel and the New Bohemians. Si, vendrá eso que está presente, pero después, más tarde, con la irresponsabilidad de quien deja abierto un refrigerador, por que viene alguien a buscarte, para ir allá, a conversar de nada, mientras pasa nada, esa nada que ilumina, y no es el aburrimiento de personaje de ciudad, es otra cosa, es un estilo de energía, una caricia al viento, un paseo por el barrio perfumado, esa nostalgia del futuro que bien aconteció Jorge Teillier, esa belleza eterna, belleza de pronto, la magnitud de un cuadro en el Museo del Prado, y salgo casi cayendo como una piedra arrojada al despeñadero.
Veo cosas maravillosas, en estado maravilloso. Sin tapar la oscuridad, por que esta vida nocturna es la causa de toda melancolía adorable, solo un deseo extraviado, un voto para el presidente del tango, un cigarro que cae en la boca de Pizarnik, un organillero que recibe la moneda de mañana, ese mañana disperso, extraño, sin orden ni complacencia, ese error hermoso de la mezcolanza y el sin razón. Hablar con Pepi, Lucy y Bom en la mensajería del correo electrónico. Arrojar la challa al espacio sideral. Hablar con alguien que no conoces, dentro de un sueño, y no ves el rostro, por la luz, por la luz de la iluminación, de la iluminación de quien ha sufrido de verdad y ya no es parte de las sombras. Una conversación de bares y chinganas, con el conductor del último ascensor a la luna.
miércoles, agosto 20, 2008
martes, agosto 19, 2008
SOPLANDO UN REMOLINO DE PAPEL

No puedo dejar de subrayar mentalmente e invisiblemente la novela Intimidad de Hanif Kureishi. Es un atentado a la honestidad. Aunque es evidente que no todas las circunstancias son iguales y tienen el mismo color, la esencia de leerte a ti mismo, ahí está, como un cartel gigante en la carretera.
Es un trabajo todo esto, claro está, nunca dejamos de trabajar. Las personas tienden a pasar de un momento a otro, de ser algo importante a algo que no lo es. Todas las perspectivas unificadas y variadas al mismo tiempo, que se pierden y atrapan como una puta asesina o una lluvia de acordeón. Mirarse al espejo es algo extraño, ese egoísmo piadoso, en el momento en que te percatas de que estas conversando contigo mismo, ahí, en la esquina de la nada. Y luego el dolce far niente, la mesa preparada a la hora del rayo verde. En los pasajes multicolores del barrio. En la punta de un sillón invernal, en una eterna fuga que conlleva el equipaje de la medianoche iniciada tras un trago de vino y apareces saltando desde el puente, en el benji de tus pensamientos.
Y existe el traslado, a donde ir. Los maletines quizás debieran estar siempre a la mano. Una mujer atrás. Una mujer atrás de un vidrio empañado. Pero no. Mejor no hablar de ciertas cosas. Me traslado y hay un nuevo sueño arrabalero, una nueva fotografía de callejones y ventanas semi abiertas. Pero hay también maleza, hay también un rompecabezas incompleto, hay que traspasar esta arena movediza. Se entra entonces como cuando se entra a un tornado, sin pedir permiso, de bruces, sin respirar. “Maleza / y respectiva incógnita tras la maleza” leo en el libro Veteranos del 79 de Natalia Molina, mientras salgo del metro Cumming. Todas estas imágenes se pierden en los rincones de un sofá, un sofá entregado al basurero del día domingo. Lleno y exageradamente lleno. Como si todo esto tuviera un olor, como si uno dijera: azul, y ese azul tuviera un olor, que se asimila, y se encuentra en el medio de la búsqueda, con los ojos cerrados. Maleza, y respectiva incógnita tras la maleza.
¿Y de donde vienes? ¿De la noche? ¿Del exceso y el extravío? Yo he estado preguntándome esto, en una plaza donde aparecen flores, de pronto, en los rincones del trasnoche, y se pierden, y de pronto todo es una canción de Morphine, una canción que se entiende, aunque esté en ingles, se entiende, se logra percibir el suceso, como un olor, tú sabes, un olor. ¿La lluvia, cual es el idioma de la lluvia? Es musical, cada pincel arrojado de súbito es una tecla que arranca y suena, arranca y se anula al mismo tiempo, por necesidad, como la muerte de una abeja que no pudo evitar el pinchazo maligno. Así, así es el idioma de la lluvia. Signos de exclamación melotronicas y la vieja esta en la cueva. Los pajaritos cantan. Paso a paso, la maleza, las maletas, las estrellas fugaces. Una escena de cuarto, discos, bolsos de viaje, un sombrero, una botella de vino, mate, una caja musical, un espejo, el cuadro de Jean Michel Basquiat. También podría estar el cuervo de Poe, que aparece cuando llueve y de pronto estoy en la escalera del cerro Cordillera y miro hacia atrás y hacia adelante y veo estas maletas que caen sin querer caer, sin poder evitarse, como la lucha de un alce alcanzado por la inmensidad del leopardo. Con un grito hacia dentro y cada golpe de cuero marchito es un polvo mezquino arrojado al puerto. Cada caminata suscitada a partir del extravío es una llegada a la circunstancia duditativa. El amor ya no existe dentro de esa Intimidad de Hanif Kureishi y miles de personas que caminan en esta ciudad se pasan a llevar, se miran y se olvidan al mismo tiempo.
Miro por la ventana y veo el trapecio de cada día. A esta hora, sólo podría hablar del beso de la mujer araña, las boquitas pintadas o el pubis angelical. Soplando un remolino de papel, en la cornisa del invierno.
martes, agosto 05, 2008
SUEÑA UN PEQUEÑO SUEÑO
Todo podría ser hermoso, como la ropa tibia y planchada que entrega una lavandería. O como el perfume de una tarde primaveral o un beso de improviso. Todo podría ser como una vida asentada, ese amor tan seguro, la mascota que llega corriendo. La ciudad es hablada en los celulares y los automóviles y las personas son parte de lo torrente y sanguíneo. Tomo mate, y cada sorbo es un tsunami que inyecta el gen disociado. Todo un corazón disléxico partiendo hacia la muchedumbre.
Y entonces sueño, la máquina funcional de la mente crea sin vergüenza realidades múltiples que parecen ser la realidad, pero que no lo es, y a veces lo es y no lo es al mismo tiempo, cuando sabemos que estamos soñando pero de igual modo dejamos abierto el grifo de la imaginación. Imaginar una vida plena, con objetivos, metas, todas esas exactas y matemáticas idioteces que generan un vínculo con la sociedad. Esa vida tangible que es un cronograma analítico sin azar ni casualidades. Entonces, si nos ofrecieran la pócima del sueño, esa de la película Abre los ojos de Alejandro Amenábar, si nos ofrecieran vivir una vida, un sueño comprado que sucede tal cual lo añoramos, pero que no es real, pero parece, y no te das cuenta, y funciona, a cambio de una vida terrible y desfigurada. Si existiera esa posibilidad, solo quedaría negarse a ello como se niega a un pastel el chef obeso de un restaurant. Los sueños funcionan solo como eso, como un sueño inequívoco, lúdico, fragmentado y sutil. Como un juego eterno de paletas en la playa, cuando todos sabemos que comienza a enfriar la noche, y hay que abrigarse y subir.
Es así como soñar será estar cerca de algo y no estarlo, tocar y no tocar, estar tan lejos y tan cerca, que es mejor no iniciar el cambalache insistente con la realidad. Todo lo que se sueña podría ser real, pero al ser real, deja de ser oculto y titilante, y comienza a ser nombrado, con todo lo que perjudica y tropieza. Será mejor no nombrarlo, no decir, esquivar, adolecer, ya que las palabras son acciones y provocan acontecimientos. Una vez pronunciadas, no puedes retirarlas dice el protagonista de la novela Intimidad de Hanif Kureishi. Intimidad, esa profunda estancia que puede salvarte de desaparecer, esa relación que supone confianza, arraigo y cuasi plenitud, ese momento previo al desvarío, ese inminente ocaso de quien no estará mas cerca de la torcedura. En la intimidad, sucede la charla del trasnoche líquido y sangriento, los abrazos en blanco y negro, el exacto minuto en que el entorno desaparece. Soñar en una intimidad mínima, el bien y el mal juntos en la misma escena.
Pero soñar también será estar en un estado de añoranza que no sirve mucho a esta altura de la niebla. Tú puedes ser un sueño, yo puedo ser un sueño. Es preferible la realidad y transformar ese sueño, si se quiere, en una realidad ensoñadora, una escena de cuarto con los rayos de sol entrando por las cortinas, escuchando alguna canción de The Birthday Party, saltando en la cama elástica de este circo multicolor, y de pronto el tango, y los bailarines de tango en medio de la calle, y la gente saliendo de sus casas, y los automóviles deteniéndose y toda la luna con sus cachos hacia arriba y esa estrella fugaz que me mira y se ríe y ese tango que ahora es milonga y las piernas y los brazos y la danza que no termina y así, piantao piantao, loca ella, loco yo, saltando y teniendo una convulsión y de pronto no saber si todo esto es realidad. Y es realidad, es la fina y caustica realidad. Y despierto, y todo era un sueño en donde yo estaba pidiendo un menú en el restaurant, pero estaba acostado en el suelo, pidiendo mi almuerzo desde el suelo, sin levantarme ni saber por qué no podía levantarme, como ese video de Radiohead que no sé como se llama, y de pronto no llega mi pedido y me levanto, me marcho, me voy a Las Cruces, Cartagena o San Antonio, algún lugar del litoral central. Y despierto. Estoy soñando que sueño. Estoy despertando dentro de un sueño en donde sueño que estoy despertando. Estoy solamente pensando en la azotea de un edificio en llamas. Y despierto. Despierto nuevamente. Y ahora estoy caminando por el Barrio Gótico de Barcelona, y hace frio, y escucho un instrumento musical extraño, como una campana en el suelo, extraño, extraño, y hay alguien que me busca pero yo no se que me busca, solo intuyo, quizás aparece detrás de las escaleras, y no encuentro a quien me busca y despierto y estaba soñando y ya no sé que es soñar y que es despertar. Despierto, esto no es un sueño, esto no es un sueño, mil veces esto no es un sueño. Y despierto. Un espejo roto en el suelo. Una mano tibia en mi rostro. Un fantasma tras la puerta. No se si es realidad. O quizás sólo un niño que grita a lo lejos y que me despierta. Un salto en el precipicio del silencio. Aquí, atascado en un pequeño sueño, como una espada en una roca.
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