miércoles, marzo 19, 2008

BRACEA


El exceso de carencia es de buena forma sobrellevado, sólidamente trabajado en el último libro de la poeta chilena Malú Urriola. Las fracciones ligadas al traslado fatal hacia un mundo de monstruosas situaciones son el gesto deforme de una obra transmutada. Los instantes se quedan como escenas de película rara, abriendo un zig zageo que adecuadamente se traslada hacia efímeras escenas de felicidad. La hermandad obligada y la inevitable privación de normalidad, cuaja de gran forma y se posa en imágenes inclinadas hacia oscuras fotografías.

La muerte sólo es un secreto y ya no es menester de algún sufrimiento. Conocer un amor de tres piernas, llevar una vida siamesa, tener dos madres y vivir una niñez de perros atropellados por trenes y tibios rasguños de alambre de púas sólo es parte de una vida sin inercia, asimétrica, casual.

La escritura de un diario de niñas limitadas y vivir de una vez por todas estos fríos momentos de desesperanza con la ternura de quien ve animales en las extrañas formas de las nubes. Las miradas se acercan poco a poco, y la escritura se transforma en un nuevo gesto, nuevas moralejas, disímiles mensajes que nos indican la dirección del viento, de la tarde, de la ciudad. Una vida fragmentada.

Y dando alcance a un mundo que quizás parezca irreal, es cuando el espejo de la realidad nos carcome el seño y encandila brillantemente, como una mirada de reojo, tras el hombro, que evita esta inevitable escalera rota, como una nota musical que desafina o cree desafinar. Las miradas de las voces de las niñas, las carreras de Tres Piernas a la par con el ferrocarril que extirpa, el mar que finalmente enarbola una hermandad que motiva frenar y observar hacia atrás, hacia leves remembranzas que fueron parte de la mímica cotidiana. Esta historia pictórica, esta dulce levedad del ser.

Entonces, esta obra que resguarda una historia gigante que avanza y se desangra de a poco, se transforma en un nadar de espaldas mirando el cielo, con esa paz del final inevitablemente, con el asumir, en el destello de la desaparición.

Malú Urriola exhibe en Bracea (LOM, 2007) un gran trabajo escritural que no conmuta con el poema que se ahoga en sí mismo. Es esta obra un laborioso libro de poesía que, como las pinturas de Balthus, entregan lo cotidiano en extrañas imágenes de transfiguración. La metamorfosis desarrollada a la par con la historia frágil del abandono. Ser parte de un instinto esencial, como el desarrollo de una emoción continua, que bracea, en todos los momentos de la huida.

domingo, marzo 09, 2008

COMO SI LA VIDA FUERA A DURAR PARA SIEMPRE


Los grabados de Loro Coirón llevan esta consigna y me hacen pensar en toda esta instancia porteña siempre viva y presente como paradoja de vida citadina. El puerto se arranca a otro estadio de significancia urbana. No es novedoso, quizás, indagar en la estética de los trolleys y las accidentadas formas de sus calles. Pero el acontecer es innegablemente distinto si miramos desde una apreciación cotidiana de filmoteca. La vida (lo pienso desde hace mucho tiempo) es una película. Una película que dura 80 años aproximadamente y que se divide en distintas escenas, buenas y malas, afortunadas y trágicas, que aparecen y desaparecen. La gracia, es que no hay guión. Se vive bajo nuestra responsabilidad, con el manejo del manubrio funambulista. Nada está escrito (no hay destino) y todo se basa en las circunstancias y coincidencias austerianas.

Y es esta ciudad diacrónica claramente una película, un work in progress eterno. Una novela antigua que habla de espejismos, bares y habitantes. Entonces, todo este film en blanco y negro se torna claroscuro y lleno de tenues sombras que acompañan el significado de las sinrazones. De las fatalidades, de las apariencias, de las estrellas fugaces. Y no disimular lo desencadenado pareciera ser la consigna inevitable, la consigna de vida que acontece sin pedir permiso porque ni siquiera tendremos el permiso de llevar a cabo alguna incidencia dentro de la casualidad.

Nos volvemos sólo una imagen que acontece, un suceso dentro de la realidad de ciudad, esta ciudad que no transa esas formas estilísticas de permanencia indeleble ante los demás. La vida como una película, como alguna escena ininterrumpida de pieza. Vamos a ver en qué termina todo esto, es una pregunta irresoluta que no vendrá con la respuesta en carteles, a mostrarme lo que vendrá, lo que no hubiera sucedido, lo que hubiera sucedido, los miedos, las añoranzas, la soledad, el amor, las compañías, el aburrimiento, las fantasías, el ocio, el caminar, el sueño, el andar en la luna, el eclipse, el desequilibrio y la película de pronto se detiene.

En este momento de escalinatas, cuando los próximos pasos se inician en un pasaje derruido, con vacilantes posibilidades de cuajar en las venideras instancias de desasosiego, es cuando vivo mejor que nunca y la próxima escena es la mejor noticia. El ascensor que sube al cielo. La calma ulterior del estremecimiento. La paz de un paseo sin razón, en Valparaíso.

domingo, marzo 02, 2008

ROZANDO EL IMPERIO DE LA LOCURA


Nunca he sido fanático de David Lynch, pero siempre termino viendo sus películas. Y casi siempre en el Cine Normandie, con los asientos que incomodan después de la media hora y la cinta que se desordena de vez en cuando. Pero bien, es el cine que me gusta, esa imperfección hace juego con mi imperfección.

Y entonces me involucro en esta nueva película de Lynch (Inland Empire) en la cual nuevamente nos adentramos en sueños que no son tales, ideas que no son tales, o viceversa. La protagonista (Laura Dern) hace del ceño fruncido la mueca de la vida y nos invita a conocer una película en donde transcurre otra película en donde esta chica, que es una actriz, obtiene el papel principal en un remake de una antigua película polaca en donde sus protagonistas son asesinados quedando su filmación inconclusa. Entonces, la actriz se transforma en su papel, en su rol, y comienza la pesadilla, las prostitutas, las calles, los hombres con cabeza de conejo, las escalinatas sombrías, los pasajes claroscuros, y nuevamente en esta chica que representa el cine de la vida. Porque si bien estos momentos son tortuosos y crípticos, casi injustos dentro de una perspectiva de equilibro, es una forma de sentir esta paranoia simple de ser parte de un film que sobrepasa nuestras fronteras de la realidad. Ser protagonista, productor, director y guionista de nuestro propio descalabro.

Vernos en los espejos es algo cotidiano que no carece de una aproximación mística lejana al ego, pero es lo más parecido a acercarnos a nuestra escena imperfecta que no adolece de simpatías por el demonio. La irrealidad a veces se apodera de nuestras situaciones, aproximándonos cada vez más a este albur perpetuo de sueños sin salida. Las escaleras ocultan astillas, la noche se hace mantel de preguntas, las veredas son lijas que raspan los zapatos.

En el cine, el espectador ve una película. No es normal que la película muestre al espectador viendo una película que muestra a una chica extraña que ve una película en donde ella es protagonista y en la que sólo acontecen ciertas locuras que llegan a la mente del espectador que originalmente está viendo esta película. Films de fantasías o no. Vida de fantasías o no. Seguir caminando en la noche Santiaguina, en esta nueva escena, atravesando la calle, como un espejismo que desaparece, sentir que el cine de la vida es sólo un accidente continuo que miras desde una perspectiva after shoulder. Los primeros planos te llegan como el sol molesto de una mañana de domingo.

Y esta película termina después de tres horas en el cine y claro, nada ha cambiado, pero ¿algo tendría que cambiar? Estás mirando una nueva escena en la calle esa con perspectiva triangular como cuando hacías dibujos en el cuaderno del colegio, con la regla que nunca tuvo un buen designio en el futuro. Los créditos nunca llegan, estás a la orilla de esta ciudad, sentado en los bandejones, en los puentes, mirando la luna y de pronto la cinta se desordena. Se apaga la luz. Estás en un nuevo sueño y despiertas. ¿Algo tendría que cambiar?