miércoles, diciembre 16, 2009

LA GALERÍA DE DANIEL MORÓN


Cuando era niño mi padre me llevaba a ver los partidos de Colo-Colo los días domingo, quizás heredando una tradición en la cual mi abuelo también llevaba a mi papá a ver los partidos donde Carlos Caszely era el protagonista. Cuando comencé a ir al estadio, siempre me llamaba la atención aquel arquero de camiseta amarilla, al cual todo el estadio vitoreaba gritando: “Morón, Morón”. Era el portero argentino Daniel Morón, apodado “El Loro”. Recuerdo que hace muy poco se había inaugurado el Estadio Monumental y la cabellera del arquero era eternamente visible en la cancha.
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Siempre voy a recordar un partido en el Estadio Nacional donde Colo-Colo perdía con la Universidad Católica por la “cuenta mínima”. Era el último minuto del segundo tiempo y el arbitro da un tiro de esquina para Colo-Colo. Todo el equipo se fue al área de la Universidad Católica y de pronto vi a Daniel Morón correr desde su arco para ir al “corner”. Claro está, dejando abandonado su arco. Este acto casi suicida dio resultado pues Morón logró cabecear el tiro para que otro jugador hiciera el gol que haría explotar al estadio. “El Loro” ya no era un héroe, sino que un superhéroe, condición que fue sellada con su participación en el logro de la Copa Libertadores el año 1991.

Casi 20 años después nace la iniciativa de un grupo de artistas visuales de crear la Galería de Arte José Daniel Morón, quienes indican, son una galería de arte independiente, que carece de espacio físico, trabaja en desarrollo de propuestas participativas de autogestión, basadas en la utilización de sistemas, espacios y materiales de fácil acceso. El objetivo de Galería Daniel Morón es meditar sobre la identidad y la memoria local reciente. Galería Daniel Morón lleva el nombre del ídolo del fútbol Daniel Morón, ganador de la Copa Libertadores 1991, ídolo y representante de una generación de colores, triunfos y arcoiris, una generación auspiciada por Lada.

He podido estar presente en algunos de los proyectos de la galería, proyectos que vinculan la instalación de objetos referentes a las canchas de fútbol, zapatillas de cartón, pasto de cancha, la utilización del amarillo como color fundamental en camisetas, murales y dibujos. Es notable la participación del propio Daniel Morón en las actividades de la galería. Hace algunos meses celebraron el Día de las Artes Visuales en la Plaza Yungay, instalando un stand y un gran panel ilustrado con la ya insigne camiseta auspiciada por Lada. Niños y adultos participaron de esta actividad, dibujando, pintando y fotografiándose con el arquero.

Al pasar por la plaza pude conversar con Enrique Flores, gestor de esta galería, demostrarle mi agrado y darle mis felicitaciones por el proyecto. Y también, claro, pude fotografiarme con Daniel Morón. Si bien actualmente el fútbol no forma parte de mis prioridades, al estrecharle la mano y mirarlo a los ojos pensé en demostrarle lo importante que fue para mí en aquellos años de posters de Colo-Colo pegados en la pared de mi cuarto. Pero sólo le dije gracias. Gracias por los momentos heroicos y esas atajadas de lujo. Los amarillos recuerdos de la niñez.
Artículo publicado en www.escaner.cl

miércoles, diciembre 02, 2009

martes, diciembre 01, 2009

Polaroid


Edición bilingüe español - alemán
Lanzallamas Libros, 2009

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¿A QUIÉN AMA GILBERT GRAPE?

Ama, cuando no se ama,
y se sabe cuando nacerá
ese atardecer resplandeciente.

Pero qué se puede saber
cuando estás inmerso en la dislocación cotidiana.

Llegas a ver a tu familia
y quemas la casa de siempre.

Las personas te miran y saben
que estás a un lado del abismo
pero no te importan
las memorias y las fotografías.

Y piensas que el amor se sufre para que sea tal
si no es sólo hoja seca de vereda
carcomida por el tiempo y la derrota.

Vamos a saber
a quién ama Gilbert Grape
cuando se vaya en el furgón de su chica
y nos quedemos atentamente viendo
el solitario huracán de su corazón.
xx
WEN LIEBT GILBERT GRAPE?

Er liebt, wenn man nicht liebt,
und man weiss
wann die strahlende Dämmerung geboren wird.

Aber was kann man wissen
wenn man in die alltägliche Entfremdung eingetaucht ist.

Du kommst, deine Familie zu besuchen
und verbrennst das Haus das sie immer bewohnte.

Die Leute sehen dich an und wissen
dass du am Rande des Abgrunds stehst
aber Erinnerungen und Bilder
bedeuten dir nichts.

Und du denkst, dass Liebe erlitten werden muss um Liebe zu sein
wenn es nicht nur ein trockenes Blatt auf dem Gehsteig ist
zerfressen von Zeit und Niederlage.

Wir werden wissen
wen Gilbert Grape liebt
wenn er im Lieferwagen seines Mädchens wegfährt
und wir zurückbleiben, aufmerksam
den einsamen Orkan seines Herzens beobachtend.

viernes, octubre 02, 2009

CONVENTILLO


El conventillo existe desde la aproximación de diversas familias que, con realidades muchas veces similares, se confunden y entrelazan en un patio o pasaje que sirve de encuentro inevitable entre personas obreras y cesantes. Aparece en la literatura chilena a partir de escritores como Nicomedes Guzmán, José Santos González Vera o Alberto Romero. Se vincula a una visión, una manera de mirar, hacia estos sitios carentes de todo protagonismo en la sociedad. De este acercamiento, de esta observación, aparece una propuesta teatral del Movimiento Artístico Del Fin del Mundo llamada: “Conventillo, la Cueca del Oprimido” que fue presentada durante el mes de septiembre en el Centro Cultural Matucana 100.

Por que sabemos que hablar de la pobreza con un cariz de formas únicas es complejo, más allá del destello de un placer de callejones. El conventillo retratado aquí se puede encontrar en barrios antiguos de Santiago (Yungay, Matta, Franklin, República, Club Hípico, Recoleta, Independencia, Quinta Normal, entre otros) y existe, en esta representación escénica, acercamientos valiosos a la estética reconocible de estos lugares. Los “palos” cruzados con alambres para colgar ropa, la llave para obtener agua, el volantín arriba del árbol. Es destacable la “artesa” para lavar ropa que en un devenir de situaciones queda transformada en ataúd en uno de los momentos mas notables de la obra. Porque ahí están las señoras “dueñas de casa”, el marido, los niños, el zapatero, y un sinfín de personajes que logran adquirir característica. El borracho, sin duda, con su canto, conduce hacia esos recuerdos.

Ahora bien, existe otro aporte que sin duda es fundamental y es la utilización de máscaras por parte de todos los integrantes de este movimiento artístico. Si se logra afinar el ojo de espectador, se logrará percibir ese gran trabajo detrás de toda esta puesta en escena, no sólo de investigación literaria y social, de predisposición en el espacio escénico (las graderías en los costados, que logra transmitir al público una sensación de complicidad, como si estuviera “acompañando” toda la historia), la danza como aparición fortuita y certera llena de magia y fundamentada relevancia, los músicos de acordeón, guitarra y violín. De este modo, las máscaras representan todo un trasfondo simbólico que existe y se huele en toda la historia entramada. ¿Quiénes son estos personajes sacados de fotografías color sepia? ¿Hemos visto alguna vez historias similares? Sí, son todos y nadie a la vez, son anónimos personajes y personas identificables. Cotidianeidad y oculto tránsito, escondida trashumancia, como toda pobreza, como toda carencia.

Logra conmover todo el trabajo de “Conventillo”. Demarca identidades que están ahí, volando, como un espectro huérfano que sólo está en retinas añejas difícilmente rescatadas en trabajos de dramaturgia actual. Si hay patrimonio en esta obra, es porque ha sabido funcionar como un prisma, que ilumina hacia todos lados lo aprendido. El conventillo en donde aparece una cueca de fondo, como en “Los hombres obscuros” de Nicomedes Guzmán, en donde se pregona a lo lejos, en el conventillo aquél: “dicen que las penan matan, yo digo no matan na, que si las penas mataran, yo me habría muerto ya”.

miércoles, septiembre 02, 2009

CÁMARA OSCURA


Abunda la desgracia. Se supone que uno debiera estar adormecido por la televisión o por los calambres de las portadas de los periódicos. Pero no, se puede estar atento a lo indeseable como en una fotografía de Diane Arbus. Hablar de esto compartiendo un café de doscientos pesos en el carro de alguna esquina, con colectiveros que a lo lejos divulgan el vapor de sus corazones. Se puede conversar en estos adoquines inclinados. Familias al borde del precipicio, historias que no forman parte de algún horóscopo. Toda aproximación al destino es una techumbre derrumbada. La lluvia merodea estas imágenes de ventanas polvorientas, closets semi abiertos, paseos fantasmales dentro del hogar.

Salgo a la calle y me encuentro con personas afectadas por sus calamidades. Se conversa de lo que queda, no de lo que se fue. Accidentes motores, enfermedades cíclicas, depresión. Ayudo a atravesar la calle a estas sensaciones. Nos miramos en las esquinas, como se miran los forasteros. Hermosos perdedores. Vuelvo hacia extraños sucesos impensados. Ahora camino y permanezco atento a lo que no se piensa, puede ser algo cotidiano. Todas estas fotografías de una cámara oscura. Miro hacia el cielo y mis sueños se quedan en la zapatilla que cuelga del tendido público.

Hace un tiempo comprendí el retrato de la perdición humana. Esa decadencia muchas veces oculta y simplificada en todo lo que se supone, nunca nos involucrará. Historias genuinas que están ahí, presentes y decidoras, como las conversaciones en una estación de tren. Esperando con maletas y chal, con un sombrero heredado. Con el polvo que adorna los pantalones y recuerdos que desaparecen entremedio de la gente. Una despedida o un encuentro. Conversaciones definitivas, con pálpito, con novedades pasajeras.
Recuerdo cuando era niño y miraba por la televisión esos campeonatos orientales en los cuales la competencia consistía en disponer un dominó tras otro generando distintas figuras multicolores que al empujar el primero se generaba el gran efecto visual en cadena que duraba un par de minutos. Todo ese trabajo para el desarme, siempre pensaba en eso. Toda una fracción de vida, de construcción, para finalmente lanzar todo a la borda en un escape de indagación. Quizás todas las historias fatales estén cayendo una tras otra como una competencia de dominó y debamos esquivar la demolición.

Ante todo dolor humano y pasaje oscuro del diario acontecer, siempre habrá una fotografía que arranca todo el suceso y lo transforma en un recuerdo comentable, que funciona como diapositiva dentro de la narración oral. Diane Arbus sabía muy bien que el impacto de un acontecimiento sucio y descarnado va acompañado inevitablemente por una imagen, una visión memorable que traspasa lo monstruoso del evento y lo sacude en finas experiencias complejas, los alambres de púas del camino. Como subir a la azotea de un edificio y ver a lo lejos un neón que dice Moon Palace mientras se incendia el garaje del barrio. Mañana serán otras fotografías los enfoques de toda esta calamidad. Un abrazo a lo lejos, al final de toda este pasaje. Una piedra lanzada a las estrellas. Un teléfono sonando en una habitación vacía.

miércoles, agosto 19, 2009

MIS COSAS FAVORITAS


He caminado y caminado. Estoy exhausto y me siento en una banca de la Plaza Yungay. Miro los niños jugar, los borrachos en el pasto, el roto chileno mirando hacia el cielo. Y pienso: hay que asumir las noches negras que zapatean al comienzo de esta avenida, concebir todos los recovecos de la historia, pañuelos que ondean en la madrugada. Las amadas descalzas a esta hora son historias que no brotan, como la breve tierra de las aceras. Se hace de noche y es esta oscuridad la que permanece abrazada al telón del propio deseo. No hay manubrio, se ha perdido el timón. La vida cruda de la irresolución eterna. Nada está seguro, todo porvenir es un disparo a lo lejos. No se puede arrancar: Darás tumbos como un estilo de baile, me digo al observarme en los espejos de las fuentes de soda.

Mejor no hacer planes, todo lo que vendrá será una poema de Leonard Cohen. En esta esquina no hay bromas ni silbidos de ciego, solo microbuses que casi atropellan al atravesar la calle. Ser traspasado por amores inconclusos que encontraron un poema debajo de la cama. Camino abrazado a una chaqueta sucia por apoyarme en las paredes. Cada pasaje tiene un precipicio y un rouge marcado con sangre en las murallas de mis sueños. Creo haber visto estas imágenes en los espejos de los taxis mientras los árboles escapaban de estos pensamientos. Vengo saliendo de los tugurios y me veo a lo lejos reflejado en los almacenes, tengo algunas monedas en los bolsillos, nada genial que merecer. Sólo historias de madrugada que hablan de fatales sucesos, la resaca de alguna protagonista que arranca de esta bondad malformada. En fin, colecciono desamores como un filatelista oscuro que duerme en los tejados y resbala por las canaletas.

La destreza del pintor pareciera ser una imagen de la esperanza: luego de pincelar todo futuro, se abren los caminos de una supuesta felicidad. Pero tomo los colores y los guardo con llave. Prefiero una vida en blanco y negro, aun sin los matices del magenta. Y retomo esta película, ¿En dónde íbamos? Sí, vamos a ver la luna por la ventana, alguien está allá esperándome. Vuelven las conversaciones de cuarto como un sinnúmero de daguerrotipos que permanecen en un armario, hablando de eso que se acaba de desvanecer. Lo bueno de perder es volver a apostar. Pero la vida se trata de otra cosa. La vida se trata de otra cosa parecida a ese pasaje silencioso que enmarca esta escena de caminatas o a la brisa fresca que entra por aquella rendija. Mejor tomar un café en el “Sol Inn” a esta hora de anotaciones en servilletas en donde también podría estar jugando un partido de ajedrez con la muerte.
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Podría estar escribiendo un libro que hablara de mi arrabal mientras cae una lluvia miserable. Seguir soñando despierto como el taciturno sonámbulo de mi diario de vida. O también podría, simplemente, estar mirando el cielo acostado de espaldas en la línea del tren. Con los ojos encandilados en la mitad de la vía. Pensando, en mis cosas favoritas.

miércoles, julio 29, 2009

AL FINAL DE LA ESCAPADA


Y aquí vas yendo a almorzar a “La Castellana”. Día sábado, entras al boliche y suena Cristina Rosenvinge en el wurlitzer. No sabes qué responder a esta señal. Buscas una mesa, te sientas. Cierras los ojos y comienzas a recordar. Aparecen escenas, flashbacks, instancias nunca duraderas dentro de esta película que te sabes de memoria. Has estado en la cuerda tensa equilibrando en el abismo hace mucho tiempo. Cómo no estar cerca del peligro cuando un ventarrón llega sin aviso y te empuja hacia la caída. Existe el truco de no caer, eso es sabido, pero un truco difícil de aprender. Abres los ojos y aparece el plato del menú.

Tú has estado en esa esquina que ves desde la mesa, esperando muchas veces la luz verde que camina. Has estado pensando en este invierno antes de atravesar la Avenida Brasil. De pronto, esta sensación es un mensaje de que todo futuro es una incógnita letal. Y el pasado, un tren que aparece de pronto y casi te atrapa, teniendo que saltar hacia el costado. Hace mucho tiempo que transitas estas veredas. Has paseado por este barrio todos los sueños que alguna vez tuviste en compañía. Las caras borrosas de las personas no dicen nada a esta hora, son neblina humana en permanente desaparición. Y existe un tramo del trayecto que está lleno de baches y tienes que saber saltar. Otra posibilidad es plantar la pisada con firmeza, sin importar las manchas del fango, porque no hay otra forma y así se adquiere la actitud de perder con cierto derecho a la fortaleza. De todos modos, está el bache y sabes que hay que asumir cada vereda.

Recapitulas todas tus emociones y sigues en marcha. No has acertado en tus vivencias, eso es algo claro. De pronto, miras tu entorno y participas de las esquinas en cameos invisibles donde los personajes ya no existen y solo forman parte de un afiche maltrecho. Nuevamente aquella película. Y piensas: Godard sabía que en el final Michel Poiccard tenía que morir. Por supuesto que lo sabía. Luego vuelves a abrir la puerta del cité. Llegas a casa y te plantas en la cama. Otra vez el afiche de Hopper queriendo imitar tus pensamientos. Son escenas calmas, pero con la tranquilidad previa del tsunami o posterior al terremoto. Sólo una oportunidad de ser algo similar al equilibrio perecedero, fotografías polaroid que van desapareciendo con el tiempo. Afuera llueve y hoy nadie sabrá algo acerca de sus seres queridos. Los antiguos sueños golpean tu ventana desde afuera, diciéndote que existen como fantasmas de papel. Sales a buscarlos y no hay nada. Eres toda una vida asomada por la puerta. Enciendes la radio y aparece otra canción hecha memoria. A esta hora sería mejor salir de toda película. Al ser delatado, no hay escapatoria.

De este modo, aparece otra escena y otra escena, te pones nuevamente tu chaqueta y perforas la noche con tu presencia. Miras el cielo y no hacia atrás, como una idea de abandono. Y recuerdas: Al final de la película Michel cae abatido por un disparo. Cae en la acera y ce´est fini. Mientras Patricia no entiende el balbuceo. Es tarde. Mañana volverás a pisar los adoquines. Ahora sólo posees esa leve tristeza como en el tango. Cuesta abajo en la rodada, en la pendiente, solitario y ya vencido. La película termina, al final de la escapada.

sábado, julio 11, 2009

OFICIO DE VIVIR (Presentación del libro de Eugenia Brito, Ed. Cuarto Propio)


Al adentrarme en este oficio de vivir, me encuentro con gestos que buscan un lugar, báquicas, convulsas, que contradictorias se ocultan y ruegan. Hay un demonio que mira con sorna y sin piedad. Hay locura y oraciones lóbregas como un cuarto sin ventanas ni puertas. La mujer cortesana y barroca, teme de su divinidad, cuando el perfume ya no es sabio ni calla lo que el cuerpo excede. La confirmación de su irrealidad la sepulta.

Esta convicta con los labios extremadamente finos, transitando las heridas y la sangre, pasea por la historia oscura. El habla es una cicatriz. Estar destronada como estar destrozada en la ciega noche. Delirando ante toda ceniza, cuando las calles son una fractura que hace de todo esto una declaración agonizante. Un lodazal cubriendo el mutismo secreto, ansiadas palabras que carcomen y tallan un cuerpo sin fe. La culpa, no la pena, la irremediable culpa.

Y cincelando los embates del dolor, se escoge de pronto, al unísono, el poema que nos arrastra hacia una muralla, como la amenaza de una estocada siempre profunda y fugaz, que logra una lágrima negra atrapada en el rostro del elegido. Los labios han sido profundamente dañados, como si este acto nos traspasara al fino evento del silencio. La carne de la boca es breve, pero los labios no forman silaba alguna. La ruta del deseo es un viaje letal, ambos signos han sido clavados en una piedra. La soga y el cadalso. La joven y el cautivo, son parte de todo este sacrificio.

Un cuchillo es parte del destino final de nuestro padecer. Así esparce las muecas elegidas por tantos caminos que son valles alucinados al despertar. De este modo, se inicia una acuarela funesta y certera, ante toda esta ceremonia del estremecimiento. Todo un poema que acaricia el césped doliente y bebe del agua de las lluvias. Hay un cuerpo que florece y refleja la sombra del recuerdo. Hay dos convulsas que retiran sus pañuelos. Es nuestro el desborde, dicen, y se disculpan. El habla cesa y hay una oración para la joven, una oración que dice: busca la deriva y decórate, el olvido no te excusará.

Todo un libro como una rosa negra que aparece tras los tibios soplos del pasado. Un libro trashumante que avizora el recuerdo de todo nuestro inicio y nos invita a la conmoción de un nacimiento. Un suceso que traspasa fronteras artificiales y que vorazmente, como una jaula, nos envuelve hacia el oficio de vivir. Es hermoso hundir el brazo en el acero, hasta encontrar el hueso violáceo. Observar nuestro rostro en el espejo, calcando la mirada, como una máscara sobre la piel.

miércoles, julio 08, 2009

miércoles, julio 01, 2009

SOBRE LA CIUDAD


No podría acariciar siquiera una aproximación estilística al cuadro de Marc Chagall. No podría tampoco delinear exactos referentes vinculados a la estética, la simetría, los colores sucintos, meditados y luego expuestos por el pintor. No podría, de ningún modo, referirme a todo lo que no fuera una emoción. En definitiva, no podría teorizar. Prefiero hablar “de las cosas” y no del “porqué de las cosas”. Si, es necesaria la especulación analítica, pero eso es trabajo de los teóricos.

De este modo, voy paseando nuevamente por el pasaje Lucrecia Valdés. Miro el cielo, nubes obesas, repletas de intenciones, imágenes, nada más que imágenes. Este frío pareciera contener muchas historias, pienso. Son como soplidos de vivencias pasajeras. Me voy luego a dar cuenta de que todo eso que ha pasado no lo había imaginado. No, como imaginar lo que va suceder, si todo destino es inimaginable. Como este señor que pasa en bicicleta, despotricando contra el mundo.

Ahora, estar sobre la ciudad es un poco incomodo, por lo cual se percibe. Es como volar aleteando, diciendo que estoy bien, que no se preocupen. Es un viaje extraño, de supervivencia, cuando te reflejas en los escaparates y miras esos sombreros, estufas, lienzos que avisan una promoción. Y te vas dando cuenta que este invierno no es igual a otros inviernos, que los colores de las ropas siguen siendo ocres, pero tu no eres el mismo. También piensas esto en la peluquería mientras el peluquero te pregunta “¿le dejo la patilla tal cual?”

Anoche volvió ese sueño, ese de estar en el alambre, arriba, en las alturas como Philippe Petit. Es extraña esa sensación de vacío, de último juego. De apostar todo con algo de equilibrio. Por que para no caer, cuando se mueva el alambre para todos lados, deberá existir ese equilibrio imperceptible, casi invisible, pues es parte del no caer. Cómo no caer, es la pregunta. Y la respuesta se va fabricando poco a poco, como una torre de naipes en la mesa. Esa misma tranquilidad que tensiona el momento, ese mismo talento para no desmoronarse. Y es extraño todo ese proceso de permanecer en la cuerda floja, puede ser una forma de sugerir un acontecer, un modo de vida que acepta el encandilamiento, los deseos truncos y señeros, ese volar incomodo, ese estar sobre la ciudad y permanecer atento, pausado y gozoso, pero atento.

Para esto, el invierno se hace presa y caníbal de toda vivencia definitiva. Como estar durmiendo en el aire, en un palomar que avizora momentos de calma y trasnoche, de hojas secas que entran por la ventana, mientras en la televisión dan la película de los tornados. Cuando el acto de hacer una sopa es parte de toda búsqueda, de un respirar inequívoco, de saber que todo puede estar un poco mejor, que tras esas nubes vendrá un mensaje, una señal, que no todas las formas extrañas en el cielo son amenazas latientes. Miro por la ventana, las naranjas del árbol se desploman como vencidas de aguantar.

Es así como voy pensando este invierno sobre la ciudad. Ahí van, los extraños personajes del cielo. Ella escapa y muestra con su brazo lo que puede estar por venir. Él la toma con todas sus fuerzas, para que no vaya a resbalar.
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Son un paisaje simple, lleno de conmoción.

martes, junio 30, 2009

COMO UN PUÑAL NO SIRVE DE NADA PARA MATAR PENSAMIENTOS


Voy caminando a comprar provisiones y en la esquina veo a una señora maltrecha, tomando su nariz con la mano, balbuceando: “me duele, me duele” y a unos chicos socorrerla. Pensé claramente en que había sido golpeada, quién sabe por quién. El exceso de descuido, de trashumancia, de desvelo inoportuno, ha sido clavado por estas personas de la calle. En situación de calle, le dicen. Un eufemismo, como cuando le llaman a los baches del pavimento: “evento”. Un evento desastroso, una situación de calle malformada. La vida sucediendo en edificios incendiados, tiznados de tanto permanecer en las aceras, en el polvo que se adhiere a la piel. Los ojos humedecidos, arrugas que son una cubierta de otras pieles que guardan historias del trasnoche y el padecer. Del dolor y de la risa con disfonía de aguardiente.

Es en estos estados inconexos, cuando se desborda un río en mi cabeza y nace la búsqueda de las cosas perdidas. Pensamientos oscuros, como la mano de un mecánico, dignos de sólo ennegrecer.
Pero todo arreglar será en vano, como un puñal no sirve de nada para matar pensamientos.

Tanto pensar y a la vuelta un grupo de personas bordeando a la señora que se quejaba, ya en el suelo, semi inconsciente. Señoras que dicen algo y exclaman (sus ojos son un signo de exclamación). Una fría tarde, desde lejos, en una esquina húmeda y silenciosa. Murmullos. La patrulla municipal tomando datos. Otra vez todos estos rostros formando parte de una acuarela expresionista. Observo este momento y recuerdo una escena de la película “Antes de la lluvia”. Todo esto, antes de la llegada de los alfileres precipitados.

Llegan más datos al grupo. Alguien dice el nombre de la persona que supuestamente cometió la golpiza. Voy escuchando cada vez menos mientras me voy alejando y de pronto todas estas personas, incluyéndome, somos partes de las sombras que bordean a la señora tendida en el suelo. Ella recuerda otros momentos, otra vida cuando en el conventillo la madre cocinaba una cazuela y prendía el brasero. Cuando soñaba en alcanzar esa rama lejana del árbol y escuchaba el sonido de las goteras en su pieza compartida con los hermanos. Ahora estaba tendida en el suelo, rodeada de sombras.

Ante toda desesperación, ante todo cataclismo, no queda más que dejarse llevar, como se deja llevar alguien a quien le da la corriente en el enchufe. No hay salvación, no hay escapatoria. Luego vendrá esa calma que sucede después del espasmo, esa tensa y tibia calma que no es mezquina ni discrimina. Otras caminatas serán parte de un nuevo sendero. Otra vida podrá venir, luego de estas inclemencias.

Toco y busco lugares que comiencen una nueva tranquilidad. Huelo e intuyo donde puedo entrar hacia caricias momentáneas. Ojalá no duela más eso que siempre ha dolido, pienso. Ojalá que mañana los relámpagos no encandilen ese oscuro momento de las callejuelas. Las campanas de la iglesia suenan a lo lejos.
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No saben que forman parte del final de esta emoción.

lunes, junio 01, 2009

VENDRÁ LA MUERTE Y TENDRÁ TUS OJOS


“Cuando vean los ojos
que tengo en los míos tatuados”.

Alejandra Pizarnik


Vendrá así, de pronto, solo avisando la existencia de lo oculto, de ese humano abandono. Rondará el espíritu del silencio, como ahora, en este momento que acaba de pasar. Así, de esta forma, inundando tus ojos con mis ojos, como si las caminatas nocturnas fueran la sombra que atribuye otra figura, otro andar en las paredes. Figuras que se expanden, y llegan de improviso, como un gato lanzado a nuestro rostro.

Vendrá esta presencia que arrincona al miedo y lo hace temblar. Pero también estila elegancia de farol e historias de taberna como en los poemas de Cesare Pavese. Si bien es el peligro inminente el que amenaza, perfuma con lo fatal y se destaca por lo perfecto de esta fisura.

Un caminante sabe lo que conlleva el último palpitar, -me identifico con Pavese- es por eso que hago del transito señales que en los charcos se reflejan. En las veredas, mi piel húmeda atrapada para siempre en una alambre de púas, sólo por un designio exquisito. Y miro esos ojos que aparecen tras la puerta. Subo la escalera, corro, miro hacia al lado y esta ahí. Es ella, quebrando los pavimentos con los tacones, queriendo agarrar la luna de un arañazo. Me observa y me hace un guiño. Despierto.

Luego, vendrán otros poemas oscuros como una vulcanización, pienso. Vendrán esos ojos que avisan disturbio. Así los ves cada mañana cuando te inclinas sola ante el espejo. Ojos que desafían a la muerte por una misma belleza y que se ocultan bajo las sábanas en gastado bermellón. Los ojos de los cuales no se escapa, por que están mirándote en la tasca, ese lugar lleno de ruido y de gente. O tal vez, abandonados al silencio de un cuarto junto al vapor de los muelles. Es ahí donde parten estos adoquines. Mudos, llegamos al barrio.

Soplo el fósforo con el cual prendo la estufa. Hago rechinar los metales de este alambre de fuego. Leo a Pavese y mientras cierro la puerta, pienso en esos ojos que se mimetizan con las sombras del pasaje. Vendrá la muerte y tendrá tus ojos. Junto monedas para comprar parafina, leyendo los libros de la lluvia que abandoné.
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xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxPublicado en www.escaner.cl

lunes, abril 20, 2009

ANTE EL DOLOR DE LOS DEMÁS


A partir de este libro de Susan Sontag (Alfaguara, 2003) que analiza la fotografía de guerra en sus distintas etapas en la historia, como una sucesión de hechos que vinculan el acontecer funesto en la mantención de imágenes a la posteridad, como el desquite contra el enceguecido contar y los entreveros de una sociedad molida por el disparo enceguecedor de la ruptura, podemos observar, de pronto, en nuestro suceder cotidiano y en las personas que habitan esta ciudad, un dolor que no queríamos ver y que se esparce, como si fueran amebas lunáticas. Plantas en el patio trasero de la vida. Sucede que nos vamos poniendo desprolijos, habitantes dolientes y las ventanas apoyan este traslucido deseo.

¿Por qué vamos cayendo al pozo ciego? Qué pasa que este acaecer diario, toda esta “productividad”, es la destreza del que cae por la escalera, el fatal descenso de las piedras en el cerro. Qué pasa cuando me dices que esto es una techumbre que resbala, y que el amor no existe, quizás. La esperanza va siendo una fogata a lo lejos en el corazón. El por qué de esta guerra interna con el porvenir, es una pregunta lanzada al despeñadero.

Esta sociedad capital, siempre lejana de los pueblos del país, sabe muy bien maltratar a sus ciudadanos con fatales observaciones de marketing televisivo y de prensa. Cada una de las fotografías que bien podrían ser las que habla Virginia Woolf en su “Tres guineas “ y de la cual se adentra Susan Sontag para comenzar su libro, son sacadas de una impensada mentira avalada por ese “no darse cuenta” que siempre permite que podamos empujar al otro que espera nuestro mismo bus. El “nosotros” al cual apela Woolf, ahora toma un matiz paradigmático al no saber muy bien que es ese “nosotros”. Pues bien, ese dolor de la guerra lo traslado a ese dolor de vivir con extorsiones mentales en la vorágine de esta ciudad, en este siglo XXI, con los estados malignos y egoístas del solipsismo, del ombligismo, de la presunción de un bienestar de iglú, cuando estamos rodeados de “nosotros”.

Ahí aparece este habitante nocturno e invisible, que no comulga con la última noticia que aparece en los periódicos, ni con nada que huela a actualidad. Los sueños, son ese hombre que se disfraza de la muerte y que sale a asustar a las personas por la noche. Sirve el amor ante el dolor, claro, y para amar hay que desprenderse. El desapego también habla de cranear un atentado en contra del ego y el individualismo, de lo que yo pienso como metáfora del bienestar, que si observo esta fotografía inconclusa no la esquivo como la basura atestada del barrio. Me involucro y soy “nosotros”. Aunque nunca se pueda saber con certeza qué es un abrazo dado a las estrellas con la energía de un escritor “angurriento”, se puede llegar a alcanzar esa conciencia de la responsabilidad individual de la cual habla Dokusho Villalba en su bien trabajado libro “Zen en la plaza del mercado” (Aguilar, 2007).

Volver a esta plaza y comprender la aflicción, para fotografiarla y así liberar esta realidad, como se liberan las aves de un palomar. Volver a esta plaza en donde el sufrimiento se acepta, como se acepta esa mosca que interrumpe el almuerzo, pero que no matarás, por que se irá, se irá mientras respiras, se irá mientras no te das cuenta, pues ya has estado soñando con un nuevo momento. Volver a la plaza y olvidarse de las miserias psicológicas, pues todo es transitorio. Conversar con la señora que pasea su perro, de las plantas, que han desaparecido en el barrio.

domingo, marzo 22, 2009

PARADEROS INICIALES


La Calabaza del Diablo tiene el agrado de invitar a usted a la presentación del libro Paraderos Iniciales del poeta Raúl Hernández.

Esta actividad se realizará este jueves 26 de marzo a las 19:00 horas en la Sala de Conferencias de la Biblioteca de Santiago (Matucana 151, Metro Quinta Normal).

Presentaran el libro Enrique Winter y Soledad Fariña

Esperamos contar con su presencia.

LECTURAS EN SAN ANTONIO





viernes, febrero 27, 2009

LA DISTANCIA


“Después no veo un lugar, todo se vuelve de color”

La distancia, Suarez


En el momento que te fuiste, mis mascotas comenzaron a morir. La distancia rota, como un florero en desgracia. Las cosas lentas, como en desuso, como en extraño suceso. El abridor de latas oxidado (donde está el árbol, hay oscuridad). El espacio que queda entre un último encuentro y el vacío. A lo lejos, taciturno de callejones, en silencio, mejor en silencio, como en un mar en continua observación. En el mismo momento en que te ibas, comencé a sentir una soledad miserable. Podría ser una despedida paso a paso. Podría ser el secreto encanto de una sombra. Tus pasos, la delicia de esta sombra.

Fraccionar un instante, muriendo un poco, en la evidencia del no verse. Hay algo de estela en todo esto, que circunda el cielo para desaparecer. Porque toda presencia es preámbulo de eclipse, imagen que se escabulle como una serpiente.

Medir el espacio que hay entre las cosas, entre emociones, entre un error y el acierto. Medir la distancia desde el comienzo de una huida, como si cada milímetro fuera el exacto reloj que calcula el destiempo, el atraso inútil, los mejores ocasos de la tarde.

Y también está la tela invisible que divide los espacios, como si fuera una alfombra que invita al desalojo. Todas estas miradas siempre desde lejos, por supuesto. Porque toda distancia se mide desde la lejanía.

Ahora, una extraña sensación es el traslado de estas nuevas nubes de la ciudad. Se trasladan y mutan, así de repente. En un momento miras hacia otro lado, vuelves a mirar y han cambiado hacia otro extremo. No notas el tiempo que ha pasado, ni la eterna mirada a lo lejos, ni ese evento del recorrido. No notas el camino hacia la ausencia, en instantáneo trayecto.

En el mismo momento que te fuiste, no supe más que soñar en el regreso. Nadie está cerca. Sólo hay distancias pequeñas.

Sólo hay una piel, que limita.

lunes, febrero 16, 2009

miércoles, febrero 11, 2009

ÚLTIMAS LECTURAS


Feria NOMADE, Villavicencio 323 (Febrero, 2009)


Los Desconocidos de Siempre, Bar Estación Terminal (Febrero, 2009)


Descentralización Poética, San Bernardo (Enero, 2009)

miércoles, febrero 04, 2009

FERIA NOMADE VILLAVICENCIO 323


Villavicencio 323 es conocido dentro del Barrio Lastarria por ser un espacio multicultural, donde se desarrollan distintas ramas de las artes, como danza, canto, arquitectura, diseño, pintura, etc. El dia domingo 8 de febrero se abrira este gran colectivo y NOMADE estara ahi, con mas de 30 expositores donde mostraran sus trabajos, y para quienes les gusten estaran a la venta, tendremos moda, accesorios, regalos, musica, etc..

Dentro del programa cultural de Feria NOMADE se realizará un recital de poesía organizado por Espantagruélico.
Domingo 8 de febrero / Villavicencio 323
19:00 a 19:45 hrs Once Poesía
Lectura poética de cinco autores + proyecciones de vídeo

Óscar Saavedra
Elizabeth Neira
Marcela Saldaño
Raúl Hernández

lunes, enero 26, 2009

EX


Ex sueños, ex planes, ex situaciones complejas, ex metas y planificaciones. Ex novia, ex amor, ex cariño, ex suspiros eternos y momentáneos. Ex deseos, ex mudanzas, ex compañeras y compañeros de casa, ex errores, ex aciertos, ex miradas como flechas lanzadas a una torre gemela.

Ex añoranzas, ex barrios, ex viajes, ex amigos, ex caídas por la escalera. Ex picadas, ex asombros, ex resacas, ex culpas. Ex fijaciones, ex comodidades, ex precariedades, ex visitas a este corazón disléxico, confitado, de celofán, de azúcar quemada. Ex canciones favoritas, ex pertenencias, ex miradas al cielito de mi pieza. Ex ausencias, ex penas y alegrías, ex sensaciones extrañas, ex terremotos, ex plenitud efímera y somera.

Ahora exhausto, exhibido y exacto en la exactitud de una exigencia final. Ex año, ex experiencias fotografiadas, ex besos, ex abrazos, ex personas importantes. Ex fatalidad, ex mañanas con pajaritos pregonando sus canciones. Ex ingratitud, ex olvidos y distracciones involuntarias, ex cuecas chileneras que hicieron de todo esto un mejor transito sinuoso, como si la vida fuera durar para siempre. Ex olores, ex hombros, ex caderas, ex huesitos, ex camas, ex cafés. Ex caminatas de arrabal imperfecto, ex manías, ex saludos a lo lejos, ex funambulismo, ex poemas, ex libros, ex proyectos culturales, ex toallas, ex compañía gratificante.

Hexagonales nubes que llegan a decirme la verdad de todo este viento de tarde callejera. Ex agradecimientos, ex desprendimiento, ex ascetismo y estoicismo. Ex aburrimiento, ex decepción. Ex llamadas por teléfono y mensajes de texto. Ex correos electrónicos, ex peligros nocturnos, ex promesas sobre el bidet, ex miradas, ex carreras, ex añoranzas, ex departamentos, ex mascotas cariñosas, ex posters, ex instrumentos musicales.

Oh, ex silbidos por la noche, ex caricias, ex despojo y patadas a mis defectos. Pero también ex aventuras de películas en blanco y negro, ex fado, ex tango, ex sonrisas de la nada. Ex buena vibra, ex hermandad, ex apoyo moral. Ex dudas que se asoman por los basureros, ex seguridad infinita.

Toda esta exigua esperanza, esta cuerda floja que me retiene.

Ya no seré ex persona de ex fotos de ex anécdotas. Tampoco ex sombra en ex estaciones invernales. Sólo un hombre que traspasa el invisible halo del tiempo. Caminando hacia atrás. Pero hacia adelante.