miércoles, julio 29, 2009

AL FINAL DE LA ESCAPADA


Y aquí vas yendo a almorzar a “La Castellana”. Día sábado, entras al boliche y suena Cristina Rosenvinge en el wurlitzer. No sabes qué responder a esta señal. Buscas una mesa, te sientas. Cierras los ojos y comienzas a recordar. Aparecen escenas, flashbacks, instancias nunca duraderas dentro de esta película que te sabes de memoria. Has estado en la cuerda tensa equilibrando en el abismo hace mucho tiempo. Cómo no estar cerca del peligro cuando un ventarrón llega sin aviso y te empuja hacia la caída. Existe el truco de no caer, eso es sabido, pero un truco difícil de aprender. Abres los ojos y aparece el plato del menú.

Tú has estado en esa esquina que ves desde la mesa, esperando muchas veces la luz verde que camina. Has estado pensando en este invierno antes de atravesar la Avenida Brasil. De pronto, esta sensación es un mensaje de que todo futuro es una incógnita letal. Y el pasado, un tren que aparece de pronto y casi te atrapa, teniendo que saltar hacia el costado. Hace mucho tiempo que transitas estas veredas. Has paseado por este barrio todos los sueños que alguna vez tuviste en compañía. Las caras borrosas de las personas no dicen nada a esta hora, son neblina humana en permanente desaparición. Y existe un tramo del trayecto que está lleno de baches y tienes que saber saltar. Otra posibilidad es plantar la pisada con firmeza, sin importar las manchas del fango, porque no hay otra forma y así se adquiere la actitud de perder con cierto derecho a la fortaleza. De todos modos, está el bache y sabes que hay que asumir cada vereda.

Recapitulas todas tus emociones y sigues en marcha. No has acertado en tus vivencias, eso es algo claro. De pronto, miras tu entorno y participas de las esquinas en cameos invisibles donde los personajes ya no existen y solo forman parte de un afiche maltrecho. Nuevamente aquella película. Y piensas: Godard sabía que en el final Michel Poiccard tenía que morir. Por supuesto que lo sabía. Luego vuelves a abrir la puerta del cité. Llegas a casa y te plantas en la cama. Otra vez el afiche de Hopper queriendo imitar tus pensamientos. Son escenas calmas, pero con la tranquilidad previa del tsunami o posterior al terremoto. Sólo una oportunidad de ser algo similar al equilibrio perecedero, fotografías polaroid que van desapareciendo con el tiempo. Afuera llueve y hoy nadie sabrá algo acerca de sus seres queridos. Los antiguos sueños golpean tu ventana desde afuera, diciéndote que existen como fantasmas de papel. Sales a buscarlos y no hay nada. Eres toda una vida asomada por la puerta. Enciendes la radio y aparece otra canción hecha memoria. A esta hora sería mejor salir de toda película. Al ser delatado, no hay escapatoria.

De este modo, aparece otra escena y otra escena, te pones nuevamente tu chaqueta y perforas la noche con tu presencia. Miras el cielo y no hacia atrás, como una idea de abandono. Y recuerdas: Al final de la película Michel cae abatido por un disparo. Cae en la acera y ce´est fini. Mientras Patricia no entiende el balbuceo. Es tarde. Mañana volverás a pisar los adoquines. Ahora sólo posees esa leve tristeza como en el tango. Cuesta abajo en la rodada, en la pendiente, solitario y ya vencido. La película termina, al final de la escapada.

sábado, julio 11, 2009

OFICIO DE VIVIR (Presentación del libro de Eugenia Brito, Ed. Cuarto Propio)


Al adentrarme en este oficio de vivir, me encuentro con gestos que buscan un lugar, báquicas, convulsas, que contradictorias se ocultan y ruegan. Hay un demonio que mira con sorna y sin piedad. Hay locura y oraciones lóbregas como un cuarto sin ventanas ni puertas. La mujer cortesana y barroca, teme de su divinidad, cuando el perfume ya no es sabio ni calla lo que el cuerpo excede. La confirmación de su irrealidad la sepulta.

Esta convicta con los labios extremadamente finos, transitando las heridas y la sangre, pasea por la historia oscura. El habla es una cicatriz. Estar destronada como estar destrozada en la ciega noche. Delirando ante toda ceniza, cuando las calles son una fractura que hace de todo esto una declaración agonizante. Un lodazal cubriendo el mutismo secreto, ansiadas palabras que carcomen y tallan un cuerpo sin fe. La culpa, no la pena, la irremediable culpa.

Y cincelando los embates del dolor, se escoge de pronto, al unísono, el poema que nos arrastra hacia una muralla, como la amenaza de una estocada siempre profunda y fugaz, que logra una lágrima negra atrapada en el rostro del elegido. Los labios han sido profundamente dañados, como si este acto nos traspasara al fino evento del silencio. La carne de la boca es breve, pero los labios no forman silaba alguna. La ruta del deseo es un viaje letal, ambos signos han sido clavados en una piedra. La soga y el cadalso. La joven y el cautivo, son parte de todo este sacrificio.

Un cuchillo es parte del destino final de nuestro padecer. Así esparce las muecas elegidas por tantos caminos que son valles alucinados al despertar. De este modo, se inicia una acuarela funesta y certera, ante toda esta ceremonia del estremecimiento. Todo un poema que acaricia el césped doliente y bebe del agua de las lluvias. Hay un cuerpo que florece y refleja la sombra del recuerdo. Hay dos convulsas que retiran sus pañuelos. Es nuestro el desborde, dicen, y se disculpan. El habla cesa y hay una oración para la joven, una oración que dice: busca la deriva y decórate, el olvido no te excusará.

Todo un libro como una rosa negra que aparece tras los tibios soplos del pasado. Un libro trashumante que avizora el recuerdo de todo nuestro inicio y nos invita a la conmoción de un nacimiento. Un suceso que traspasa fronteras artificiales y que vorazmente, como una jaula, nos envuelve hacia el oficio de vivir. Es hermoso hundir el brazo en el acero, hasta encontrar el hueso violáceo. Observar nuestro rostro en el espejo, calcando la mirada, como una máscara sobre la piel.

miércoles, julio 08, 2009

miércoles, julio 01, 2009

SOBRE LA CIUDAD


No podría acariciar siquiera una aproximación estilística al cuadro de Marc Chagall. No podría tampoco delinear exactos referentes vinculados a la estética, la simetría, los colores sucintos, meditados y luego expuestos por el pintor. No podría, de ningún modo, referirme a todo lo que no fuera una emoción. En definitiva, no podría teorizar. Prefiero hablar “de las cosas” y no del “porqué de las cosas”. Si, es necesaria la especulación analítica, pero eso es trabajo de los teóricos.

De este modo, voy paseando nuevamente por el pasaje Lucrecia Valdés. Miro el cielo, nubes obesas, repletas de intenciones, imágenes, nada más que imágenes. Este frío pareciera contener muchas historias, pienso. Son como soplidos de vivencias pasajeras. Me voy luego a dar cuenta de que todo eso que ha pasado no lo había imaginado. No, como imaginar lo que va suceder, si todo destino es inimaginable. Como este señor que pasa en bicicleta, despotricando contra el mundo.

Ahora, estar sobre la ciudad es un poco incomodo, por lo cual se percibe. Es como volar aleteando, diciendo que estoy bien, que no se preocupen. Es un viaje extraño, de supervivencia, cuando te reflejas en los escaparates y miras esos sombreros, estufas, lienzos que avisan una promoción. Y te vas dando cuenta que este invierno no es igual a otros inviernos, que los colores de las ropas siguen siendo ocres, pero tu no eres el mismo. También piensas esto en la peluquería mientras el peluquero te pregunta “¿le dejo la patilla tal cual?”

Anoche volvió ese sueño, ese de estar en el alambre, arriba, en las alturas como Philippe Petit. Es extraña esa sensación de vacío, de último juego. De apostar todo con algo de equilibrio. Por que para no caer, cuando se mueva el alambre para todos lados, deberá existir ese equilibrio imperceptible, casi invisible, pues es parte del no caer. Cómo no caer, es la pregunta. Y la respuesta se va fabricando poco a poco, como una torre de naipes en la mesa. Esa misma tranquilidad que tensiona el momento, ese mismo talento para no desmoronarse. Y es extraño todo ese proceso de permanecer en la cuerda floja, puede ser una forma de sugerir un acontecer, un modo de vida que acepta el encandilamiento, los deseos truncos y señeros, ese volar incomodo, ese estar sobre la ciudad y permanecer atento, pausado y gozoso, pero atento.

Para esto, el invierno se hace presa y caníbal de toda vivencia definitiva. Como estar durmiendo en el aire, en un palomar que avizora momentos de calma y trasnoche, de hojas secas que entran por la ventana, mientras en la televisión dan la película de los tornados. Cuando el acto de hacer una sopa es parte de toda búsqueda, de un respirar inequívoco, de saber que todo puede estar un poco mejor, que tras esas nubes vendrá un mensaje, una señal, que no todas las formas extrañas en el cielo son amenazas latientes. Miro por la ventana, las naranjas del árbol se desploman como vencidas de aguantar.

Es así como voy pensando este invierno sobre la ciudad. Ahí van, los extraños personajes del cielo. Ella escapa y muestra con su brazo lo que puede estar por venir. Él la toma con todas sus fuerzas, para que no vaya a resbalar.
xxxxxxxxxxxxx
Son un paisaje simple, lleno de conmoción.